viernes, 21 de diciembre de 2012

Silencio.


Un vago pensamiento penetró la sala deslizándose sutil. Se enroscaba en torno a las cosas como volutas de humo. Como la última exhalación de la colilla de cigarro que los dedos gordos de la vecina aplastaban sin piedad contra el cenicero de cristal. El silencio se enturbió. Los rostros de los concurrentes se volvían pesados y parecían derretirse bajo la idea que ahora se les pegaba al rostro como sanguijuelas, absorbiéndoles los pensamientos todos como por ósmosis inversa.
La vecina, gorda, rubia y con un festivo vestido de colores, paseaba lenta, eficazmente su penetrante mirada de lado a lado, abarcándolo todo. Nada se escapaba a su visión y ahora los convidados, silenciosos, sentían como barría con ella el pensamiento general, así, como motas de polvo, que levantaban el vuelo, se arremolinaban frenéticas e iban a posarse por ahí, en algún otro lado, formando una gruesa capa invisible, como etérea, que sin embargo endurecía las expresiones, inmortalizándolas como esculturas, aunque fuera solo por un segundo; una Pompeya instantánea. Filipe, hombre canoso y enjuto tomó aire, como para pronunciar algo. La mirada expectante y judicial de la vecina pasó rápida y alarmadamente a posarse sobre él, cayendo con todo el peso en la frágil figura que parecía se iba a desmoronar si no fuese por la silla que lo sostenía. Los demás apenas se atrevían a mirar. Bajaban la vista y prestaban atención a la escena, como si se viera reflejada en el suelo de mármol.
Filipe dudó un momento. Sus ojos grandes y asustados corrían frenéticos hacia todos los concurrentes, evitando siempre la visión de aquella señora marchita que lo observaba detrás de esos delicados lentes de montura de oro. Por fin murmuró unas palabras.
Sea lo que fuere que haya dicho, causó una súbita impresión que de pronto removió el pesado ambiente, sus quedas palabras que brotaban inseguros como una masa espesa y brumosa, al momento cruzaron como un rayo, rebotando de cabeza en cabeza entre los asistentes, los cuales tan solo levantaban brevemente la vista, dejando entrever la emoción que esto despertaba en ellos. Los ojos de la vecina, furibundos, hacían juego con su cara rosada que de pronto había tomado un matiz más sustancioso, claramente rojo. La mueca que hizo a continuación mereció la vista de los que la rodeaban, que no sabían si deberían sentir alegría o espanto. A todos en ese momento se les ocurrió que iba a explotar, que un torbellino se iba a alzar desde los interiores de la mujer, que iba a proferir en gritos y, en esencia, una verdadera hecatombe para con su marido, que acababa de proferir un comentario profano, y peor aún: en frente de las visitas. El segundero marcó su tic y su tac con una insistencia insoportable, dando a cada uno su espacio, como de semanas. Finalmente la monumental señora se levantó sobre sus gordas piernas, esas conocidas piernas que remataban en diminutos pies, un milagro de la ingeniería. Contra toda suposición, la señora se sacudió el delantal percudido, con sus adiposas viejas manos llenas de anillos, todo esto sin decir palabra, y así, en silencio, se dirigió hacia la cocina y desapareció tras de la puerta.
Todos miraron insólitos a Filipe, que con una risilla burlona que no se atrevía a asomarse, miraba triunfalmente a sus vecinos, sus enormes ojos ahora rebosaban una cierta alegría.
Filipe ya sabía lo que le esperaba, sin embargo, después de aquella velada. Había roto la predominancia de su mujer con tan solo unas palabras. Había deshecho el abstruso y frágil castillo de cartas que ella había construido a lo largo de años de veladas semanales a las que nadie sabía siquiera por qué se molestaba en asistir. Y sin embargo, todos llegaban puntuales y rara vez faltaban. Las veladas eran una cosa extraña: La señora descansando sobre su propia adiposidad, coleccionada a lo largo de varios años de esa vida acomodada, se sentaba en el centro, en su enorme diván, mirando pesadamente a cada uno de los asistentes, juzgándolos silenciosamente, escrutando cualquier indicio de mal comportamiento, o de cualquier comportamiento que saliera de sus cánones o de la lenta y monótona existencia que sobrellevaban día a día, en ese viejo edificio de ladrillos, bajo la ineludible mirada de la señora.
La verdad era que esta mujer nada tenía que hacer, y dedicaba su vida a reafirmar sus esquemas, estableciéndolos como con vapores que inundaban el lugar, entre los diferentes vecinos, haciendo así de legisladora, vigilante, y, en suma, suprema matriarca de la pequeña y disfuncional comunidad que sostenía ese edificio como una fortaleza, o un castillo, máximo ostento del dominio de esta hembra alfa-plus. Y aunque las cosas parecían tranquilas, normales, como en cualquier otro edificio, los hombres, si, los jefes de los hogares, de cada departamento, subían semanalmente en tropel a la estancia principal del departamento superior, el más grande. Ahí se sentaban y permanecían en silencio, comiendo canapés o pasta, fingiendo para sus adentros estar reunidos en sana convivencia con los amables vecinos de arriba, los cuales, amable y tácitamente, habíanlos invitado a tomar café y comer unas botanas. Sin embargo, ninguno de ellos recordaba invitación alguna de parte de la señora, nunca en su vida. Tal vez Josefo, el más viejo de todos, fuese alguna vez invitado. El resto solo recordaba la primera vez que sus padres los habían llevado a esa casa. La tradición se mantenía por un par de generaciones, y, sin embargo, la señora era la misma, sentada al centro, como un viejo monumento inmortal, paseando la mirada como un centinela en su revisión semanal. Sí, todos estos hombres recordaban, al cumplir los 18, o los 21, el día que sus padres, sin hablar, les tomaban de la mano y los conducían escaleras arriba, a enfrentar una extraña obligación con la que cargarían el resto de sus vidas. Era como una iniciación.
Y sin embargo, esta noche, las cosas habían cambiado. El legendario diván yacía solitario en el centro de la habitación. A unos metros de él, en un extremo del mismo semicírculo en el que los demás se hallaban inmóviles e incrédulos, Filipe era el centro de todas las miradas. Nadie podía creerlo, en quiénsabecuantos años de existencia -tal vez desde la noche de los tiempos- jamás se había visto semejante situación. Ahora Filipe, el débil y pequeño Filipe tampoco podía creerlo. El silencio se hizo aún más tenso.
***
Ya el portazo del último en salir había establecido una frontera entre un silencio y otro, ya hacía de ello minutos, horas, años, cuando la señora entró con paso lento por la puerta por la que había salido. Solo su marido se hallaba parado junto a la puerta, mirándola aún después de quién sabe cuánto, como viendo al último de ellos alejarse. En aquella casa los invitados jamás habían oído pronunciar palabra alguna. En ese momento Filipe se daba cuenta que tampoco él recordaba, desde hacía mucho, que ahí se hablara. La vida era una rutina, y se movía bajo una pauta fija e inamovible que día a día les conducía a manejarse maquinalmente, al punto de que aún los encuentros inesperados con esa señora -que a estas alturas era como una extraña muy familiar- en el pasillo o en la puerta solo bastaban un momentáneo cruce de miradas para arreglarse, caer dentro de un orden que obedecía perfectamente a las reglas de los variados movimientos que se llevaban de manera casi natural en ese departamento bien iluminado y sin embargo, lúgubre.
La casa permaneció en silencio. Parecía una regla. Entonces Filipe tuvo por un momento la impresión de que su mujer era telépata. La tempestad se anunciaba. Como para contraponerse al silencio que reinab a en la estancia, el cielo nocturno trobnaba furioso. El viento parecía descargar la energía que subyacía la estática calma de la habitación donde el tiempo parecía haberse detenido. Felipe sentía la tensión aumentar, aprisonarlo contra si mismo, la atmósfera pesada, aglutinada como gelatina, electrizándose en un crescendo que alcanzaba su mayor climax, presto a estallar liberando la tempestad que se gestaba como en una bomba de tiempo en la vastedad repentina de esa espera interminable.
Y todo esto en absoluto silencio.
Filipe no tuvo más remedio que voltear a ver a su mujer, que ahora, aunque era la misma -la misma vieja ajada de todos los días- parecía un enorme gato con los pelos erizados, presto a atacar a un pequeño intruso incauto que penetrara sus terrenos.
La enorme mujer, bajo un impulso invisible se adelantó, avanzaba con paso lento y decidido hacia el cada vez más pequeño Filipe, que ahora miraba paralizado con sus ojos como lagunas. La tormenta era de ella, de la señorona que avanzaba y a cada paso invocaba un potente relámpago que atronaba en la hecatombe que se empezaba a manifestar en todas las esferas del universo. Cada paso que daba acercaba más la potente electricidad deslumbrante a la pequeña, cuadrada fortaleza que se erguía como supremo poderío de esa bestia dormida que en ese instante despertaba.
El viento se arremolinaba en la calle en torno al edificio. Ahora solo existía éste y la vastedad. Los hombres recién llegados a sus casas, preparados desde que escucharon las débiles palabras de Filipe, se abrazaban a sus familias con el corazón encogido, mirando en torno y temiendo el fin de los tiempos. Esa noche profética había desencadenado el puño de Dios, o más bien de la Diosa, la única Diosa y señora de todo cuanto existía.
Filipe ya se hallaba a solo un paso de su mujer. El gesto decisivo con el que el monstruo -ya no mujer, ya no la apacible, apática señora que guardaba vigilancia desde que el mundo era mundo- levantaba su garra sobre la raquítica figura, se vio marcado por un destello cegador que acabó con el mundo, con al vida, con el silencio. Y en la oscuridad insondable que sucedió a esa luz cegadora, el relámpago que parecía ser el ruido de una grieta colosal abriéndose en el cielo y en la tierra, en una ruptura cósmica que de pronto se tragaba toda la existencia y liberaba la oscuridad cultivada por los milenios bajo las tranquilas noches de reuniones vecinales.
El vacío duró una eternidad. Solo los corazones de los hombres se oponían al devorador silencio. Algo así como la vida se dejaba entrever en la larga quietud que dejó la tormenta. Las pequeñas gotas golpeando los cristales prestaban apenas un murmullo vago, incierto, pero que mantenía viva la esperanza de que aún existiera el mundo allá afuera.
El amanecer trajo una nueva creación. El ruido de gallos lejanos y de pájaros en los árboles parecía paradisíaco. En realidad nada evidenciaba lso hechos de la noche anterior. Tal vez se había tratado de un sueño. Y sin embargo parecía estarse creando un mundo nuevo con la mañana que pegaba un helado vaho en las ventanas y sacudía la modorra del mundo dormido, desperezando figuras que se movían afuera en la calle, en una nueva realidad que a su vez era cotidiana y prestaba a la mañana una tranquilidad de una realidad ininterrumpida, una rutina que sin embargo se abría a nuevos horiozontes.
Temerosos, dudosos, los inquilinos subieron esa mañana por las largas escaleras hasta la adornada puerta, conocida como se conoce la palma de la mano propia. En ella no había nada nuevo. La novedad era esa visita matinal, fuera de todo horario, que los hombres hacían contra toda convención y más allá de cualquier autoridad que les ordenara o prohibiera hacerlo. Don Josefo a la cabeza empujó lentamente la puerta emparejada, como lo había hecho la noche anterior; lo que adentro vieron parecía un recuerdo antiquísimo. Las sillas dispuestas en semicírculo en torno al enorme -legendario- diván ubicado en el centro de la estancia, sin embargo el diván se hallaba vacío, solitario, como una imposibilidad impuesta. Y en la estancia el silencio era absoluto. Pero no era ese silencio de espera, ese silencio que respiraba pesado que bien conocían en ese lugar, ese silencio tan impregnado del perfume incierto de esa mujer omnipresente. Era un silencio rotundo, como de abandono. El tiempo ahí -sentían ellos- se había detenido. La escena esperaba desde hacía millones de años, posando, la llegada de los vecinos que ahora miraban todo desconcertados. La luz inundaba el lugar y afuera la vida bullía. Los vecinos decidieron que no había nada que hacer ahí, y apurándose a cumplir con sus diarias obligaciones salieron en fila, cerrando tras del último la puerta, en un acto final que duraría por el resto de la eternidad.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El mal cerdo

El mal cerdo es un elemento de contraste en la composición. Con cola retorcida, troimpa simbolica, y que es de pezuñas hendidas pero no rumia, el cerdo irrumpe en la escena busca, ineludiblemente.
El cerdo, el mal cerdo es contrario al buen caballero, el que dice "que buena es esta comida", que siempre pide permiso. El cerdo por su parte, con su piel incómodamente humana, emite un ronquido vago y hurga la basura con el hocico, es inaceptable.
Las buenas gentes, las de buenas costumbres no evitan señalarlo. Cualquier alución al vicio, a la degradación de la moral, lleva irremediablemente el índice a la solitaria e indiferene figura del cerdo, del mal cerdo.
El cerdo sin embargo es esencial. Sirve de mal ejemplo, para asustar a los niños "el mal cerdo va venir por ti", para prevenir a los que aspiran a santos, y nunca llegan a serlo. Las gentes, las buenas gentes viven su vida en torno al cerdo, no sin cierta loanza. Sí, extravagante, pero loa al fin. Y es que el cerdo representa un aspecto esencial de la condición humana. Y precisamente por eso, nadie se atreve a deshacerse del cerdo, ¿qué sentido tiene la virtud, cuando no existe el pecado? El mal cerdo es, en cuerpo, el problema de la carne. La carne es débil, y ante ella hay que ostentar la fuerza. El mal cerdo, pues, cede honor al buen hombre, que se cubre con recato y dice "sí, señora; no, señora".
Por tanto, detrás de las ruidosas acusaciones de los defensores de la moral y de las buenas costumbres, que revolotea aclamando los terrores del pecado y sus castigos, en silencio lo mantienen, a él, al mal cerdo.
Pero ya, basta. hemos hablado demasiado. Hemos hablado sin pudor del cerdo, y sin permiso de la moral. Hemos dicho lo que había que callar. Hemos puesto en el mismo lugar al buen hombre (el que dice "por favor y gracias") y al cerdo, al mal cerdo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Beso.

Míra bien. Abarca la escena con la mirada, solo ahora existe.
Las gentes apresuradas, la cabeza gacha, envueltos en densos abrigos caminan inclinados y presurosos al frente, viendo siempre al suelo, como atacados por una tormenta o alguna ráfaga de viento. Tal vez, dentro de sus mentes, se hallen en un huracán, en una catástrofe que los rodea, y tú no puedes verlo.
Mira el sol, como cae pesado inyectándose en el pavimento, en las banquetas, en la calle, dándole infinita luz, una luz irritante de fuerte, que va y aplasta la calle contra sí misma y contrasta con las sombras que proyectan los edificios. Los edificios altos como monumentos viejos y olvidados. Los ángulos que suben y suben, ostentan ventanas como ojos muertos.
Mira los carros que pasan por la calle, rígidos y con trayectoria fija, prestos a cumplir una importante misión. Mira el viento arrastrar un papel olvidado, tal vez, un periodico; y tal vez en el se lea el titular de la mañana, en enormes letras negras que no alcanzas a discernir. Mira las nubes ominosas que fúnebres en el cielo devoran al sol con su presencia ineludible. Ve la luz que dvide la calle atenuarse, siente el helado frío que recorre entonces la ciudad, como acompañado por la repentina interrupción de la luz solar.
Camina oye tus propios pasos, escucha el ruido de los motores, el ajetreo débl de gente aquí y allá cumpliendo con los menesteres de cada día. Escucha, alguien tose.
Camina hacia la esquina, escucha el viento rozar un carro que como flecha atraviesa el panorama. Mira en derredor: los árboles, los edificios de las esquinas, la gente que no para de avanzar, siempre apretando el paso, nunca deteniéndose a pensar, a contemplar la escena, a suspirar, a descansar. Mírales los rostros ensimismados, muy ocupados en lo que ocurre ahí dentro. Lo que ahí pasa jamás lo sabrás. Pasan, fugaces, desconocidos, anónimos, y se pierden.
Unos carros se detienen, otros avanzan, ya puedes cruzar. Dirige tus pasos por la blanca acera, otra vez gobernada por el imponente sol. Puedes mirar tus zapatos, negros, sucederse entre sí haciendo clac clac entre as grietas, el sucio pavimento los toscos adoquines.
Mira de nuevo hacia adelante. Las formas descoloridas, rígidas, presurosas. Mira la tristeza que como niebla inunda el espacio, que como hiedra trepa por las paredes. Mira el desasosiego y los ecos sordos, que como telepatía se transmiten, de aquí allá, y más allá.
Mira, un par de pozos profundos, miralos desviarse. Sigue buscando, pronto encontrarás otros, pero vidriosos. Adivina una luz pequeña, inocente, cruzar por lo bajo perdida en el gris espeso que gobierna.
Detente, es necesario cavilar, ¿qué estás haciendo? Mira hacia lo alto, haz una pregunta sin respuesta. Mira el destino cernirse sobre la escena, como pesados grises nubarrones, siente la incertidumbre, con largos, oscuros tentáculos, cambiar el paisaje. Escuchas aún los pasos alejarse y acercarse, es claro, sigues en el mismo lugar. Sin embargo ya no ves nada. La espesa niebla lo cubre todo, cegado caminas caminas.
El ruido resulta un alivio, se quiebra la meditación, irrumpe como un mal pensamiento la bocina de un enorme camión, se siente su carga pesada cruzar veloz, cimbrar la tierra, y en torno, la gente apagada continúa en su quehacer, en su frenético ensimismamiento que los tiene a todos inmóviles, siempre en el mismo lugar, aun cuando en la cudad caminen, trepen a los camiones, corran, se escondan detrás de puertas cerradas bajo llave, con 5 candados y un bonito decorado en refugios cuadrados sintéticos, prestados.
Respira. No, mejor no lo hagas. Si respiras podrías absorber la ciudad, con sus fantasmas, con sus presencias inciertas, con su alocado ajetreo, constante e infatigable.
Mira la calle extenderse a lo lejos, hasta e infinito. Puedes ver las líneas, ls ángulos que forman esta ordenada vida, de rutinas, calendarios, horarios. Mira el tiempo pasar, como un pesado libro sin contenido, hoja a hoja. Mira los caprichos insensatos de los personajes que entran y salen, y que se fatigan buscando siempre el final, atisbando el exterior del círculo dentro del cual dan vueltas y vueltas, añorando... ¿acaso aspiran a algo?
¿No lo soportas? las pesadas moles que dominan la ciudad han dado contigo? Corre, entonces. Corre como todos ellos, agacha la vista, hacia el suelo, huye. Escapa hacia la incertidumbre, precipítate en el vacío, trata de alcanzar la siguiente parada, ve en pos del destino, hazle las preguntas pertinentes.
Mientras corres, un ruido, un golpe. El universo da vueltas, todo se amontona, se estira se contrae, el pavimento, ahora lo sabes, es una cosa dura, fría a pesar del sol, y en extremo dolorosa. Ahora ves correr la vida, fluir incesante, roja, roja. La ves empapar la ciudad, algo ha pasado. La ciudad ha cambiado, se ha transformado. Gritos, gente corriendo, corriendo de verdad, preguntas palabras. Mira el cielo, mira los ojos, los que antes huían, ahora no tienen miedo ni pena, ahora enfrentan la realidad, esa que nunca aceptan, ahora la miran de frente, en alguien más. Enfrentan el destino ajeno y tú los ves absortos, y ves sobre ellos, que con sus cabezas conforman un círculo, el cielo azul, y ves nubes blancas desgarrarse, y sientes la luz que corre en vectores atravezando el firmamento. Cierras los ojos. Alguna vez pensaste que querías desaparecer con un beso. Tendrás que resignarte, no hay beso.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Misterios

Voy a la academia, escucho las nerviosas palabras de los profesores, aprendo la terminología, estudio las lecciones.

Peino la biblioteca, horas y horas de desvelo, quemándome las cejas, aprendiendo todo sobre quarks, historia de mongolia, especies de bacterias, teoría del ensayo.

Le pregunto al guru, al dalai lama, al papa, al rabino, a los califas.

Veo incansablemente tvunam, el canal 22, el canal once, el history channel y el national geographic

Les pregunto a mis mayores, leo la biblia, leo las instrucciones de uso de un paquete de galletas, veo las estrellas, leo las lineas de mi mano y las del prójimo, consulto el tarot, el i ching, gasto pesadas enciclopedias de todas las décadas.

Leo entre líneas, voy al sicoanalista, miro las formas de la naturaleza, adivinando sus secretos sutiles, escucho al fuego y al agua, decifro cartas encriptadas, leo las revistas, los trípticos, los panfletos, folletos, medito horas y horas.

Busco, aprendo, indago, investigo, experimento, conjeturo, y todavía sigo preguntándome...

Qué misterio esconden tus ojos?

domingo, 18 de noviembre de 2012

Hombre importante

Revisión

Una mañana, un nombre nuevo da la vuelta al mundo. Los periódicos de todos los países no paran de hablar de él. Unos días antes, en una grandiosa muestra de erudicion, un desconocido derrota a los más grades intelectuales de la época. Su nombre entonces se hace conocido. La crítica lo aclama, las universidades le dedican cátedras, los sabios, filósofos, críticos, estudantes, letrados, intelectuales, profesores, científicos, y docentes lo admiran, casí podría decirse que lo adoran. Las revistas y periódicos le dedican largas columnas; "Una inteigencia excepcional" -Times, "Marcará una nueva época" -Chronicle "Lurilurilú" -The New Yorker. Es oficial, quien antes era un desconocido, es ahora un tipo importante. Lo invitan a lso talk shows, a las universidades, da pláticas y conferencias, la gente le pregunta cosas, el presidente lo felicita. Pronto una nueva noticia: conoce mujer y se enamora, se casan. Mujer bella, atlética, cantante, actriz, bailarina, atlética, filántropa, guapa. La boda se televisa, nadie se la puede perder. Mientras su fama sigue en ascenso. Se ve su figura salir de lugares importantes: El palacio de bellas artes, Times Square, la corte de Versalles, el Ting Tang Tong chino, etc. Parece no tener límites, el mundo entero está a sus pies.
Repentinamente, terrible tragedia; su mujer y sus hijos, muertos. Crisis. Por todo el mundo se pone de manifiesto el apoyo de la gente con el hombre, se declara luto mundial. Algo nunca antes visto. Da una conferencia. Unas palabras emotivas, un agradecimiento a todos sus seguidores, una lágrima corre por su mejilla.
En medio de la crisis, escribe un nuevo libro. Pletórico de sabiduría, causa gran polémica. Un libro revolucionario, reinventa la cultra hasta ahora conocida. La gente lo adora, otros no lo soportan, escriben y escriben; no le llegan a los talones. Empieza la decadencia. Da pláticas, aparece con las estrellas, le otorgan el premio nobel. La vida, sin embargo, le sabe amarga. Con el tiempo, va cayendo en el olvido. Cada vez son menos las entrevistas, en lso talk shows, se le ve enjunto, gris, encorvado, consumido. La depresión lo devora. Ya no escribe, se limita a aceptar conferencias. El mundo, paulatinamente, se va olvidando de él. Él, que era un tipo tan importante.
Un día, un hecho lamentable, un terror horrible, el hombre muere. Nadie se entera.
Aún hoy, 100 años más tarde, alguna estación de radio quiere hablar de cosas importantes. Encuentran, por casualidad, su nombre en las listas. En la casa empolvada del hombre, alguna vez importante, el teléfono suena durante 3 minutos. Luego calla.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Composición en la que abuso de la palabra 'abstracción' y derivadas

Revisión

I

Inscribo mi tiempo en un tiempo infinito. Me proyecto hacia futuros o pasados remotos, más allá de donde puedo ver o imaginar. No considero nacimientos ni muertes, ya conozco esas ilusiones. Las abstraigo. Como un matemático, un lógico, un filosofo. o como un Kandinsky, me abstraigo, me sustraigo. Cosa popular la abstracción en estos días. Abstraigo todo, lo que veo lo que siento lo que pienso. Como un budista con una licuadora, junto todo en un remolino, y ya nada se distingue, y ya todo es homogéneo. Elimino de este texto la designación y ya nada tiene nombre, y ya las palabras no representan. Son por si solas, y todo es etéreo, todo es abstracto, todo es vago, neutro, genérico, incierto, indeterminado, abstruso, inconcreto, amorfo.
Y me estiro, como una lámina de hule, y lo hago más allá de todo ímite, y me expando hacia los bordes impropios del infinito que nunca alcanzo. Y ya nada tiene forma, ya nada tiene sentido. Y así, impersonal y aislado de toda relación con la realidad, me acompaño por siempre de tu ausencia.

II

Y ya empezamos. Ya perdido en un éter incoloro, inodoro, insaboro, Ya envuelto en una nada, he invocado tu recuerdo. Como un conjuro, evoco tus caricias y el perfume de tu piel. Y hago alquimia con tu nombre convirtiendo este cuento, esta ausencia, esta nada, en oro puro. Y me pierdo divagando. Y pienso en la nada, y en todo, y en el amor, cosa abstracta, que nunca llega, que nunca está, que no conozco. Y de pronto no soporto a los profesores, académicos, filósofos, lógicos, matemáticos; menos aún a los poetas. Decido quemar esta abstracción. Y con ella toda la poesía para que con ella se vaya el amor. Y le declaro la guerra a todo lo que a tí me recuerda. A los símbolos, a las letras de tu nombre, a la textura de las rosas y al aroma del otoño. A la vieja ciudad donde te ví, y a la negrura que huye cada mañana, y se mezcla entre los textos y las canciones, la negrura omnipresente.
Y renuncio a mí mismo, para evitar tu recuerdo. Y me doy cuenta que no eres mía, y no puedo sacudirme tu ausencia, tu ausencia que me acompaña por la calle, tu ausencia que me susurra al oído por las noches, tu ausencia que me tiene lejos, siempre lejos.
Y es necesario entonces acabar con las palabras. Con estas palabras. Romper la tensión que me ata a tu figura, a traves de esto que escribo. Y romper esta abstraccion, que llenas dejándome vacío. Me abstraigo de tí, y ahí estás, como un ideal, como el fín de una búsqueda sin sentido. Dejo el mundo de lo intangible, huyo de tu recuerdo, de la esperanza de tenerte, de mi mente que divaga en torno a tí, que te busca y no te encuentra, del recuerdo de que estoy aqui, solo, pensando en tí. Y regreso al mundo real.

III

De vuelta en este mundo, mundo de piedras y de viento, de madera y de tierra, de metal, plástico, vidrio, fibra de vidrio, hormigón, corcho, caucho, textiles, y mi propia piel. Y adivino en cada cosa, en cada figura y cada imagen: lo intangible, lo sutil que bajo dello se esconde. Y el cielo inalcanzable me roba un suspiro, sigo en ti pensando. Y el abismo implícito, el vértigo de un vacío que en todo se adivina, me recuerda al vértigo que guardan tus ojos, para los forasteros como yo. Y no te olvido, y ti ausencia sigue aquí, conmigo. Y no puedo escapar, lo intenté, y no me deja en paz tu nombre. Y ya no invoco tu nombre. Y ya no quiero saber que para ti no existo, y que para ti no soy nadie.
Y te escribo esto, aunque no lo leas, aunque no lo haya escrito, y me abstraigo de nuevo, en un círculo vicioso.

viernes, 2 de noviembre de 2012

El Sr. López.

El Sr. López era un tipo serio. Trabajaba en la oficina de contabilidad de no se qué edificio de negocios, lleno de cristales limpios, secretarias con tacones que hacen tac tac tac por los pasillos y ese aspecto pulcro y artificial digno de toda buena oficina. Diario el Sr. López se bañaba, se peinaba hacia atrás, se ponía camisa corbata, traje, todo limpio y planchado. Tenía un no muy tupido bigote que llevaba todos los días al trabajo, y el cual, según su criterio, encajaba perfectamente con su estatus. Caminaba con zapatos negros brillantes por la calle y constantemente miraba el reloj, como lo hace un hombre de negocios.
Cierta vez que el Sr. López andaba por la calle, en su camino de todos los días a la oficina, un día despues de una torrencial lluvia, esas que dejan los carros sucios y polvosos, el Sr. López pudo ver, a unos pasos de distancia, un coche especialmente afectado por el fenómeno. Evidentemente, el coche ya tenía tiempo ahí empolvándose, y la lluvia no hizo más que el favor de acentuar aún más la capa de polvo. Verdaderamente era una película admirable de mugre la que lo cubría. El Sr. López no pudo contenerse, en su mente un rápido pero poderoso pensamiento infantil cruzó su mente. A punto estuvo de detener su fluido camino, vacilar. Sin embargo, y para su suerte y la de su integridad personal, muy cerca había un OXXO.
El Sr. López, pues, para ganar tiempo, permitirse meditar en el asunto, y pensar las cosas con más detenimiendo, entró a la tienda. Es muy bien visto que un hombre ocupado y trabajador como él entre a esos lugares a comprar un café. Despues de todo, era un sujeto que tenía que hacer cuentas y tal. Caminó a la máquina, cogió el vaso, lo puso en el espacio pertinente, apretó un botón, esperó a que el líquido acabara de salir, tomó un removedor, vertió un botecito de crema, lo agitó bien, puso la tapa. Todo esto con la más calmada naturalidad con la que lo hace alguien que va a ir a trabajar a su oficina, a manejar números y cotizaciones. En su mente, sin embargo, y aunque nadie lo notara, existía esa ligera inquietud, ese sentimiento de expectación propio de alguien que está a punto de cometer un crimen. Debatía en su mente consigo mismo, miraba el entorno, calculaba fríamente, como era de hecho su trabajo. Pagó y salió con su café, se detuvo en el umbral del oxxo, y, disimulando sus intenciones, miró en derredor: la calle estaba vacía, aún era muy temprano.
Caminó como camina siempre, rumbo a su trabajo, tranquilo, natural, hacia el carro polvoriento. Por el rabillo del ojo miró en torno, en un último acto de precaución. Finalmente, decidido, se detuvo frente al coche, como cosa de todos los días. Trazó en el vidrio, con su dedo, un enorme corazón. Ya había empezado, no havía vuelta de página. Rápido y habil, con un índice ágil, trazó en el polvo, dentro del corazón, las siguientes palabras:
CACA
 Y
POPO
Acabado, solo se tomó un instante en contemplar su obra. Una ligera risilla se deslizó entre sus labios, estremeciendo esutilmente su bigote.
Se había tomado, previamente, la precaución de tomar una servilleta con su café, se limpió el polvo del ded, cogió su maletín, y erguido, mirando al frente, retomó su camino. Sus zapatos relucientes se apresuraban resonando serios en la banqueta, su expresión dura y llena de enfoque, propia de un adulto responsable evitó distraerse con cualquier movimeinto que captara de reojo. En su mente, sin embargo, revoloteaba un ligero vértigo, pensando en lo que había hecho y si nadie, por casualidad, lo habría visto.

domingo, 28 de octubre de 2012

Nueva mitología

Revisión

En la vieja ciudad de los dioses se produjo un evento extraño. Todo empezó cuando el dios de la curiosidad se preguntó a si mismo: "Qué habrá más allá de las fronteras de esta ciudad?".
Y es que ciertamente, fuera de esa ciudad habitada por los dioses no había nada, absolutamente nada. Algo así como un diminuto destello en medio de la oscuridad devoradora. Esta analogía, sin embargo, queda corta, pues como el dios de la filosofía bien lo sabe: la oscuridad es algo. Y fuera de esta ciudad no había absolutamente nada. El propio dios de la imaginación sufría terribles jaquecas al tratar de vsualizar esta realidad, el dios de la novedad no pudo con la sorpresa, el dios de la depresión hizo lo único que sabía hacer, y el dios del escepticismo no lo creyó. Aún el dios de la ciencia, que podía ver a traves de los horizontes, no lograba dar con la respuesta a la interrogante; y el dios de la inteligencia, tan dado a especular, no daba con una idea que llenara ese vacío que ahora había penetrado la realidad.
En seguida, el dios de las soluciones tuvo una idea: había que llenar ese vacío. El dios arquitecto se puso manos a la obra, se dedicó a extender la ciudad en templos vacíos para dioses aún inexistentes. La diosa de la creatividad se dio a la tarea de llenar esos templos. Así nacieron nuevos dioses: el dios de la migración, el dios de la ocupación, el dios de la danza el dios del teatro, el dios del canto, el dios de la imagen, el dios del poema, el dios del cuento, el dios de la novela, el dios de la matemática, el dios de la interrogación, el dios de la constancia, el dios de la indecisión, el dios de la visibilidad, el dios de la costumbre, el dios del mistero, el dios del vicio y el dios de la virtud, el dios de las dualidades, el dios de la necedad, el dios de la anatomía. En fin, que en torno a la vieja e intocable ciudad se extendió una nueva ciudad, habitada por todo un nuevo panteón mucho más amplio del que lo había engendrado. Sin embargo, por más que se extendía, la ciudad seguía bordeada eternamente por la nada. La diosa de la creatividad, agotada de tanto forzar nuevos dioses, no pudo más y en un último esfuerzo parió al dios de los artificios, que con su mentalidad fálica se dedicó a crear nuevos dioses a partir de los dioses ya existentes, revolviendo y volviendolos a revolver. Y mientras más se extendía esta ciudad, y más generaciones de dioses eran creados, más era la frustración de los dioses primigenios al ver que nada funcionaba, más allá siempre había una nada insondable. Los dioses primarios, alguna vez eternos, se habían vuelto viejos y obsoletos. Prácticamente no había ya lugar para ellos en la administración universal, cada uno de ellos tenía sus funciones divididas en cientos de dioses nuevos; el dios del color tenía una descendencia innumerable: el dios del rojo, el dios del carmín, el dios del escarlata, el dios del azul, el dios del turquesa, el dios del verde, el dios del nranja, el dios del blanco, el dios del negro, el dios del gris, etcétera.
Con el nacimiento del dios del tiempo, que se encargó de dividir la eternidad de los dioses en presente, pasado, y futuro, las generaciones envejecían (aún inmortales) y engendraba nuevas generaciones. Lejos, muy lejos del centro, de la ciudad original, nacieron el dios de la miseria, el dios de la pobreza, el dios de la carenca, el dios del hambre....
El dios de la clasificación, muy cerca de las primeras generaciones, dio en asignar a estos nuevos dioses, cada vez más pequeños, un nuevo título, ya no podían ser llamados dioses, así que se dio en llamar semdioses. Las siguientes generaciones ya no eran conscientes siquiera de su cualidad divina, y con el nacimiento del dios de la muerte, se tuvo que crear una nueva clasificación, ya muy lejos de los dioses, llamada mortales.
Y sin embargo, la nada indestructible seguía rodeando la ya gigantesca metrópolis. No fue sino hasta que el dios de la marea, ocioso por falta de trabajo, consultó con la diosa de la naturaleza y ambos decidieron generar un mar, y así nació el dios del mar y, ¡por fin! la primera frontera para la maltrecha ciudad de los dioses. Ahora, por un lado, habia una enorme costa, con un mar infinito. Por fín había una solución. El dios de la sequía enseguida llegó con otra idea; se creó el dios del desierto. El dios de las pendientes tambien asistió con la diosa de la naturaleza, engendraron al dios de las montañas, que creó una extensa cordillera, y el dios del espesor, con la misma diosa, dio vida al dios de los pantanos. Así, la ciudad de los dioses, ruidosa, vieja, confusa y ya decadente, fue por fin delimitada. Ya no se podía hablar de ninguna nada. El desierto al norte, el mar al este, las montañas del oeste, y los pantanos del sur, todos infinitos, rodeaban la ciudad, y dejaron de lado la necesidad de crear nuevos entes, ahora mortales.
Y sin embargo, el mal ya estaba hecho. El dios de la exploración amplió los horizontes de los mortales, que con ayuda de la diosa de la fertilidad, ocuparon las cordilleras, los desiertos, exploraron el océano en busca de nuevas islas y continentes, y se adentraron en los pantanos, de donde no se tuvo más noticia.
Los viejos dioses, dioses primigenios, ahora anquilosados y olvidados, se guardaban en el centro, en la antigua ciudad de piedra, de templos y palacios, en la inmovilidad de su tiempo estático, sin la presencia del intruso dios de la muerte y los miles de dioses que habían creado esa aberración más allá de lo que había sido la realidad inicial. Más allá, pequeños dioses fungían ante los mortales de diversas maneras. El dios de las máquinas, el dios de la tecnología, el dios de la metalurgia, el dios de la contaminación el dios de las comunicaciones, el dios de los servicios, el malvado dios de la política que creó a su semejanza al pequeño y malévolo dios de la burocracia.
Y, como resultado de todo esto, el dios original, en quien todo se concentra, de quien partieron todos los dioses originales, que creó la ciudad, quedó olvidado, encerrado en su torre de marfil, ignorado. En medio de tantísimos dioses y mortales con personalidades diversas, quedó impersonalizado; se hizo inconcebible en medio de tantas dualidades, trinidades, los 4 puntos cardinales, los 5 elementos, y demás numerologías sagradas.
Y sin embargo, él no fue quien se llevó la peor parte. Tal vez, el que se llevó lo peor de todo esto, fue el dios de la interpretación, asistido por voces infinitas, y aún más, el lector, ahora presentado a esta enorme mitología artificial.

lunes, 22 de octubre de 2012

Sombras parte n

Cómo había llegado él ahí?
Ni idea, hace rato (años, tal vez?) había estado en otro lugar. en dónde? Recordaba una cantina, así, como de mala muerte, borrachos tambaleándose como trompos esperando el momento de desplomarse en un crujir de huesos y músculos endurecidos, prostitutas grotescas y feas, como retratos hechos intencionadamente obscenos, por algún kirchner harto de la humanidad. Ahora solo era esto, la negrura surcada de luminarias, y las dunas marmóreas que relucen como cristales autorefulgentes.
En realidad, negrura, solo era una abstracción ahí. Las estrellas llenaban la bóveda y se desbordaban, difícilmente podría caber un espacio negro, y, sin embargo, se adivinaba, el cielo completamente tapizado de estrellas subyacía un espacio vacío, negro, melancólico, contemplando la absoluta calma de aquela lugar sin viento, la orquesta de ese vacío, tan ominosa y potente, tan ensordecedora y abrumadora, pues todo rodeaba en el vasto espacio, aparentemente sin fin.
Un paso, no se oía nada. El pie calzado se hundía suavemente en la blanda arena, como que estaba pisando una nube. La cabeza le dolía, en vano intentaba recordar los sucesos que lo habían llevado ahí, pero parecía no existir una coherencia. Hasta dónde podía el recordar? Como toda buena borrachera, los eventos se entremezclaban, y lo que podia haber pasado antes o después, se difuminaba y contraía en una perenne simultaneidad. La mente se encontraba en una bruma, los ruidos las voces y las sensaciones del recuerdo martillaban su mente conforme trataba de recordar, abrumado se rendía poco a poco al sentido soñoliento de quien quiere olvidar todo, dejarse tomar por la negrura que lo envuelve; la negrura que todo abarcaba en esa infinita luz blanca, de aquel raro país sin nombre.
Poco a poco se iba soltando, su mente se tranquilizaba, la cabeza no le dolía. Había dejado de caminar hacía rato. No tenía sentido caminar cuando no había nada, y cada paso que daba alargaba las distancias, o se movía todo con él, o tal vez era todo tan homogéneo, a pesar de las marcadas dunas en torno, que en realidad nada cambiaba. Y es que ahí solo había eso. Los pliegues elegantes de dunas de arena blanca blanca blanca, reluciente, y sobre él, una bóveda estrellada, lejana y -tal vez- lenta lenta.
Qué podía hacer él, qué lugar era ese? Era eso la muerte? La cabeza le volvía a doler, la vida se le arremolinaba en torno y sus ojos se nublaban entre los recuerdos pensamientos palabras conceptos ideas filosofías que giraban sobre él, intentando devorarlo, aplastarlo contra sí mismo hasta que de él ya nada quedara. Tal vez despertaría de nuevo en el bar, quién sería esa mujer? mira nomas esoque buena está la cervezadonde vamos despues? y como olvidar su sonrisala integral definidadebo checar mi feislla plaza está llenaya que se vaya este weytengo hambrela bolsita roja!mira nomas esa chicaquéhagoahoraquehuevalevantarsepreguntaiscomomevolvilocosacaeltokeseñoritaintelectualyasequetienelareabdomisevebiensteampunkestepemiravinoelgulaoyesoñecondiegoandabaconunagueraydondeandaralafolclorosachidoelchaialaseismevo
BASTA!!!!
Volteó a ver el mundo que lo rodeaba. La tranquilidad ahí seguía, no había pasado nada, ni el tiempo -ni el tiempo?- volteó a ver el cielo sobre él. Se había movido? no podía saberlo, tal vez, sí, tal vez. en ese lugar había tiempo? por qué no podía recordar nada? NO no no no... no quería recordar, qué había que recordar, quién era el ahí? traía su ropa? su ropa no era suya. Traía ropa blanca, clara como todo, miraba sus manos, era unalbino, era un sujeto de mármol, un tipo blanco, reluciente incluso, no sentía frío, no sentía calor hambre cansancio; respiraba, acaso?
Algo se movió, por ahí, a la altura del rabillo del ojo. Rápidamente volteó. Nada. Blancura. Volvió a concentrarse. Era blanco, vestía de blanco, todo era blanco TODO. Sin embargo la negrura lo rodeaba. No sabía como, pero ahí estaba, ella toda. El era blanco, una... un ser blanco, ya no era quien creía ser, su vida pasada lo asqueaba, le daba asco desde que empezó a pensar en sí mismo. Hacía mucho cuando. Ya eso no existía. Quién era el, aquí, en este lugar? importaba acaso? Otro movimiento, visto de reojo. No volteó, lo dejó ser, total, nada había ahí. La blancura se le hacía familiar, poco a poco la negrura se dejaba entrever, no con los ojos, pero se identificaba, estaba ahí, latente, corriendo de aqui allá como el viento, en un paisaje sin viento. Él mismo podía verla dentro de él, o sentirla, o saber que algo de eso había, o no, o ambos. Bah, detalles filosóficos. Otro movimiento, otro. otro. Solo como una sombra en toda esa luz se podían adivinar esas cosas, los movimientos.
Las sombras empezaron a llegar, no como algo visible, no con los ojos, pero se percibían, ya las tinieblas de su mente lo habían dejado atrás. Las sombras caminaban, daban vueltas lo acompañaban lo saludaban se le acercaban se iban, las sombras eran cordiales ahí, si tal cosa pudiera existir o ser descrita.
Vio que no estaba él solo, alguien algo o tal vez nada estaba ahí con él.
Continuará.... ajá

sábado, 11 de agosto de 2012

Sueño

Mi tía -mujer de dedos largos, cascada de rubio cenizo, una larga lánguida figura pálida- se sumergió en la moderna era digital con la más reciente tecnología informática.
Lo que antes era una casa, y que llamábamos hogar, hubo de ser sacrificado con la intromisión de las pantallas, de desconocidos cuartos y corredores tapizados de circuitos, de anchas paredes de máquina de mosaicos blancos, algo parecido a una vacía sala de quirofano, o al laberinto de alguna estación espacial.
La supramodernidad, como los señores llaman a nuestra era actual, donde es cada vez más tenue la frontera enre la vida orgánica y la vida digital, impregnó nuestra casa. Si antes era oscura, el blanco gélido y la fría luz de las pantallas nos convirtió en extraños en una especie de satélite, de puerto de conexión con las salas de información y entretenimiento de la red virtual.
Recuerdo los paseos por las nuevas recámaras tapizadas de un blanco insoportable, llenas de cajas de datos y microcircuitos inconcebibles e intocables. Siempre me pregunté para qué servirían. Poco valía ya pasear por esa casa; el abrumador sentimiento de extrañeza, la insistente presencia de las pantallas de luz y la incesante actividad de las cámaras web; tod esto solo podía ser mitigado metiéndonos en las cápsulas de inmersión digital, hacia la superrealidad.
Mi tía solía liarse con los datos y la monótona voz sintética y "amigable" de la monstruosa casa-máquina. Cierta vez apareció una opción:
"¿Desea establecer conectividad biyectiva usuario-equipo?"
No entendimos eso. Sí, naturalmente, aceptamos.
La absorbente vida de la sociedad virtual terminó por exasperarnos; imposible dejarla, no había dónde escapar.
"Mono de hibernación: activado"
Y, tras varios meses en un estado de coma inducido, alimentados co cápsulas vitamínicas para el pleno desarrollo y mantenimiento corporal, bombardeado el subconsciente con las más recientes noticias sobre los avances de la ciencia, productos para una vida mejor, en el gran progreso de la humanidad informática, decidimos despertar.
Los parques virtuales, los atardeceres y paisajes sintéticos del sitio más popular de naturaleza imitada... nos aburrieron. La vida nocturna del sitio de grandes salones y salas de baile del viejo siglo XX, con su constante ajetreo y todas esas caras jóvenes, joviales, eternas, acabaron por abrumar tanto a mi tía, que desconectó la máquina y salimos, huimos hacia el mundo exterior.
Y una vez afuera, despues de quién sabe cuánto, me pareció nunca haber visto un mundo más frío y desolado. La calle estaba desierta, y las casas, todas blancas, eran idénticas; y en todas ellas podíamos ver el logo de la Gran Arquitectónica De Universos: la compañía que distribuía esas máquinas de salones milagrosos para viajar a mundos virtuales. Ya todos se habían integrado a la moderna era informática.
Huimos como fugitivos. Aunque realmente nadie nos buscaba. Fuera de unos vagabundos, no vimos de hecho una sola alma en la enorme ciudad vacía.
Tomamos los servicios automáticos a las afueras de la ciudad. Las casas de lámina y los arrabales de la periferia fueron como un milagro: ahí la gente aún no había adoptado la supramodernidad.
Finalmente salimos a una especie de campo abierto. El aire fresco no se parecía en nada a los ventiladores del simulador de realidad; el cálido sol no emitía ese mlesto zumbido; y el tacto de la hierba no era ese característico cosquilleo homogeneo de las texturas virtuales.
Solo entonces pude conocer el alcance de esta nueva era. Al ver a mi tía el horror se apoderó de mi, Con expresión absorta, los ojos como vacíos, el cuerpo rígido, entonaba con voz apagada y mecánica las consignas de la nueva era digital. Comprendí entonces lo que significaba ese remoto mensaje. Mi tía ya no estaba ahí, había sido usurpada, ahora era un autómata controlado por esa maldita máquina.

viernes, 15 de junio de 2012

Cuentito

Alguna vez, hace mucho o poco tiempo; cierto personaje cobró vida en un viejo cuento, lejos, más allá de la tierra.
Se encontró a si mismo en las páginas de un libro gastado, vagó entre los garabatos que se repetían como fractales, línea tras línea. Ese pequeño mundo homogéneo lo aburrió pronto y, reintegrándose a la historia de la que formaba parte, se fue volando en una alfombra voladora. El desierto bajo sus pies era igualmente monótono, y pronto se aburrió tambien. FIN

jueves, 14 de junio de 2012

cursileria pra ls mujeres bells que me ignoran en el vagón

La sombra de tus párpados es un refugio
ahí me quedo, para no perderme en la infinidad
ni hundirme en la inmensidd de tus ojos.
Que mi alma y mi corazón no divaguen
en eterna espiral que serpentea y se diluye
en lo profundo de tu alma misteriosa.

El destello de tu ser
me ilumina? me abruma
tanteo, desnudo,
quiero asirme a algo, que me recuerde a mi
pero de mi ya nada queda.

Tal vez a tus oidos nunca llegue
el grito sordo que perdí en tu mirada,
tus manos permanecen inmóviles
y aún no sabes si yo existo siquiera
ni yo se si realmente existes.

En fin, ya se lo que va a pasar:
como un mendigo, extenderé mi mano,
esperando el delicado roce de tus dedos;
me estremecerá el frío de unas monedas
y buscaré tus ojos, para decirte "gracias".
Pero tu atención estará lejos, en algún otro lado,
tal vez con él.
Y yo, me bajaré del vagón, uno de tantos
sin la herida de tu mirada o de tu sonrisa.

martes, 12 de junio de 2012

Vieja

La vieja acomoda sus lentes, se acicala los gruesos cabellos de paja, pasa largo dedos por su enorme arrugada nariz, sus tupidas cejas ceden y se arquean sobre las estrechas rendijas de unos ojos indecisos, que intentan expresar un sentimiento improbable. El caballo corre, veloz, sin detenerse, sin jadear, como una película que se repite, y se repite. El paisaje a su alrededor no se repite, pero permanece eterno. El caballo en su estático y perenne movimiento, siempre corriendo, atraviesa los años y las eras. Las arenas rojas y desoladas, los pantanos negros y amenazadores, los bosques verdes prometedores, de sátiros y ninfas, las playas donde las olas del enorme mar conocen el uniforme movimiento y la empatía con ese caballo que corre y corre, y parece que no se mueve. Se mueve el mundo, se mueven las eras que se suceden unas a otras, en el enorme tiempo estático, que no hace más que cambiar, entre las cosas que no hacen más que nacer y morir ininterrumpidas, entre las montañs que un día se alzan y al otro se derrumban. Y el caballo, siempre al centro de todo, siempre hacia adelante, recortando su figura blanca, a veces negra, y a veces plateada cuando la luna, igualmente constante, lo alumbra en su fútil viaje, viaje hacia ningún lado.
Ya no hay en el mundo pueblos extraños, gente del desierto, sombras del pantano, infiernos de hombres blancos ciegos y famélicos que devoran la noche, torres de sabiduría, carnavales de seres extravagantes, en fin, ¿qué puede significar todo esto, todas las maravillas que gastan los ojos y que como flores se marchitan antes de tiempo?
Alguna vez el caballo habíase detenido, la vieja había bajado de él para conocer los pueblos, en busca de....
seguía sin saberlo. Pero ahora, enjunta, con las viejas manos largas y venosas, con el cuerpo gastado, con ese aspecto de un extraño ser mitológico, de criatura fantástica. Ya los mundos de fantasía, todos los pueblos, todos los viejos graves que pasean enormes pergaminos arrastrando barbas enmarañadas, y ciegos por la penumbra de sus claustros, todo eso estaba muerto. Y florecía de nuevo, en un eterno retorno de seres que iban y venían, ocupados como siempre, como todos. Ocupados como esa vieja se ocupaba en dejarlo todo, en contemplar solo el camino marcado por el tiempo que alzaba imperios y desgarraba los continentes y separaba las constelaciones.

domingo, 8 de enero de 2012

Otro alquimista

El viejo alquimista pasea por el desierto, como solitario vagabundo, la cabeza envuelta en el viejo turbante percudido, los ojos solitarios negros asomándose al mundo entre las vueltas y revueltas de a gruesa tela anaranjada. El cuerpo oscilando al compás de su camello, rodeado de nada y más nada en forma de arena, envuelto en pensamientos como en el desierto, el mismo viejo desierto que lo rodea, infinitamente, hacia todos lados, hasta la bulliciosa realidad que se aleja más y más a cada paso que da, como espantada, hasta perderse allá en el infinito, más allá de as fronteras de ese desierto en expansión, ese desierto que es la soledad del alquimista. Y de noche, entre los días y las noches perdidas, en esa irrealidad donde el tiempo no es tiempo, pues no pasa, y sin embargo hay noches; en una de mil noches, o en la noche eterna que en el desierto solo viene y complementa al día eterno, en esa noche cuya soledad cobija las arenas, las dunas, cuyas estrellas envuelven al misterio en más misterio. Sí, una noche como todas, como ninguna, el caminante viajero, el divagante buscador de mundos, el otro solitario del extenso vacío, aquel para quien todo es improbable, que lo ha abandonado todo, en medio de una noche, una noche entre las noches, en el centro del desierto infinito -siempre es el centro-, se encuentran un par de miradas. Dos tenues destellos se encuentran con dos abismos en los cuales perderse. Un ser sin cuerpo, o un cuerpo que vaga sin objetivo, encuentra las sombras, los retorcidos espejismos de irrealidad que se mueven en el espacio. La tienda -gigantesca tienda, ¿dónde la llevaría el tipo aquel?- el camello, el hombre: El alquimista. La cabeza exagerada, las telas que se tuercen y retuercen en torno a la figura de un hombre, uno de los tantos que aparecen, al ras de un deseo involuntario en e tiempo, de pronto entre las sombras, las ideas, los espejos, las dunas laberínticas de ese gran vacío.
Ni una palabra.
Dónde podría llevar ese vagabundo tantos tesoros? Es acaso real? No, por supuesto que no lo es.
Dentro de la enorme tienda, la ilusión es aún más insoportable. Es como un palacio. Volteado, torcido, un palacio de espejos, dentro de un desierto-espejo.
Las mesas de trabajo, todas desordenadas, del alquimista -como si él hubiera dispuesto ese desorden a la hora de ponerla tienda, al crepúsculo-, cientos de inventos empolvados, y seres que brincan de aquí allá,o fantasmas helados que susurran al pasar. Al ver las oscuras cavernas detrás del hombre detrás del turbante naranja, habíalo conocido completo, o eso creía el viajero. Habíalo visto, fugaz, en sus largos días de vagar, sin detenerse nunca, bajo el sol, solo sobre su camello y un extraño bulto -llevaría ahí su palacio?-, en su eterna noche, junto a la tienda, las siluetas recortadas por el azul y tenue resplandor de las estrellas, fundido con las sinuosas curvas que define la arena.
Sí, era cierto, y él lo sabía, el tiempo no es tiempo, no en esta irrealidad, que ya se iba haciendo cotidiana, aunque si.empre era algo nuevo. Así mismo era la noche, esa noche, todas las noches. Quién había elegido la noche? cuándo se percató de ella? El ya lo sabía. La noche solo podía ser posible si la envolvía el manto negro, Negro. Y al ver esos ojos... sabía que era noche. Siempre había sido de noche.
Y dentro de esa tienda -hace tiempo abandonada-, el trabajo de milenios, el ocio, la ciencia, el arte, tal vez simplemente experimentos de todo tipo. Seres disecados, alguna vez creados. Máquinas de poleas, herramientas de otro tiempo, o de otro mundo. La débil luz como de antorcha que empapaba, sin sombras, el pequeño rincón de la noche eterna.
Abandonado? E alquimista ahí había estado, justo ahora. Pero hacía ya siglos que no estaba, que había salido a vagar, a vagar por el desierto en busca del tiempo. Ahora, él caminaba, o más bien montaba su camello en un mediodía que jamás acabaría. Mientras tanto, ahí seguía, inclinado sobre su escritorio, sus aparatos, creando algo que él ya sabía inútil.