sábado, 17 de noviembre de 2012

Composición en la que abuso de la palabra 'abstracción' y derivadas

Revisión

I

Inscribo mi tiempo en un tiempo infinito. Me proyecto hacia futuros o pasados remotos, más allá de donde puedo ver o imaginar. No considero nacimientos ni muertes, ya conozco esas ilusiones. Las abstraigo. Como un matemático, un lógico, un filosofo. o como un Kandinsky, me abstraigo, me sustraigo. Cosa popular la abstracción en estos días. Abstraigo todo, lo que veo lo que siento lo que pienso. Como un budista con una licuadora, junto todo en un remolino, y ya nada se distingue, y ya todo es homogéneo. Elimino de este texto la designación y ya nada tiene nombre, y ya las palabras no representan. Son por si solas, y todo es etéreo, todo es abstracto, todo es vago, neutro, genérico, incierto, indeterminado, abstruso, inconcreto, amorfo.
Y me estiro, como una lámina de hule, y lo hago más allá de todo ímite, y me expando hacia los bordes impropios del infinito que nunca alcanzo. Y ya nada tiene forma, ya nada tiene sentido. Y así, impersonal y aislado de toda relación con la realidad, me acompaño por siempre de tu ausencia.

II

Y ya empezamos. Ya perdido en un éter incoloro, inodoro, insaboro, Ya envuelto en una nada, he invocado tu recuerdo. Como un conjuro, evoco tus caricias y el perfume de tu piel. Y hago alquimia con tu nombre convirtiendo este cuento, esta ausencia, esta nada, en oro puro. Y me pierdo divagando. Y pienso en la nada, y en todo, y en el amor, cosa abstracta, que nunca llega, que nunca está, que no conozco. Y de pronto no soporto a los profesores, académicos, filósofos, lógicos, matemáticos; menos aún a los poetas. Decido quemar esta abstracción. Y con ella toda la poesía para que con ella se vaya el amor. Y le declaro la guerra a todo lo que a tí me recuerda. A los símbolos, a las letras de tu nombre, a la textura de las rosas y al aroma del otoño. A la vieja ciudad donde te ví, y a la negrura que huye cada mañana, y se mezcla entre los textos y las canciones, la negrura omnipresente.
Y renuncio a mí mismo, para evitar tu recuerdo. Y me doy cuenta que no eres mía, y no puedo sacudirme tu ausencia, tu ausencia que me acompaña por la calle, tu ausencia que me susurra al oído por las noches, tu ausencia que me tiene lejos, siempre lejos.
Y es necesario entonces acabar con las palabras. Con estas palabras. Romper la tensión que me ata a tu figura, a traves de esto que escribo. Y romper esta abstraccion, que llenas dejándome vacío. Me abstraigo de tí, y ahí estás, como un ideal, como el fín de una búsqueda sin sentido. Dejo el mundo de lo intangible, huyo de tu recuerdo, de la esperanza de tenerte, de mi mente que divaga en torno a tí, que te busca y no te encuentra, del recuerdo de que estoy aqui, solo, pensando en tí. Y regreso al mundo real.

III

De vuelta en este mundo, mundo de piedras y de viento, de madera y de tierra, de metal, plástico, vidrio, fibra de vidrio, hormigón, corcho, caucho, textiles, y mi propia piel. Y adivino en cada cosa, en cada figura y cada imagen: lo intangible, lo sutil que bajo dello se esconde. Y el cielo inalcanzable me roba un suspiro, sigo en ti pensando. Y el abismo implícito, el vértigo de un vacío que en todo se adivina, me recuerda al vértigo que guardan tus ojos, para los forasteros como yo. Y no te olvido, y ti ausencia sigue aquí, conmigo. Y no puedo escapar, lo intenté, y no me deja en paz tu nombre. Y ya no invoco tu nombre. Y ya no quiero saber que para ti no existo, y que para ti no soy nadie.
Y te escribo esto, aunque no lo leas, aunque no lo haya escrito, y me abstraigo de nuevo, en un círculo vicioso.

viernes, 2 de noviembre de 2012

El Sr. López.

El Sr. López era un tipo serio. Trabajaba en la oficina de contabilidad de no se qué edificio de negocios, lleno de cristales limpios, secretarias con tacones que hacen tac tac tac por los pasillos y ese aspecto pulcro y artificial digno de toda buena oficina. Diario el Sr. López se bañaba, se peinaba hacia atrás, se ponía camisa corbata, traje, todo limpio y planchado. Tenía un no muy tupido bigote que llevaba todos los días al trabajo, y el cual, según su criterio, encajaba perfectamente con su estatus. Caminaba con zapatos negros brillantes por la calle y constantemente miraba el reloj, como lo hace un hombre de negocios.
Cierta vez que el Sr. López andaba por la calle, en su camino de todos los días a la oficina, un día despues de una torrencial lluvia, esas que dejan los carros sucios y polvosos, el Sr. López pudo ver, a unos pasos de distancia, un coche especialmente afectado por el fenómeno. Evidentemente, el coche ya tenía tiempo ahí empolvándose, y la lluvia no hizo más que el favor de acentuar aún más la capa de polvo. Verdaderamente era una película admirable de mugre la que lo cubría. El Sr. López no pudo contenerse, en su mente un rápido pero poderoso pensamiento infantil cruzó su mente. A punto estuvo de detener su fluido camino, vacilar. Sin embargo, y para su suerte y la de su integridad personal, muy cerca había un OXXO.
El Sr. López, pues, para ganar tiempo, permitirse meditar en el asunto, y pensar las cosas con más detenimiendo, entró a la tienda. Es muy bien visto que un hombre ocupado y trabajador como él entre a esos lugares a comprar un café. Despues de todo, era un sujeto que tenía que hacer cuentas y tal. Caminó a la máquina, cogió el vaso, lo puso en el espacio pertinente, apretó un botón, esperó a que el líquido acabara de salir, tomó un removedor, vertió un botecito de crema, lo agitó bien, puso la tapa. Todo esto con la más calmada naturalidad con la que lo hace alguien que va a ir a trabajar a su oficina, a manejar números y cotizaciones. En su mente, sin embargo, y aunque nadie lo notara, existía esa ligera inquietud, ese sentimiento de expectación propio de alguien que está a punto de cometer un crimen. Debatía en su mente consigo mismo, miraba el entorno, calculaba fríamente, como era de hecho su trabajo. Pagó y salió con su café, se detuvo en el umbral del oxxo, y, disimulando sus intenciones, miró en derredor: la calle estaba vacía, aún era muy temprano.
Caminó como camina siempre, rumbo a su trabajo, tranquilo, natural, hacia el carro polvoriento. Por el rabillo del ojo miró en torno, en un último acto de precaución. Finalmente, decidido, se detuvo frente al coche, como cosa de todos los días. Trazó en el vidrio, con su dedo, un enorme corazón. Ya había empezado, no havía vuelta de página. Rápido y habil, con un índice ágil, trazó en el polvo, dentro del corazón, las siguientes palabras:
CACA
 Y
POPO
Acabado, solo se tomó un instante en contemplar su obra. Una ligera risilla se deslizó entre sus labios, estremeciendo esutilmente su bigote.
Se había tomado, previamente, la precaución de tomar una servilleta con su café, se limpió el polvo del ded, cogió su maletín, y erguido, mirando al frente, retomó su camino. Sus zapatos relucientes se apresuraban resonando serios en la banqueta, su expresión dura y llena de enfoque, propia de un adulto responsable evitó distraerse con cualquier movimeinto que captara de reojo. En su mente, sin embargo, revoloteaba un ligero vértigo, pensando en lo que había hecho y si nadie, por casualidad, lo habría visto.

domingo, 28 de octubre de 2012

Nueva mitología

Revisión

En la vieja ciudad de los dioses se produjo un evento extraño. Todo empezó cuando el dios de la curiosidad se preguntó a si mismo: "Qué habrá más allá de las fronteras de esta ciudad?".
Y es que ciertamente, fuera de esa ciudad habitada por los dioses no había nada, absolutamente nada. Algo así como un diminuto destello en medio de la oscuridad devoradora. Esta analogía, sin embargo, queda corta, pues como el dios de la filosofía bien lo sabe: la oscuridad es algo. Y fuera de esta ciudad no había absolutamente nada. El propio dios de la imaginación sufría terribles jaquecas al tratar de vsualizar esta realidad, el dios de la novedad no pudo con la sorpresa, el dios de la depresión hizo lo único que sabía hacer, y el dios del escepticismo no lo creyó. Aún el dios de la ciencia, que podía ver a traves de los horizontes, no lograba dar con la respuesta a la interrogante; y el dios de la inteligencia, tan dado a especular, no daba con una idea que llenara ese vacío que ahora había penetrado la realidad.
En seguida, el dios de las soluciones tuvo una idea: había que llenar ese vacío. El dios arquitecto se puso manos a la obra, se dedicó a extender la ciudad en templos vacíos para dioses aún inexistentes. La diosa de la creatividad se dio a la tarea de llenar esos templos. Así nacieron nuevos dioses: el dios de la migración, el dios de la ocupación, el dios de la danza el dios del teatro, el dios del canto, el dios de la imagen, el dios del poema, el dios del cuento, el dios de la novela, el dios de la matemática, el dios de la interrogación, el dios de la constancia, el dios de la indecisión, el dios de la visibilidad, el dios de la costumbre, el dios del mistero, el dios del vicio y el dios de la virtud, el dios de las dualidades, el dios de la necedad, el dios de la anatomía. En fin, que en torno a la vieja e intocable ciudad se extendió una nueva ciudad, habitada por todo un nuevo panteón mucho más amplio del que lo había engendrado. Sin embargo, por más que se extendía, la ciudad seguía bordeada eternamente por la nada. La diosa de la creatividad, agotada de tanto forzar nuevos dioses, no pudo más y en un último esfuerzo parió al dios de los artificios, que con su mentalidad fálica se dedicó a crear nuevos dioses a partir de los dioses ya existentes, revolviendo y volviendolos a revolver. Y mientras más se extendía esta ciudad, y más generaciones de dioses eran creados, más era la frustración de los dioses primigenios al ver que nada funcionaba, más allá siempre había una nada insondable. Los dioses primarios, alguna vez eternos, se habían vuelto viejos y obsoletos. Prácticamente no había ya lugar para ellos en la administración universal, cada uno de ellos tenía sus funciones divididas en cientos de dioses nuevos; el dios del color tenía una descendencia innumerable: el dios del rojo, el dios del carmín, el dios del escarlata, el dios del azul, el dios del turquesa, el dios del verde, el dios del nranja, el dios del blanco, el dios del negro, el dios del gris, etcétera.
Con el nacimiento del dios del tiempo, que se encargó de dividir la eternidad de los dioses en presente, pasado, y futuro, las generaciones envejecían (aún inmortales) y engendraba nuevas generaciones. Lejos, muy lejos del centro, de la ciudad original, nacieron el dios de la miseria, el dios de la pobreza, el dios de la carenca, el dios del hambre....
El dios de la clasificación, muy cerca de las primeras generaciones, dio en asignar a estos nuevos dioses, cada vez más pequeños, un nuevo título, ya no podían ser llamados dioses, así que se dio en llamar semdioses. Las siguientes generaciones ya no eran conscientes siquiera de su cualidad divina, y con el nacimiento del dios de la muerte, se tuvo que crear una nueva clasificación, ya muy lejos de los dioses, llamada mortales.
Y sin embargo, la nada indestructible seguía rodeando la ya gigantesca metrópolis. No fue sino hasta que el dios de la marea, ocioso por falta de trabajo, consultó con la diosa de la naturaleza y ambos decidieron generar un mar, y así nació el dios del mar y, ¡por fin! la primera frontera para la maltrecha ciudad de los dioses. Ahora, por un lado, habia una enorme costa, con un mar infinito. Por fín había una solución. El dios de la sequía enseguida llegó con otra idea; se creó el dios del desierto. El dios de las pendientes tambien asistió con la diosa de la naturaleza, engendraron al dios de las montañas, que creó una extensa cordillera, y el dios del espesor, con la misma diosa, dio vida al dios de los pantanos. Así, la ciudad de los dioses, ruidosa, vieja, confusa y ya decadente, fue por fin delimitada. Ya no se podía hablar de ninguna nada. El desierto al norte, el mar al este, las montañas del oeste, y los pantanos del sur, todos infinitos, rodeaban la ciudad, y dejaron de lado la necesidad de crear nuevos entes, ahora mortales.
Y sin embargo, el mal ya estaba hecho. El dios de la exploración amplió los horizontes de los mortales, que con ayuda de la diosa de la fertilidad, ocuparon las cordilleras, los desiertos, exploraron el océano en busca de nuevas islas y continentes, y se adentraron en los pantanos, de donde no se tuvo más noticia.
Los viejos dioses, dioses primigenios, ahora anquilosados y olvidados, se guardaban en el centro, en la antigua ciudad de piedra, de templos y palacios, en la inmovilidad de su tiempo estático, sin la presencia del intruso dios de la muerte y los miles de dioses que habían creado esa aberración más allá de lo que había sido la realidad inicial. Más allá, pequeños dioses fungían ante los mortales de diversas maneras. El dios de las máquinas, el dios de la tecnología, el dios de la metalurgia, el dios de la contaminación el dios de las comunicaciones, el dios de los servicios, el malvado dios de la política que creó a su semejanza al pequeño y malévolo dios de la burocracia.
Y, como resultado de todo esto, el dios original, en quien todo se concentra, de quien partieron todos los dioses originales, que creó la ciudad, quedó olvidado, encerrado en su torre de marfil, ignorado. En medio de tantísimos dioses y mortales con personalidades diversas, quedó impersonalizado; se hizo inconcebible en medio de tantas dualidades, trinidades, los 4 puntos cardinales, los 5 elementos, y demás numerologías sagradas.
Y sin embargo, él no fue quien se llevó la peor parte. Tal vez, el que se llevó lo peor de todo esto, fue el dios de la interpretación, asistido por voces infinitas, y aún más, el lector, ahora presentado a esta enorme mitología artificial.

lunes, 22 de octubre de 2012

Sombras parte n

Cómo había llegado él ahí?
Ni idea, hace rato (años, tal vez?) había estado en otro lugar. en dónde? Recordaba una cantina, así, como de mala muerte, borrachos tambaleándose como trompos esperando el momento de desplomarse en un crujir de huesos y músculos endurecidos, prostitutas grotescas y feas, como retratos hechos intencionadamente obscenos, por algún kirchner harto de la humanidad. Ahora solo era esto, la negrura surcada de luminarias, y las dunas marmóreas que relucen como cristales autorefulgentes.
En realidad, negrura, solo era una abstracción ahí. Las estrellas llenaban la bóveda y se desbordaban, difícilmente podría caber un espacio negro, y, sin embargo, se adivinaba, el cielo completamente tapizado de estrellas subyacía un espacio vacío, negro, melancólico, contemplando la absoluta calma de aquela lugar sin viento, la orquesta de ese vacío, tan ominosa y potente, tan ensordecedora y abrumadora, pues todo rodeaba en el vasto espacio, aparentemente sin fin.
Un paso, no se oía nada. El pie calzado se hundía suavemente en la blanda arena, como que estaba pisando una nube. La cabeza le dolía, en vano intentaba recordar los sucesos que lo habían llevado ahí, pero parecía no existir una coherencia. Hasta dónde podía el recordar? Como toda buena borrachera, los eventos se entremezclaban, y lo que podia haber pasado antes o después, se difuminaba y contraía en una perenne simultaneidad. La mente se encontraba en una bruma, los ruidos las voces y las sensaciones del recuerdo martillaban su mente conforme trataba de recordar, abrumado se rendía poco a poco al sentido soñoliento de quien quiere olvidar todo, dejarse tomar por la negrura que lo envuelve; la negrura que todo abarcaba en esa infinita luz blanca, de aquel raro país sin nombre.
Poco a poco se iba soltando, su mente se tranquilizaba, la cabeza no le dolía. Había dejado de caminar hacía rato. No tenía sentido caminar cuando no había nada, y cada paso que daba alargaba las distancias, o se movía todo con él, o tal vez era todo tan homogéneo, a pesar de las marcadas dunas en torno, que en realidad nada cambiaba. Y es que ahí solo había eso. Los pliegues elegantes de dunas de arena blanca blanca blanca, reluciente, y sobre él, una bóveda estrellada, lejana y -tal vez- lenta lenta.
Qué podía hacer él, qué lugar era ese? Era eso la muerte? La cabeza le volvía a doler, la vida se le arremolinaba en torno y sus ojos se nublaban entre los recuerdos pensamientos palabras conceptos ideas filosofías que giraban sobre él, intentando devorarlo, aplastarlo contra sí mismo hasta que de él ya nada quedara. Tal vez despertaría de nuevo en el bar, quién sería esa mujer? mira nomas esoque buena está la cervezadonde vamos despues? y como olvidar su sonrisala integral definidadebo checar mi feislla plaza está llenaya que se vaya este weytengo hambrela bolsita roja!mira nomas esa chicaquéhagoahoraquehuevalevantarsepreguntaiscomomevolvilocosacaeltokeseñoritaintelectualyasequetienelareabdomisevebiensteampunkestepemiravinoelgulaoyesoñecondiegoandabaconunagueraydondeandaralafolclorosachidoelchaialaseismevo
BASTA!!!!
Volteó a ver el mundo que lo rodeaba. La tranquilidad ahí seguía, no había pasado nada, ni el tiempo -ni el tiempo?- volteó a ver el cielo sobre él. Se había movido? no podía saberlo, tal vez, sí, tal vez. en ese lugar había tiempo? por qué no podía recordar nada? NO no no no... no quería recordar, qué había que recordar, quién era el ahí? traía su ropa? su ropa no era suya. Traía ropa blanca, clara como todo, miraba sus manos, era unalbino, era un sujeto de mármol, un tipo blanco, reluciente incluso, no sentía frío, no sentía calor hambre cansancio; respiraba, acaso?
Algo se movió, por ahí, a la altura del rabillo del ojo. Rápidamente volteó. Nada. Blancura. Volvió a concentrarse. Era blanco, vestía de blanco, todo era blanco TODO. Sin embargo la negrura lo rodeaba. No sabía como, pero ahí estaba, ella toda. El era blanco, una... un ser blanco, ya no era quien creía ser, su vida pasada lo asqueaba, le daba asco desde que empezó a pensar en sí mismo. Hacía mucho cuando. Ya eso no existía. Quién era el, aquí, en este lugar? importaba acaso? Otro movimiento, visto de reojo. No volteó, lo dejó ser, total, nada había ahí. La blancura se le hacía familiar, poco a poco la negrura se dejaba entrever, no con los ojos, pero se identificaba, estaba ahí, latente, corriendo de aqui allá como el viento, en un paisaje sin viento. Él mismo podía verla dentro de él, o sentirla, o saber que algo de eso había, o no, o ambos. Bah, detalles filosóficos. Otro movimiento, otro. otro. Solo como una sombra en toda esa luz se podían adivinar esas cosas, los movimientos.
Las sombras empezaron a llegar, no como algo visible, no con los ojos, pero se percibían, ya las tinieblas de su mente lo habían dejado atrás. Las sombras caminaban, daban vueltas lo acompañaban lo saludaban se le acercaban se iban, las sombras eran cordiales ahí, si tal cosa pudiera existir o ser descrita.
Vio que no estaba él solo, alguien algo o tal vez nada estaba ahí con él.
Continuará.... ajá

sábado, 11 de agosto de 2012

Sueño

Mi tía -mujer de dedos largos, cascada de rubio cenizo, una larga lánguida figura pálida- se sumergió en la moderna era digital con la más reciente tecnología informática.
Lo que antes era una casa, y que llamábamos hogar, hubo de ser sacrificado con la intromisión de las pantallas, de desconocidos cuartos y corredores tapizados de circuitos, de anchas paredes de máquina de mosaicos blancos, algo parecido a una vacía sala de quirofano, o al laberinto de alguna estación espacial.
La supramodernidad, como los señores llaman a nuestra era actual, donde es cada vez más tenue la frontera enre la vida orgánica y la vida digital, impregnó nuestra casa. Si antes era oscura, el blanco gélido y la fría luz de las pantallas nos convirtió en extraños en una especie de satélite, de puerto de conexión con las salas de información y entretenimiento de la red virtual.
Recuerdo los paseos por las nuevas recámaras tapizadas de un blanco insoportable, llenas de cajas de datos y microcircuitos inconcebibles e intocables. Siempre me pregunté para qué servirían. Poco valía ya pasear por esa casa; el abrumador sentimiento de extrañeza, la insistente presencia de las pantallas de luz y la incesante actividad de las cámaras web; tod esto solo podía ser mitigado metiéndonos en las cápsulas de inmersión digital, hacia la superrealidad.
Mi tía solía liarse con los datos y la monótona voz sintética y "amigable" de la monstruosa casa-máquina. Cierta vez apareció una opción:
"¿Desea establecer conectividad biyectiva usuario-equipo?"
No entendimos eso. Sí, naturalmente, aceptamos.
La absorbente vida de la sociedad virtual terminó por exasperarnos; imposible dejarla, no había dónde escapar.
"Mono de hibernación: activado"
Y, tras varios meses en un estado de coma inducido, alimentados co cápsulas vitamínicas para el pleno desarrollo y mantenimiento corporal, bombardeado el subconsciente con las más recientes noticias sobre los avances de la ciencia, productos para una vida mejor, en el gran progreso de la humanidad informática, decidimos despertar.
Los parques virtuales, los atardeceres y paisajes sintéticos del sitio más popular de naturaleza imitada... nos aburrieron. La vida nocturna del sitio de grandes salones y salas de baile del viejo siglo XX, con su constante ajetreo y todas esas caras jóvenes, joviales, eternas, acabaron por abrumar tanto a mi tía, que desconectó la máquina y salimos, huimos hacia el mundo exterior.
Y una vez afuera, despues de quién sabe cuánto, me pareció nunca haber visto un mundo más frío y desolado. La calle estaba desierta, y las casas, todas blancas, eran idénticas; y en todas ellas podíamos ver el logo de la Gran Arquitectónica De Universos: la compañía que distribuía esas máquinas de salones milagrosos para viajar a mundos virtuales. Ya todos se habían integrado a la moderna era informática.
Huimos como fugitivos. Aunque realmente nadie nos buscaba. Fuera de unos vagabundos, no vimos de hecho una sola alma en la enorme ciudad vacía.
Tomamos los servicios automáticos a las afueras de la ciudad. Las casas de lámina y los arrabales de la periferia fueron como un milagro: ahí la gente aún no había adoptado la supramodernidad.
Finalmente salimos a una especie de campo abierto. El aire fresco no se parecía en nada a los ventiladores del simulador de realidad; el cálido sol no emitía ese mlesto zumbido; y el tacto de la hierba no era ese característico cosquilleo homogeneo de las texturas virtuales.
Solo entonces pude conocer el alcance de esta nueva era. Al ver a mi tía el horror se apoderó de mi, Con expresión absorta, los ojos como vacíos, el cuerpo rígido, entonaba con voz apagada y mecánica las consignas de la nueva era digital. Comprendí entonces lo que significaba ese remoto mensaje. Mi tía ya no estaba ahí, había sido usurpada, ahora era un autómata controlado por esa maldita máquina.

viernes, 15 de junio de 2012

Cuentito

Alguna vez, hace mucho o poco tiempo; cierto personaje cobró vida en un viejo cuento, lejos, más allá de la tierra.
Se encontró a si mismo en las páginas de un libro gastado, vagó entre los garabatos que se repetían como fractales, línea tras línea. Ese pequeño mundo homogéneo lo aburrió pronto y, reintegrándose a la historia de la que formaba parte, se fue volando en una alfombra voladora. El desierto bajo sus pies era igualmente monótono, y pronto se aburrió tambien. FIN

jueves, 14 de junio de 2012

cursileria pra ls mujeres bells que me ignoran en el vagón

La sombra de tus párpados es un refugio
ahí me quedo, para no perderme en la infinidad
ni hundirme en la inmensidd de tus ojos.
Que mi alma y mi corazón no divaguen
en eterna espiral que serpentea y se diluye
en lo profundo de tu alma misteriosa.

El destello de tu ser
me ilumina? me abruma
tanteo, desnudo,
quiero asirme a algo, que me recuerde a mi
pero de mi ya nada queda.

Tal vez a tus oidos nunca llegue
el grito sordo que perdí en tu mirada,
tus manos permanecen inmóviles
y aún no sabes si yo existo siquiera
ni yo se si realmente existes.

En fin, ya se lo que va a pasar:
como un mendigo, extenderé mi mano,
esperando el delicado roce de tus dedos;
me estremecerá el frío de unas monedas
y buscaré tus ojos, para decirte "gracias".
Pero tu atención estará lejos, en algún otro lado,
tal vez con él.
Y yo, me bajaré del vagón, uno de tantos
sin la herida de tu mirada o de tu sonrisa.

martes, 12 de junio de 2012

Vieja

La vieja acomoda sus lentes, se acicala los gruesos cabellos de paja, pasa largo dedos por su enorme arrugada nariz, sus tupidas cejas ceden y se arquean sobre las estrechas rendijas de unos ojos indecisos, que intentan expresar un sentimiento improbable. El caballo corre, veloz, sin detenerse, sin jadear, como una película que se repite, y se repite. El paisaje a su alrededor no se repite, pero permanece eterno. El caballo en su estático y perenne movimiento, siempre corriendo, atraviesa los años y las eras. Las arenas rojas y desoladas, los pantanos negros y amenazadores, los bosques verdes prometedores, de sátiros y ninfas, las playas donde las olas del enorme mar conocen el uniforme movimiento y la empatía con ese caballo que corre y corre, y parece que no se mueve. Se mueve el mundo, se mueven las eras que se suceden unas a otras, en el enorme tiempo estático, que no hace más que cambiar, entre las cosas que no hacen más que nacer y morir ininterrumpidas, entre las montañs que un día se alzan y al otro se derrumban. Y el caballo, siempre al centro de todo, siempre hacia adelante, recortando su figura blanca, a veces negra, y a veces plateada cuando la luna, igualmente constante, lo alumbra en su fútil viaje, viaje hacia ningún lado.
Ya no hay en el mundo pueblos extraños, gente del desierto, sombras del pantano, infiernos de hombres blancos ciegos y famélicos que devoran la noche, torres de sabiduría, carnavales de seres extravagantes, en fin, ¿qué puede significar todo esto, todas las maravillas que gastan los ojos y que como flores se marchitan antes de tiempo?
Alguna vez el caballo habíase detenido, la vieja había bajado de él para conocer los pueblos, en busca de....
seguía sin saberlo. Pero ahora, enjunta, con las viejas manos largas y venosas, con el cuerpo gastado, con ese aspecto de un extraño ser mitológico, de criatura fantástica. Ya los mundos de fantasía, todos los pueblos, todos los viejos graves que pasean enormes pergaminos arrastrando barbas enmarañadas, y ciegos por la penumbra de sus claustros, todo eso estaba muerto. Y florecía de nuevo, en un eterno retorno de seres que iban y venían, ocupados como siempre, como todos. Ocupados como esa vieja se ocupaba en dejarlo todo, en contemplar solo el camino marcado por el tiempo que alzaba imperios y desgarraba los continentes y separaba las constelaciones.

domingo, 8 de enero de 2012

Otro alquimista

El viejo alquimista pasea por el desierto, como solitario vagabundo, la cabeza envuelta en el viejo turbante percudido, los ojos solitarios negros asomándose al mundo entre las vueltas y revueltas de a gruesa tela anaranjada. El cuerpo oscilando al compás de su camello, rodeado de nada y más nada en forma de arena, envuelto en pensamientos como en el desierto, el mismo viejo desierto que lo rodea, infinitamente, hacia todos lados, hasta la bulliciosa realidad que se aleja más y más a cada paso que da, como espantada, hasta perderse allá en el infinito, más allá de as fronteras de ese desierto en expansión, ese desierto que es la soledad del alquimista. Y de noche, entre los días y las noches perdidas, en esa irrealidad donde el tiempo no es tiempo, pues no pasa, y sin embargo hay noches; en una de mil noches, o en la noche eterna que en el desierto solo viene y complementa al día eterno, en esa noche cuya soledad cobija las arenas, las dunas, cuyas estrellas envuelven al misterio en más misterio. Sí, una noche como todas, como ninguna, el caminante viajero, el divagante buscador de mundos, el otro solitario del extenso vacío, aquel para quien todo es improbable, que lo ha abandonado todo, en medio de una noche, una noche entre las noches, en el centro del desierto infinito -siempre es el centro-, se encuentran un par de miradas. Dos tenues destellos se encuentran con dos abismos en los cuales perderse. Un ser sin cuerpo, o un cuerpo que vaga sin objetivo, encuentra las sombras, los retorcidos espejismos de irrealidad que se mueven en el espacio. La tienda -gigantesca tienda, ¿dónde la llevaría el tipo aquel?- el camello, el hombre: El alquimista. La cabeza exagerada, las telas que se tuercen y retuercen en torno a la figura de un hombre, uno de los tantos que aparecen, al ras de un deseo involuntario en e tiempo, de pronto entre las sombras, las ideas, los espejos, las dunas laberínticas de ese gran vacío.
Ni una palabra.
Dónde podría llevar ese vagabundo tantos tesoros? Es acaso real? No, por supuesto que no lo es.
Dentro de la enorme tienda, la ilusión es aún más insoportable. Es como un palacio. Volteado, torcido, un palacio de espejos, dentro de un desierto-espejo.
Las mesas de trabajo, todas desordenadas, del alquimista -como si él hubiera dispuesto ese desorden a la hora de ponerla tienda, al crepúsculo-, cientos de inventos empolvados, y seres que brincan de aquí allá,o fantasmas helados que susurran al pasar. Al ver las oscuras cavernas detrás del hombre detrás del turbante naranja, habíalo conocido completo, o eso creía el viajero. Habíalo visto, fugaz, en sus largos días de vagar, sin detenerse nunca, bajo el sol, solo sobre su camello y un extraño bulto -llevaría ahí su palacio?-, en su eterna noche, junto a la tienda, las siluetas recortadas por el azul y tenue resplandor de las estrellas, fundido con las sinuosas curvas que define la arena.
Sí, era cierto, y él lo sabía, el tiempo no es tiempo, no en esta irrealidad, que ya se iba haciendo cotidiana, aunque si.empre era algo nuevo. Así mismo era la noche, esa noche, todas las noches. Quién había elegido la noche? cuándo se percató de ella? El ya lo sabía. La noche solo podía ser posible si la envolvía el manto negro, Negro. Y al ver esos ojos... sabía que era noche. Siempre había sido de noche.
Y dentro de esa tienda -hace tiempo abandonada-, el trabajo de milenios, el ocio, la ciencia, el arte, tal vez simplemente experimentos de todo tipo. Seres disecados, alguna vez creados. Máquinas de poleas, herramientas de otro tiempo, o de otro mundo. La débil luz como de antorcha que empapaba, sin sombras, el pequeño rincón de la noche eterna.
Abandonado? E alquimista ahí había estado, justo ahora. Pero hacía ya siglos que no estaba, que había salido a vagar, a vagar por el desierto en busca del tiempo. Ahora, él caminaba, o más bien montaba su camello en un mediodía que jamás acabaría. Mientras tanto, ahí seguía, inclinado sobre su escritorio, sus aparatos, creando algo que él ya sabía inútil.