El gordo Cant chupó a su pipa, frunció el seño mientras contemplaba al imberbe muchacho, y tras soltarle en la cara una bocanada de humo, se dedicó a pasear por la estancia con aire inquisitivo. Se le veía concentrado, sus pasos largos resonaban en el grueso silencio, mientras que la larga cola de su abrigo de terciopelo rojo se arrastraba por el suelo.
-Es ciertamente un deber social, y un menester personal, el cumplir con las obligaciones que a uno le sean asignadas en el transcurso de su vida, de otra manera, ¿qué sería del mundo? Es inconcebible tan solo la idea de escapar a las tareas personales con motivos e ideales propios de la temprana juventud. ¡Ah, si, ya se!, el amor, la libertad, los derechos humanos y la igualdad. Todas esas son cosas que conciernen a uno que está en la edad de querer descubrir el mundo, y aún más, de adueñarse de él. Cuando uno es joven es inocente, no conoce la complicada maquinaria que hace girar al mundo, y por lo general suele pensar que se tiene la razón. Se puede pasar la vida discutiendo, debatiendo, argumentando, oponiéndose a la autoridad establecida en un acto de rebeldía que nace de lo más profundo de nuestro ser y es imposible acallar. Lo se, yo lo se, Joven Freelance, yo también experimenté esas sensaciones en mi edad temprana, yo también soñaba con el amor de una bella mujer, que oliera las rosas, que esuchara el tañir de las aves y el dulce siseo del viento al acariciar los árboles, cuyas dulces sombras me entregaron embriagado al dulce placer de las... -Cant titubeó, se paró en seco y con ello cortó el afluente flujo de sus fluidas palabras. Volvió a chupar la pipa, y tras exhalar el humo con la cabeza inclinada, mirando hacia el cielo raso, continuó con su exposición -. Es claro que usted, joven Freelance, se me ha acercado hoy con la más resuelta actitud. Esta nueva tierra ofrece un sinnúmero de oportunidades, tal vez demasiado tentadoras y deleitosas para los jóvenes como ud, que ansiando la libertad y corriendo tras los sueños de una vida de aventura y emoción, se dejan llevar por los planes prematuros, sin conocer los verdaderos riesgos y responsabilidades que tales proyectos conllevan. Pero ya he hablado demasiado. Hablando se va la vida y ésta se escapa exhalando un último aliento, sin que las últimas palabras importen más que el recuerdo que dejan impreso en su familia, si es que acaso contienen algún significado trascendente, una revelación, o el número de la cuenta bancaria. Pero déjeme advertirle a ud, joven Freelance, y déjeme decirle, desde la perspectiva de un viejo que ha vivido y ha sabido vivir, ateniéndose a las responsabilidades y al duro trabajo con que nuestros padres, descubridores de este nuevo mundo, forjadores de esta nueva industria que algún día llevará al mundo hacia horizontes inimaginables, hacia una nueva y mejor calidad de vida, ejem... -Volvió a inhalar su pipa-. En fin, ¿cómo decía? Ah, si, si. Le advierto que el mundo está plagado de peligros, escúcheme, usted puede atenerse a la seguridad que ofrece el mundo civilizado y sus métodos, los cuales, déjeme decirle, no son fortuitos ni gratuitos, han sido estructurados desde tiempos remotos, ¡desde el propio Platón, por dios!, para ofrecer un método y una praxis de trabajo que, aunque parezca largo y penoso, al final del camino ofrece la oportunidad de cosechar los frutos del trabajo, los cuales se traducen en éxito, éxito, ¡éxito! -En este momento su respiración se agitaba, su voz cobró un matiz fulminante, y siguió caminando por la habitación, sin voltear a ver una sola vez al muchacho para dar un aire de importancia e interés a la sabiduría que por misericordia había resuelto en verter sobre esa alma jóven. El muchacho, pensó, sin voltear a verlo, debe estar prestando la mayor de las atenciones, erguido derecho en su lugar. Continuó- Así pues, jóven, haga usted lo que quiera, no desperdicie su tiempo y su aliento con falsas y dulces promesas, deje de corretear a las muchachas de la plantación, por dios, ¡deles un minuto para respirar! -Rió con gracia, seguro de que Freelance captaba su buen humor, con el fin de aliviar la tensión y el tono de reproche-, así pues, jóven, no crea que yo no le entiendo, pero aquí tiene usted dos opciones: salir a aventurarse, y enfrentarse a lo desconocido, merced a quién sabe qué peligros, o quedarse a trabajar, seguro de que algún día tendrá el tiempo, el dinero, y la seguridad, para salir a explorar el mundo con sus sirvientes -¡piénselo, sus propios sirvientes!-, y satisfacer su alma juvenil. Recuerde -Agregó con un tono amenazador- que yo soy dueño de todas estas tierras, y que el brazo de la ley puede ser implacable.
Dicho esto volteó hacia el lugar donde el muchacho se hallaba parado, listo para ver su propio triunfo, el elocuente fruto de su estudiada retórica, en la pasmada y reverente expresión de un muchacho dispuesto a seguir sus órdenes, y sin embargo lo que vió... ¡el muchacho había desaparecido!. El Sr. Cant Se hallaba atónito. Dejó caer la pipa y miraba con los ojos bien abiertos el lugar que Freelance abandonó en quién sabe qué momento de la extensa perorata. Mientras él se extendía hablándole de los por qués y los cómos y las máximas de sabiduría mundana, el irrespetuoso jóven no hizo más que retirarse y llevar a cabo los planes que en breves palabras confesó hacía unos minutos.
miércoles, 23 de enero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
Phillip Brains
Phillip daba su paseo regular por el estacionamiento, aquellos paseos de reconocimiento que hacía todos los días por las distintas áreas del centro comercial. El del estacionamiento era uno de los más importantes, pues presentaba una entrada abierta de par en par para los invasores.
Phillip Brains era un típico ciudadano norteamericano, de unos 26 años de edad, estatura media, complexión media, educado como todos con gran esmero por los medios de comunicación, a saber películas, videojuegos, series televisivas, noticiarios, tiras cómicas, internet, revistas populares... Trabajaba en un centro comercial, en el área de ventas de cierta tienda de electrónica. A ese trabajo se dedicó con gran esmero, resultando de ello la nómina de empleado del mes varias veces consecutivas. El motor de ello, sin embargo, era muy diferente del que sus jefes sospechaban.
En efecto, no se trataba de un muchacho en la flor de su juventud aspirando a ser un gran empresario, un joven servicial con un brillante futuro por delante. Tampoco era un borrego de aquellos que obedecían sin preguntarse por qué, satisfaciendo etc. No, Phillip era perfectamente consciente de su situación y todo lo que hacía lo hacía con la más secreta intención. Anonadado por el bombardeo visual e informático de la propaganda mediática, se ocupaba de cuidar todos los detalles posibles que le permitieran sobrevivir en caso de un apocalipsis zombie.
Phllip daba, pues, su paseo semanal por el estacionamiento del centro comercial -un centro comercial, el lo sabía, era el mejor lugar para refugiarse en caso de una invason zombie-, conociéndolo a fondo, observando todos los detalles pertinentes a cualquier situación que se pudiera prestar. Pasó entonces por el lugar que más le desagradaba en toda la instalación. Tanto así que rara vez se había ido a meter ahí: los cuartos de voltaje y calefacción. Era evidente, no obstante, que nada es previsible, uno nunca sabe cuándo puede hallarse uno en una situación desagradable -sobremanera desagradable, teniendo en cuenta el hipotético panorama-, y era mejor tener conocimiento de los detalles pertinentes. Entró, pues, al área de calefacción y voltaje.
El lugar era oscuro, ruidoso, peligroso, cerrado, y lo único a su alcance que podía servirle de arma era un extinguidor probablemente olvidado y viejo. Era el peor lugar, en toda la ciudad, para hallarse a mitad de un apocalipsis zombie. Sin embargo era menester conocerlo, y Phillip prácticamente no lo conocía.
Y he aqui que, justo en el peor momento, cuando nuestro héroe se hallaba al fondo del oscuro corredor, comenzó lo más temido. Afuera, lejos, apenas perceptible por el intenso ruido que ocasionaban los generadores de voltaje, se escuchaba evidencia de que el día esperado había llegado. Esta clase de cosas suele tomarlo a uno por sorpresa, ¿quién no se ha topado con una desagradable invasión de muertos vivientes en el momento menos oportuno? Afuera, lejos, se escuchaba el ruido de pies arrastrándose, gritos sordos, jadeos; las puertas del pasillo azotaron, se escucharon tambos cayendo y todo tipo de estruendo, incluido algún grito de mujer, algo que no puede faltar en un ataque zombie.
Phillip se congeló, no podía haber llegado en peor momento. No se atrevia a moverse, cualquier ruido podía delatarlo. Lejos, casi inaudibles, se escuchaban jadeos, ellos estaban ahí. Trataba de caminar, podía aún llegar al extintor sin hacer ruido, después pensaría que hacer. Contuvo la respiración tanto como podía. Tenía los nervios a flor de piel, las rodillas le temblaban y solo la voluntad lo mantenía aún en pie. Se había preparado durante años, al punto de volverse un experto en supervivencia para ese momento, y se hallaba atrapado, rodeado, con mínima probabilidad de escapar. Y todo justo en el inicio.
Logró llegar al extintor, aún se hallaba a varios metros de la puerta, y el estruendo de las máquinas le impedía atisbar lo que ocurría allá afuera. Se escucharon unas llantas patinándose contra el pavimento, algo fue derribado más lejos.
Phillip rápidamente maquinó un plan. Tomó el extintor y con paso sigiloso se dirigió hacia la puerta. Estaba cerrada, afuera todo parecía estar tranquilo. Se escucharon pasos.
Ya no había tiempo que perder, en un impulso hizo cuanto podía y tenía a la mano. En un solo movimiento abrió la puerta con una patada y sin darse tiempo para averiguar vació el extintor sobre unas figuras humanas -muertos vivientes, seguramente- que caminaban justo afuera, lo dejó caer pesado sobre sus cabezas y corrió hacia el centro comercial, preparado para todo.
Al abrir la puerta que comunicaba el estacionamiento con el área de las tiendas, tuvo un sobresalto.
Sorpresivamente, todo ahí dentro era la vida de todos los días, ningún indicio de no-muertos devoradores de cerebros. Pronto comprendió todo. Aquellos ruidos debían ser un borracho, o un hombre muy violento. Las figuras eran probablemente empleados y él, si lo habían visto, se hallaba ahora si en problemas. El cuarto de máquinas lo había puesto nervioso, precisamente por eso odiaba ese lugar: siempre le pasaba lo mismo ahí.
viernes, 4 de enero de 2013
El templo
El templo se mantiene en pie desde la noche de los tiempos. Ya ha miles de años que está a punto de caerse.
En aquella remota época, ya tenía más de dos mil años en este estado precario, siempre a punto de desplomarse con un estruendo. Ese viejo templo fósil, el más grande del extenso país selvático y oscuro, cerca del cual cruza un majestuoso río, cuyas aguas rugen con fuerza en su vertiginoso correr eterno, y cuya furia puede alterar el equilibrio de la selva entera, hasta las lejanas montañas que se alzan al cielo como una pared recortada en puntas y peñascos, entre las cuales se sostiene el mundo entero.
El ominoso templo se levantaba desde hacía cientos de miles de años, y ya en aquella remota época difícilmente se sostenía en pie. Sus paredes estaban partidas por gruesas grietas en donde crecían las enredaderas amenazando con devorar la estructura. los tablones podridos del suelo podían ceder ante cualquier peso y se hallaban infestadas de hongos de colores brillantes.
Cada mes, en luna llena, una grey de hombres graves se acercaba a paso lento. Con la cabeza cubierta como monjes capuchinos, asomando unas largas y delgadas manos grises bajo las envolturas de sus túnicas, se reunían a la entrada del templo y ejecutaban una lenta y extraña danza. Parecía una de esas danzas frenéticas y salvajes que hacen los forasteros en torno a sus ídolos que se paran sobre un pie, con dedos largos y cuernos retorcidos, asomándose entre el fuego y esbozando una mueca burlona y maliciosa. Sin embargo aquí lo que se hallaba al centro era el gigantesco templo, que elevaba su punta al cielo gobernando la llanura entera. Los hombres danzaban de una manera extraña, pero lenta, cada vez más lenta, como si en ese momento el tiempo aminorara y se arrastrara pesadamente, cada vez más lento hasta casi detenerse por completo. En ese momento los hombres se hallaban en las más extrañas posiciones como estatuas atrapadas en medio de un caos; era entonces que llegaba el pequeño saltimbanqui.
Llegaba corriendo una pequeña figura envuelta en harapos de todos los colores, con enormes ojos negros y esbozando una larga sonrisa, era de miembros pequeños, delgados y ágiles. Se detenía ante las estatuas y su rostro reflejaba la malicia de los actos que cometería a continuación. En ese momento agarraba tinturas que juntaba en la selva y tenía guardadas en una paquete, y aprovechando la inmovilidad de los tipos aquellos, se dedicaba a pintar en sus rostros grises y arrugados, en las largas barbas blancas que descendían hasta el pecho, con colores y formas sin sentido, luego bajaba de sus cabezas, agarraba los frutos y los granos que dejaban bajo el umbral del templo como ofrenda, tirando también los inciensos y desperdigando las piedras y cristales que junto a ellos habían.
Entonces se iban y poco después los viejos despertaban de su inmovilidad, regresando al tiempo que vivía el resto del mundo, se miraban unos a otros y a continuación la ofrenda profanada, se asomaba la furia en sus ojos, entonces se retiraban murmurando y encorvados bajo el peso de sus propias cabezas.
Durante los días los viejos simplemente se sentaban cerca del templo, guardando una distancia respetuosa y cantaban con una voz profunda desde la garganta, en un potente ruido que envolvía las cosas y las penetraba por ósmosis, retumbando por todos los sistemas planetarios. El saltimbanqui entonces se trepaba por las enredaderas que envolvían las paredes del templo y se encaramaba en el grueso árbol, casi tan antiguo como el templo, cuyas poderosas raíces ganaban terreno a los cimientos del edificio; sacudía las ramas y brincaba con fuerza sobre los pisos más altos, y se colgaba de las vigas, tentando la resistencia de la estructura en un afán por acelerar su derrumbe. Los viejos al verlo detenían sus cantos, se levantaban pesados, sin renunciar al aire impasible y pesado que siempre llevaban, recogían piedras del suelo y las aventaban al saltimbanqui que las esquivaba brincando, bailando, burlándose de los viejos.
Los viejos comían solo raíces, que guardaban durante meses y escondían entre las enormes piedras cercanas, para ir a comerlas una vez al mes. Pero cuando ninguno de ellos lo veía, el saltimbanqui encontraba siempre las raíces y espolvoreaba en ellas un polvo rojizo que provenía de cierta planta seca que encontraba, que picaba como ninguna otra especia en el mundo. Los viejos al comer las raíces, se les enrojecía la cara y corrían de un lado a otro, dando brincos y tirándose al suelo a patalear y maldecir en un dialecto extraño, antiguo y obsoleto. Tiraban entonces las raíces y se quedaban sin comer por todo un mes.
Estas y otras son las travesuras del saltimbanqui que no tenía piedad con los viejos graves.
Y he aquí que cierto día llegó el Antiguo, el Supremo. Se podía percibir su llegada pues el cielo enrojecía, y las aves todas comenzaban a cantar al unísono con sus miles de voces, como anunciando la llegada de un príncipe a la corte del rey. Tras ello volaban despavoridas pues los árboles se sacudían a su paso, pues él, el Sabio, el Iluminado, era enorme y con sus grandes manos inclinaba los árboles para que no le estorbaran al pasar.
A su llegada al templo los monumentales árboles se sacudían violentamente y una lluvia blanca de esporas descendía lenta y ligera, llenando el aire, y en la bruma artificial que esto generaba, se asomaba entonces el rostro del Primero, el Original.
Por su tamaño y por la textura de su piel, cualquiera podría haberlo confundido con un árbol. Sus larguísimos dedos podían pasar por lianas o manglares, su delgada y quebrada nariz por una frágil ramita en cuya punta brotaban unas pequeñas hojas.
Los viejos, reuniéndose en torno al Sabio, al Omnisciente, se descubrían por vez única las cabezas. Estas eran calvas y grises, enjutas, con unas pobladas cejas blancas y una barba blanca larga larga. Sus ojos eran apenas unas pequeñas rendijas entre las que se asomaban unos diminutos ojos completamente negros, sobre las narices aguileñas, entre las intrincadas arrugas del rostro. Entonces el Primigenio, el Ancestro, hablaba en un antiquísimo dialecto, con una voz que recordaba a la madera al quebrarse, cuyas frases acababan con un siseo como de un árbol al ser derribado, o las hojas cuando las mueve el viento, o el silbido de la serpiente.
El saltimbanqui en ese momento se trepó a Su cabeza aquel mientras hablaba lentamente, cargando con cada palabra y extendiéndola como los millones de años que tenía de vida. Le pintaba la cara, le ponía bigotes y barbas de musgo, y en la cabeza, que recordaba a un tronco volteado de revés asomando sus raíces, atoraba flores y ramitas. Los viejos al verlo abrían los ojos tanto como podían, arremangaban sus túnicas grises asomando brazos y piernas en exceso delgados, y brincaban como animales extraños, lanzando gritos secos, como para espantar al saltimbanqui de la cabeza del Antiguo, el Insondable.
Éste, alzó la mano por sobre su cabeza, y con larguísimos dedos agarró al pequeño saltimbanqui que bailaba sobre su cráneo, y lo sostuvo frente a sus ojos rojos. El saltimbanqui diminuto parecía un ratoncito en las monumentales manos, agitando asustado sus brazos y piernas para desasirse. De la rendija que era la boca del Omnipotente, el Imperecedero, brotó su voz de madera quebrada en un ruido que pareció una carcajada. Abrió los dedos y dejó caer al diminuto ser, bajo el cual se abrió el vacío con toda su profundidad. El Prodigioso, el Mago alzó las manos al cielo y dio un solo aplauso cuyo profundo ruido retumbó por el espacio, metiéndose en los rincones más ocultos de la selva. La oscuridad dominó entonces, apagándolo todo, y luego un resplandor rojizo, de procedencia incierta inundó la escena. Frente al templo, en medio de un claro, el saltimbanqui teñido de rojo se hallaba rodeado de los monjes que en ese momento se acercaban a el en corro. Entre ellos otros monjes incorpóreos como ellos se levantaban de la tierra, y avanzaban todos cerrándose sobre el pequeño, que a su vez cogió un pesado tronco y se dedicó a golpearlos a todos en la cabeza, clavándolos en la tierra como a topos en un juego de niños. En esos momentos se reía y daba vueltas corriendo. El Impasible, el Grande, solo miraba la escena, sin intervenir. Cuando el saltimbanqui acabó de aplastarlos a todos, aquel se alzó por vez primera en toda su estatura, más alto que el templo mismo, con la cabeza rozando las nubes. Extendió el brazo y con un solo dedo, que caía como una liana en el aire apuntó hacia abajo, al lugar donde se hallaba el travieso que era frente a él como un insecto.
Y he aquí que en el lugar donde el hombrecito se hallaba estalló en una potente luz que se esparció por los 3 mundos iluminando toda la creación. El viento se enfureció y los aires de las cuatro esquinas corrieron a girar en torno al Viejo, al Profundo que, envuelto en un torbellino de vientos vertiginosos, desapareció, dejando la escena vacía, y la selva entera en una tranquilidad repentina que hundió al mundo entero en un silencio absoluto.
Aún hoy el templo permanece en pie, siempre esperando el momento de desplomarse sobre si mismo. En la entrada de éste, una pequeña estatua de piedra, de un hombrecillo pequeño, de miembros delgados y cortos se para ágil sobre la punta de un pie, como danzando, sosteniendo en la mano un enorme tronco. En el rostro esboza una sonrisa de oreja a oreja. En las noches de luna llena, al crepúsculo, cuando el sol teñido de rojo proyecta largas sombras dentro del templo, éstas se levantan de la tierra formando espectros que se mueven y danzan. Las luces del templo se encienden y los espectros se animan en vueltas pesadas y espasmódicas a la luz plateada que entra bañándolos por entre las grietas y ventanas. Al llegar el alba, cuando el horizonte se torna anaranjado y las sombras huyen despavoridas, cierto grupo de espectros, de hombres viejso y encapuchados, antes de desvanecerse miran hacia el este, esperando por siempre la llegada del Imperecedero, el Que Dicta.
En aquella remota época, ya tenía más de dos mil años en este estado precario, siempre a punto de desplomarse con un estruendo. Ese viejo templo fósil, el más grande del extenso país selvático y oscuro, cerca del cual cruza un majestuoso río, cuyas aguas rugen con fuerza en su vertiginoso correr eterno, y cuya furia puede alterar el equilibrio de la selva entera, hasta las lejanas montañas que se alzan al cielo como una pared recortada en puntas y peñascos, entre las cuales se sostiene el mundo entero.
El ominoso templo se levantaba desde hacía cientos de miles de años, y ya en aquella remota época difícilmente se sostenía en pie. Sus paredes estaban partidas por gruesas grietas en donde crecían las enredaderas amenazando con devorar la estructura. los tablones podridos del suelo podían ceder ante cualquier peso y se hallaban infestadas de hongos de colores brillantes.
Cada mes, en luna llena, una grey de hombres graves se acercaba a paso lento. Con la cabeza cubierta como monjes capuchinos, asomando unas largas y delgadas manos grises bajo las envolturas de sus túnicas, se reunían a la entrada del templo y ejecutaban una lenta y extraña danza. Parecía una de esas danzas frenéticas y salvajes que hacen los forasteros en torno a sus ídolos que se paran sobre un pie, con dedos largos y cuernos retorcidos, asomándose entre el fuego y esbozando una mueca burlona y maliciosa. Sin embargo aquí lo que se hallaba al centro era el gigantesco templo, que elevaba su punta al cielo gobernando la llanura entera. Los hombres danzaban de una manera extraña, pero lenta, cada vez más lenta, como si en ese momento el tiempo aminorara y se arrastrara pesadamente, cada vez más lento hasta casi detenerse por completo. En ese momento los hombres se hallaban en las más extrañas posiciones como estatuas atrapadas en medio de un caos; era entonces que llegaba el pequeño saltimbanqui.
Llegaba corriendo una pequeña figura envuelta en harapos de todos los colores, con enormes ojos negros y esbozando una larga sonrisa, era de miembros pequeños, delgados y ágiles. Se detenía ante las estatuas y su rostro reflejaba la malicia de los actos que cometería a continuación. En ese momento agarraba tinturas que juntaba en la selva y tenía guardadas en una paquete, y aprovechando la inmovilidad de los tipos aquellos, se dedicaba a pintar en sus rostros grises y arrugados, en las largas barbas blancas que descendían hasta el pecho, con colores y formas sin sentido, luego bajaba de sus cabezas, agarraba los frutos y los granos que dejaban bajo el umbral del templo como ofrenda, tirando también los inciensos y desperdigando las piedras y cristales que junto a ellos habían.
Entonces se iban y poco después los viejos despertaban de su inmovilidad, regresando al tiempo que vivía el resto del mundo, se miraban unos a otros y a continuación la ofrenda profanada, se asomaba la furia en sus ojos, entonces se retiraban murmurando y encorvados bajo el peso de sus propias cabezas.
Durante los días los viejos simplemente se sentaban cerca del templo, guardando una distancia respetuosa y cantaban con una voz profunda desde la garganta, en un potente ruido que envolvía las cosas y las penetraba por ósmosis, retumbando por todos los sistemas planetarios. El saltimbanqui entonces se trepaba por las enredaderas que envolvían las paredes del templo y se encaramaba en el grueso árbol, casi tan antiguo como el templo, cuyas poderosas raíces ganaban terreno a los cimientos del edificio; sacudía las ramas y brincaba con fuerza sobre los pisos más altos, y se colgaba de las vigas, tentando la resistencia de la estructura en un afán por acelerar su derrumbe. Los viejos al verlo detenían sus cantos, se levantaban pesados, sin renunciar al aire impasible y pesado que siempre llevaban, recogían piedras del suelo y las aventaban al saltimbanqui que las esquivaba brincando, bailando, burlándose de los viejos.
Los viejos comían solo raíces, que guardaban durante meses y escondían entre las enormes piedras cercanas, para ir a comerlas una vez al mes. Pero cuando ninguno de ellos lo veía, el saltimbanqui encontraba siempre las raíces y espolvoreaba en ellas un polvo rojizo que provenía de cierta planta seca que encontraba, que picaba como ninguna otra especia en el mundo. Los viejos al comer las raíces, se les enrojecía la cara y corrían de un lado a otro, dando brincos y tirándose al suelo a patalear y maldecir en un dialecto extraño, antiguo y obsoleto. Tiraban entonces las raíces y se quedaban sin comer por todo un mes.
Estas y otras son las travesuras del saltimbanqui que no tenía piedad con los viejos graves.
Y he aquí que cierto día llegó el Antiguo, el Supremo. Se podía percibir su llegada pues el cielo enrojecía, y las aves todas comenzaban a cantar al unísono con sus miles de voces, como anunciando la llegada de un príncipe a la corte del rey. Tras ello volaban despavoridas pues los árboles se sacudían a su paso, pues él, el Sabio, el Iluminado, era enorme y con sus grandes manos inclinaba los árboles para que no le estorbaran al pasar.
A su llegada al templo los monumentales árboles se sacudían violentamente y una lluvia blanca de esporas descendía lenta y ligera, llenando el aire, y en la bruma artificial que esto generaba, se asomaba entonces el rostro del Primero, el Original.
Por su tamaño y por la textura de su piel, cualquiera podría haberlo confundido con un árbol. Sus larguísimos dedos podían pasar por lianas o manglares, su delgada y quebrada nariz por una frágil ramita en cuya punta brotaban unas pequeñas hojas.
Los viejos, reuniéndose en torno al Sabio, al Omnisciente, se descubrían por vez única las cabezas. Estas eran calvas y grises, enjutas, con unas pobladas cejas blancas y una barba blanca larga larga. Sus ojos eran apenas unas pequeñas rendijas entre las que se asomaban unos diminutos ojos completamente negros, sobre las narices aguileñas, entre las intrincadas arrugas del rostro. Entonces el Primigenio, el Ancestro, hablaba en un antiquísimo dialecto, con una voz que recordaba a la madera al quebrarse, cuyas frases acababan con un siseo como de un árbol al ser derribado, o las hojas cuando las mueve el viento, o el silbido de la serpiente.
El saltimbanqui en ese momento se trepó a Su cabeza aquel mientras hablaba lentamente, cargando con cada palabra y extendiéndola como los millones de años que tenía de vida. Le pintaba la cara, le ponía bigotes y barbas de musgo, y en la cabeza, que recordaba a un tronco volteado de revés asomando sus raíces, atoraba flores y ramitas. Los viejos al verlo abrían los ojos tanto como podían, arremangaban sus túnicas grises asomando brazos y piernas en exceso delgados, y brincaban como animales extraños, lanzando gritos secos, como para espantar al saltimbanqui de la cabeza del Antiguo, el Insondable.
Éste, alzó la mano por sobre su cabeza, y con larguísimos dedos agarró al pequeño saltimbanqui que bailaba sobre su cráneo, y lo sostuvo frente a sus ojos rojos. El saltimbanqui diminuto parecía un ratoncito en las monumentales manos, agitando asustado sus brazos y piernas para desasirse. De la rendija que era la boca del Omnipotente, el Imperecedero, brotó su voz de madera quebrada en un ruido que pareció una carcajada. Abrió los dedos y dejó caer al diminuto ser, bajo el cual se abrió el vacío con toda su profundidad. El Prodigioso, el Mago alzó las manos al cielo y dio un solo aplauso cuyo profundo ruido retumbó por el espacio, metiéndose en los rincones más ocultos de la selva. La oscuridad dominó entonces, apagándolo todo, y luego un resplandor rojizo, de procedencia incierta inundó la escena. Frente al templo, en medio de un claro, el saltimbanqui teñido de rojo se hallaba rodeado de los monjes que en ese momento se acercaban a el en corro. Entre ellos otros monjes incorpóreos como ellos se levantaban de la tierra, y avanzaban todos cerrándose sobre el pequeño, que a su vez cogió un pesado tronco y se dedicó a golpearlos a todos en la cabeza, clavándolos en la tierra como a topos en un juego de niños. En esos momentos se reía y daba vueltas corriendo. El Impasible, el Grande, solo miraba la escena, sin intervenir. Cuando el saltimbanqui acabó de aplastarlos a todos, aquel se alzó por vez primera en toda su estatura, más alto que el templo mismo, con la cabeza rozando las nubes. Extendió el brazo y con un solo dedo, que caía como una liana en el aire apuntó hacia abajo, al lugar donde se hallaba el travieso que era frente a él como un insecto.
Y he aquí que en el lugar donde el hombrecito se hallaba estalló en una potente luz que se esparció por los 3 mundos iluminando toda la creación. El viento se enfureció y los aires de las cuatro esquinas corrieron a girar en torno al Viejo, al Profundo que, envuelto en un torbellino de vientos vertiginosos, desapareció, dejando la escena vacía, y la selva entera en una tranquilidad repentina que hundió al mundo entero en un silencio absoluto.
Aún hoy el templo permanece en pie, siempre esperando el momento de desplomarse sobre si mismo. En la entrada de éste, una pequeña estatua de piedra, de un hombrecillo pequeño, de miembros delgados y cortos se para ágil sobre la punta de un pie, como danzando, sosteniendo en la mano un enorme tronco. En el rostro esboza una sonrisa de oreja a oreja. En las noches de luna llena, al crepúsculo, cuando el sol teñido de rojo proyecta largas sombras dentro del templo, éstas se levantan de la tierra formando espectros que se mueven y danzan. Las luces del templo se encienden y los espectros se animan en vueltas pesadas y espasmódicas a la luz plateada que entra bañándolos por entre las grietas y ventanas. Al llegar el alba, cuando el horizonte se torna anaranjado y las sombras huyen despavoridas, cierto grupo de espectros, de hombres viejso y encapuchados, antes de desvanecerse miran hacia el este, esperando por siempre la llegada del Imperecedero, el Que Dicta.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Silencio.
Un vago pensamiento penetró la sala deslizándose sutil. Se enroscaba en
torno a las cosas como volutas de humo. Como la última exhalación de la colilla
de cigarro que los dedos gordos de la vecina aplastaban sin piedad contra el
cenicero de cristal. El silencio se enturbió. Los rostros de los
concurrentes se volvían pesados y parecían derretirse bajo la idea que ahora se
les pegaba al rostro como sanguijuelas, absorbiéndoles los pensamientos todos
como por ósmosis inversa.
La vecina, gorda, rubia y con un festivo vestido de colores, paseaba
lenta, eficazmente su penetrante mirada de lado a lado, abarcándolo todo. Nada
se escapaba a su visión y ahora los convidados, silenciosos, sentían como
barría con ella el pensamiento general, así, como motas de polvo, que
levantaban el vuelo, se arremolinaban frenéticas e iban a posarse por ahí, en
algún otro lado, formando una gruesa capa invisible, como etérea, que sin
embargo endurecía las expresiones, inmortalizándolas como esculturas, aunque
fuera solo por un segundo; una Pompeya instantánea. Filipe, hombre canoso y
enjuto tomó aire, como para pronunciar algo. La mirada expectante y judicial de
la vecina pasó rápida y alarmadamente a posarse sobre él, cayendo con todo el
peso en la frágil figura que parecía se iba a desmoronar si no fuese por la
silla que lo sostenía. Los demás apenas se atrevían a mirar. Bajaban la vista y
prestaban atención a la escena, como si se viera reflejada en el suelo de
mármol.
Filipe dudó un momento. Sus ojos grandes y asustados corrían frenéticos
hacia todos los concurrentes, evitando siempre la visión de aquella señora
marchita que lo observaba detrás de esos delicados lentes de montura de oro.
Por fin murmuró unas palabras.
Sea lo que fuere que haya dicho, causó una súbita impresión que de
pronto removió el pesado ambiente, sus quedas palabras que brotaban inseguros
como una masa espesa y brumosa, al momento cruzaron como un rayo, rebotando de
cabeza en cabeza entre los asistentes, los cuales tan solo levantaban
brevemente la vista, dejando entrever la emoción que esto despertaba en ellos.
Los ojos de la vecina, furibundos, hacían juego con su cara rosada que de
pronto había tomado un matiz más sustancioso, claramente rojo. La mueca que
hizo a continuación mereció la vista de los que la rodeaban, que no sabían si
deberían sentir alegría o espanto. A todos en ese momento se les ocurrió que iba
a explotar, que un torbellino se iba a alzar desde los interiores de la mujer,
que iba a proferir en gritos y, en esencia, una verdadera hecatombe para con su
marido, que acababa de proferir un comentario profano, y peor aún: en frente de
las visitas. El segundero marcó su tic y su tac con una insistencia
insoportable, dando a cada uno su espacio, como de semanas. Finalmente la
monumental señora se levantó sobre sus gordas piernas, esas conocidas piernas
que remataban en diminutos pies, un milagro de la ingeniería. Contra toda
suposición, la señora se sacudió el delantal percudido, con sus adiposas viejas
manos llenas de anillos, todo esto sin decir palabra, y así, en silencio, se
dirigió hacia la cocina y desapareció tras de la puerta.
Todos miraron insólitos a Filipe, que con una risilla burlona que no se
atrevía a asomarse, miraba triunfalmente a sus vecinos, sus enormes ojos ahora
rebosaban una cierta alegría.
Filipe ya sabía lo que le esperaba, sin embargo, después de aquella
velada. Había roto la predominancia de su mujer con tan solo unas palabras.
Había deshecho el abstruso y frágil castillo de cartas que ella había
construido a lo largo de años de veladas semanales a las que nadie sabía
siquiera por qué se molestaba en asistir. Y sin embargo, todos llegaban
puntuales y rara vez faltaban. Las veladas eran una cosa extraña: La señora
descansando sobre su propia adiposidad, coleccionada a lo largo de varios años
de esa vida acomodada, se sentaba en el centro, en su enorme diván, mirando
pesadamente a cada uno de los asistentes, juzgándolos silenciosamente,
escrutando cualquier indicio de mal comportamiento, o de cualquier
comportamiento que saliera de sus cánones o de la lenta y monótona existencia
que sobrellevaban día a día, en ese viejo edificio de ladrillos, bajo la
ineludible mirada de la señora.
La verdad era que esta mujer nada tenía que hacer, y dedicaba su vida a
reafirmar sus esquemas, estableciéndolos como con vapores que inundaban el
lugar, entre los diferentes vecinos, haciendo así de legisladora, vigilante, y,
en suma, suprema matriarca de la pequeña y disfuncional comunidad que sostenía
ese edificio como una fortaleza, o un castillo, máximo ostento del dominio de
esta hembra alfa-plus. Y aunque las cosas parecían tranquilas, normales, como en
cualquier otro edificio, los hombres, si, los jefes de los hogares, de cada
departamento, subían semanalmente en tropel a la estancia principal del
departamento superior, el más grande. Ahí se sentaban y permanecían en
silencio, comiendo canapés o pasta, fingiendo para sus adentros estar reunidos
en sana convivencia con los amables vecinos de arriba, los cuales, amable y
tácitamente, habíanlos invitado a tomar café y comer unas botanas. Sin embargo,
ninguno de ellos recordaba invitación alguna de parte de la señora, nunca en su
vida. Tal vez Josefo, el más viejo de todos, fuese alguna vez invitado. El
resto solo recordaba la primera vez que sus padres los habían llevado a esa
casa. La tradición se mantenía por un par de generaciones, y, sin embargo, la señora
era la misma, sentada al centro, como un viejo monumento inmortal, paseando la
mirada como un centinela en su revisión semanal. Sí, todos estos hombres
recordaban, al cumplir los 18, o los 21, el día que sus padres, sin hablar, les
tomaban de la mano y los conducían escaleras arriba, a enfrentar una extraña
obligación con la que cargarían el resto de sus vidas. Era como una iniciación.
Y sin embargo, esta noche, las cosas habían cambiado. El legendario
diván yacía solitario en el centro de la habitación. A unos metros de él, en un
extremo del mismo semicírculo en el que los demás se hallaban inmóviles e
incrédulos, Filipe era el centro de todas las miradas. Nadie podía creerlo, en
quiénsabecuantos años de existencia -tal vez desde la noche de los tiempos-
jamás se había visto semejante situación. Ahora Filipe, el débil y pequeño
Filipe tampoco podía creerlo. El silencio se hizo aún más tenso.
***
Ya el portazo del último en salir había establecido una frontera entre
un silencio y otro, ya hacía de ello minutos, horas, años, cuando la señora
entró con paso lento por la puerta por la que había salido. Solo su marido se
hallaba parado junto a la puerta, mirándola aún después de quién sabe cuánto,
como viendo al último de ellos alejarse. En aquella casa los invitados jamás
habían oído pronunciar palabra alguna. En ese momento Filipe se daba cuenta que
tampoco él recordaba, desde hacía mucho, que ahí se hablara. La vida era una
rutina, y se movía bajo una pauta fija e inamovible que día a día les conducía
a manejarse maquinalmente, al punto de que aún los encuentros inesperados con
esa señora -que a estas alturas era como una extraña muy familiar- en el
pasillo o en la puerta solo bastaban un momentáneo cruce de miradas para
arreglarse, caer dentro de un orden que obedecía perfectamente a las reglas de
los variados movimientos que se llevaban de manera casi natural en ese
departamento bien iluminado y sin embargo, lúgubre.
La casa permaneció en silencio. Parecía una regla. Entonces Filipe tuvo
por un momento la impresión de que su mujer era telépata. La tempestad se
anunciaba. Como para contraponerse al silencio que reinab a en la estancia, el cielo nocturno trobnaba furioso. El viento parecía descargar la energía que subyacía la estática calma de la habitación donde el tiempo parecía haberse detenido. Felipe sentía la tensión aumentar, aprisonarlo contra si mismo, la atmósfera pesada, aglutinada como gelatina, electrizándose en un crescendo que alcanzaba su mayor climax, presto a estallar liberando la tempestad que se gestaba como en una bomba de tiempo en la vastedad repentina de esa espera interminable.
Y todo esto en absoluto silencio.
Filipe no tuvo más remedio que voltear a ver a su mujer, que ahora,
aunque era la misma -la misma vieja ajada de todos los días- parecía un enorme
gato con los pelos erizados, presto a atacar a un pequeño intruso incauto que penetrara sus terrenos.
La enorme mujer, bajo un impulso invisible se adelantó, avanzaba con paso lento y decidido hacia el cada vez más pequeño Filipe, que ahora miraba paralizado con sus ojos como lagunas. La tormenta era de ella, de la señorona que avanzaba y a cada paso invocaba un potente relámpago que atronaba en la hecatombe que se empezaba a manifestar en todas las esferas del universo. Cada paso que daba acercaba más la potente electricidad deslumbrante a la pequeña, cuadrada fortaleza que se erguía como supremo poderío de esa bestia dormida que en ese instante despertaba.
El viento se arremolinaba en la calle en torno al edificio. Ahora solo existía éste y la vastedad. Los hombres recién llegados a sus casas, preparados desde que escucharon las débiles palabras de Filipe, se abrazaban a sus familias con el corazón encogido, mirando en torno y temiendo el fin de los tiempos. Esa noche profética había desencadenado el puño de Dios, o más bien de la Diosa, la única Diosa y señora de todo cuanto existía.
Filipe ya se hallaba a solo un paso de su mujer. El gesto decisivo con el que el monstruo -ya no mujer, ya no la apacible, apática señora que guardaba vigilancia desde que el mundo era mundo- levantaba su garra sobre la raquítica figura, se vio marcado por un destello cegador que acabó con el mundo, con al vida, con el silencio. Y en la oscuridad insondable que sucedió a esa luz cegadora, el relámpago que parecía ser el ruido de una grieta colosal abriéndose en el cielo y en la tierra, en una ruptura cósmica que de pronto se tragaba toda la existencia y liberaba la oscuridad cultivada por los milenios bajo las tranquilas noches de reuniones vecinales.
El vacío duró una eternidad. Solo los corazones de los hombres se oponían al devorador silencio. Algo así como la vida se dejaba entrever en la larga quietud que dejó la tormenta. Las pequeñas gotas golpeando los cristales prestaban apenas un murmullo vago, incierto, pero que mantenía viva la esperanza de que aún existiera el mundo allá afuera.
El amanecer trajo una nueva creación. El ruido de gallos lejanos y de pájaros en los árboles parecía paradisíaco. En realidad nada evidenciaba lso hechos de la noche anterior. Tal vez se había tratado de un sueño. Y sin embargo parecía estarse creando un mundo nuevo con la mañana que pegaba un helado vaho en las ventanas y sacudía la modorra del mundo dormido, desperezando figuras que se movían afuera en la calle, en una nueva realidad que a su vez era cotidiana y prestaba a la mañana una tranquilidad de una realidad ininterrumpida, una rutina que sin embargo se abría a nuevos horiozontes.
Temerosos, dudosos, los inquilinos subieron esa mañana por las largas escaleras hasta la adornada puerta, conocida como se conoce la palma de la mano propia. En ella no había nada nuevo. La novedad era esa visita matinal, fuera de todo horario, que los hombres hacían contra toda convención y más allá de cualquier autoridad que les ordenara o prohibiera hacerlo. Don Josefo a la cabeza empujó lentamente la puerta emparejada, como lo había hecho la noche anterior; lo que adentro vieron parecía un recuerdo antiquísimo. Las sillas dispuestas en semicírculo en torno al enorme -legendario- diván ubicado en el centro de la estancia, sin embargo el diván se hallaba vacío, solitario, como una imposibilidad impuesta. Y en la estancia el silencio era absoluto. Pero no era ese silencio de espera, ese silencio que respiraba pesado que bien conocían en ese lugar, ese silencio tan impregnado del perfume incierto de esa mujer omnipresente. Era un silencio rotundo, como de abandono. El tiempo ahí -sentían ellos- se había detenido. La escena esperaba desde hacía millones de años, posando, la llegada de los vecinos que ahora miraban todo desconcertados. La luz inundaba el lugar y afuera la vida bullía. Los vecinos decidieron que no había nada que hacer ahí, y apurándose a cumplir con sus diarias obligaciones salieron en fila, cerrando tras del último la puerta, en un acto final que duraría por el resto de la eternidad.
La enorme mujer, bajo un impulso invisible se adelantó, avanzaba con paso lento y decidido hacia el cada vez más pequeño Filipe, que ahora miraba paralizado con sus ojos como lagunas. La tormenta era de ella, de la señorona que avanzaba y a cada paso invocaba un potente relámpago que atronaba en la hecatombe que se empezaba a manifestar en todas las esferas del universo. Cada paso que daba acercaba más la potente electricidad deslumbrante a la pequeña, cuadrada fortaleza que se erguía como supremo poderío de esa bestia dormida que en ese instante despertaba.
El viento se arremolinaba en la calle en torno al edificio. Ahora solo existía éste y la vastedad. Los hombres recién llegados a sus casas, preparados desde que escucharon las débiles palabras de Filipe, se abrazaban a sus familias con el corazón encogido, mirando en torno y temiendo el fin de los tiempos. Esa noche profética había desencadenado el puño de Dios, o más bien de la Diosa, la única Diosa y señora de todo cuanto existía.
Filipe ya se hallaba a solo un paso de su mujer. El gesto decisivo con el que el monstruo -ya no mujer, ya no la apacible, apática señora que guardaba vigilancia desde que el mundo era mundo- levantaba su garra sobre la raquítica figura, se vio marcado por un destello cegador que acabó con el mundo, con al vida, con el silencio. Y en la oscuridad insondable que sucedió a esa luz cegadora, el relámpago que parecía ser el ruido de una grieta colosal abriéndose en el cielo y en la tierra, en una ruptura cósmica que de pronto se tragaba toda la existencia y liberaba la oscuridad cultivada por los milenios bajo las tranquilas noches de reuniones vecinales.
El vacío duró una eternidad. Solo los corazones de los hombres se oponían al devorador silencio. Algo así como la vida se dejaba entrever en la larga quietud que dejó la tormenta. Las pequeñas gotas golpeando los cristales prestaban apenas un murmullo vago, incierto, pero que mantenía viva la esperanza de que aún existiera el mundo allá afuera.
El amanecer trajo una nueva creación. El ruido de gallos lejanos y de pájaros en los árboles parecía paradisíaco. En realidad nada evidenciaba lso hechos de la noche anterior. Tal vez se había tratado de un sueño. Y sin embargo parecía estarse creando un mundo nuevo con la mañana que pegaba un helado vaho en las ventanas y sacudía la modorra del mundo dormido, desperezando figuras que se movían afuera en la calle, en una nueva realidad que a su vez era cotidiana y prestaba a la mañana una tranquilidad de una realidad ininterrumpida, una rutina que sin embargo se abría a nuevos horiozontes.
Temerosos, dudosos, los inquilinos subieron esa mañana por las largas escaleras hasta la adornada puerta, conocida como se conoce la palma de la mano propia. En ella no había nada nuevo. La novedad era esa visita matinal, fuera de todo horario, que los hombres hacían contra toda convención y más allá de cualquier autoridad que les ordenara o prohibiera hacerlo. Don Josefo a la cabeza empujó lentamente la puerta emparejada, como lo había hecho la noche anterior; lo que adentro vieron parecía un recuerdo antiquísimo. Las sillas dispuestas en semicírculo en torno al enorme -legendario- diván ubicado en el centro de la estancia, sin embargo el diván se hallaba vacío, solitario, como una imposibilidad impuesta. Y en la estancia el silencio era absoluto. Pero no era ese silencio de espera, ese silencio que respiraba pesado que bien conocían en ese lugar, ese silencio tan impregnado del perfume incierto de esa mujer omnipresente. Era un silencio rotundo, como de abandono. El tiempo ahí -sentían ellos- se había detenido. La escena esperaba desde hacía millones de años, posando, la llegada de los vecinos que ahora miraban todo desconcertados. La luz inundaba el lugar y afuera la vida bullía. Los vecinos decidieron que no había nada que hacer ahí, y apurándose a cumplir con sus diarias obligaciones salieron en fila, cerrando tras del último la puerta, en un acto final que duraría por el resto de la eternidad.
jueves, 6 de diciembre de 2012
El mal cerdo
El mal cerdo es un elemento de contraste en la composición. Con cola retorcida, troimpa simbolica, y que es de pezuñas hendidas pero no rumia, el cerdo irrumpe en la escena busca, ineludiblemente.
El cerdo, el mal cerdo es contrario al buen caballero, el que dice "que buena es esta comida", que siempre pide permiso. El cerdo por su parte, con su piel incómodamente humana, emite un ronquido vago y hurga la basura con el hocico, es inaceptable.
Las buenas gentes, las de buenas costumbres no evitan señalarlo. Cualquier alución al vicio, a la degradación de la moral, lleva irremediablemente el índice a la solitaria e indiferene figura del cerdo, del mal cerdo.
El cerdo sin embargo es esencial. Sirve de mal ejemplo, para asustar a los niños "el mal cerdo va venir por ti", para prevenir a los que aspiran a santos, y nunca llegan a serlo. Las gentes, las buenas gentes viven su vida en torno al cerdo, no sin cierta loanza. Sí, extravagante, pero loa al fin. Y es que el cerdo representa un aspecto esencial de la condición humana. Y precisamente por eso, nadie se atreve a deshacerse del cerdo, ¿qué sentido tiene la virtud, cuando no existe el pecado? El mal cerdo es, en cuerpo, el problema de la carne. La carne es débil, y ante ella hay que ostentar la fuerza. El mal cerdo, pues, cede honor al buen hombre, que se cubre con recato y dice "sí, señora; no, señora".
Por tanto, detrás de las ruidosas acusaciones de los defensores de la moral y de las buenas costumbres, que revolotea aclamando los terrores del pecado y sus castigos, en silencio lo mantienen, a él, al mal cerdo.
Pero ya, basta. hemos hablado demasiado. Hemos hablado sin pudor del cerdo, y sin permiso de la moral. Hemos dicho lo que había que callar. Hemos puesto en el mismo lugar al buen hombre (el que dice "por favor y gracias") y al cerdo, al mal cerdo.
El cerdo, el mal cerdo es contrario al buen caballero, el que dice "que buena es esta comida", que siempre pide permiso. El cerdo por su parte, con su piel incómodamente humana, emite un ronquido vago y hurga la basura con el hocico, es inaceptable.
Las buenas gentes, las de buenas costumbres no evitan señalarlo. Cualquier alución al vicio, a la degradación de la moral, lleva irremediablemente el índice a la solitaria e indiferene figura del cerdo, del mal cerdo.
El cerdo sin embargo es esencial. Sirve de mal ejemplo, para asustar a los niños "el mal cerdo va venir por ti", para prevenir a los que aspiran a santos, y nunca llegan a serlo. Las gentes, las buenas gentes viven su vida en torno al cerdo, no sin cierta loanza. Sí, extravagante, pero loa al fin. Y es que el cerdo representa un aspecto esencial de la condición humana. Y precisamente por eso, nadie se atreve a deshacerse del cerdo, ¿qué sentido tiene la virtud, cuando no existe el pecado? El mal cerdo es, en cuerpo, el problema de la carne. La carne es débil, y ante ella hay que ostentar la fuerza. El mal cerdo, pues, cede honor al buen hombre, que se cubre con recato y dice "sí, señora; no, señora".
Por tanto, detrás de las ruidosas acusaciones de los defensores de la moral y de las buenas costumbres, que revolotea aclamando los terrores del pecado y sus castigos, en silencio lo mantienen, a él, al mal cerdo.
Pero ya, basta. hemos hablado demasiado. Hemos hablado sin pudor del cerdo, y sin permiso de la moral. Hemos dicho lo que había que callar. Hemos puesto en el mismo lugar al buen hombre (el que dice "por favor y gracias") y al cerdo, al mal cerdo.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Beso.
Míra bien. Abarca la escena con la mirada, solo ahora existe.
Las gentes apresuradas, la cabeza gacha, envueltos en densos abrigos caminan inclinados y presurosos al frente, viendo siempre al suelo, como atacados por una tormenta o alguna ráfaga de viento. Tal vez, dentro de sus mentes, se hallen en un huracán, en una catástrofe que los rodea, y tú no puedes verlo.
Mira el sol, como cae pesado inyectándose en el pavimento, en las banquetas, en la calle, dándole infinita luz, una luz irritante de fuerte, que va y aplasta la calle contra sí misma y contrasta con las sombras que proyectan los edificios. Los edificios altos como monumentos viejos y olvidados. Los ángulos que suben y suben, ostentan ventanas como ojos muertos.
Mira los carros que pasan por la calle, rígidos y con trayectoria fija, prestos a cumplir una importante misión. Mira el viento arrastrar un papel olvidado, tal vez, un periodico; y tal vez en el se lea el titular de la mañana, en enormes letras negras que no alcanzas a discernir. Mira las nubes ominosas que fúnebres en el cielo devoran al sol con su presencia ineludible. Ve la luz que dvide la calle atenuarse, siente el helado frío que recorre entonces la ciudad, como acompañado por la repentina interrupción de la luz solar.
Camina oye tus propios pasos, escucha el ruido de los motores, el ajetreo débl de gente aquí y allá cumpliendo con los menesteres de cada día. Escucha, alguien tose.
Camina hacia la esquina, escucha el viento rozar un carro que como flecha atraviesa el panorama. Mira en derredor: los árboles, los edificios de las esquinas, la gente que no para de avanzar, siempre apretando el paso, nunca deteniéndose a pensar, a contemplar la escena, a suspirar, a descansar. Mírales los rostros ensimismados, muy ocupados en lo que ocurre ahí dentro. Lo que ahí pasa jamás lo sabrás. Pasan, fugaces, desconocidos, anónimos, y se pierden.
Unos carros se detienen, otros avanzan, ya puedes cruzar. Dirige tus pasos por la blanca acera, otra vez gobernada por el imponente sol. Puedes mirar tus zapatos, negros, sucederse entre sí haciendo clac clac entre as grietas, el sucio pavimento los toscos adoquines.
Mira de nuevo hacia adelante. Las formas descoloridas, rígidas, presurosas. Mira la tristeza que como niebla inunda el espacio, que como hiedra trepa por las paredes. Mira el desasosiego y los ecos sordos, que como telepatía se transmiten, de aquí allá, y más allá.
Mira, un par de pozos profundos, miralos desviarse. Sigue buscando, pronto encontrarás otros, pero vidriosos. Adivina una luz pequeña, inocente, cruzar por lo bajo perdida en el gris espeso que gobierna.
Detente, es necesario cavilar, ¿qué estás haciendo? Mira hacia lo alto, haz una pregunta sin respuesta. Mira el destino cernirse sobre la escena, como pesados grises nubarrones, siente la incertidumbre, con largos, oscuros tentáculos, cambiar el paisaje. Escuchas aún los pasos alejarse y acercarse, es claro, sigues en el mismo lugar. Sin embargo ya no ves nada. La espesa niebla lo cubre todo, cegado caminas caminas.
El ruido resulta un alivio, se quiebra la meditación, irrumpe como un mal pensamiento la bocina de un enorme camión, se siente su carga pesada cruzar veloz, cimbrar la tierra, y en torno, la gente apagada continúa en su quehacer, en su frenético ensimismamiento que los tiene a todos inmóviles, siempre en el mismo lugar, aun cuando en la cudad caminen, trepen a los camiones, corran, se escondan detrás de puertas cerradas bajo llave, con 5 candados y un bonito decorado en refugios cuadrados sintéticos, prestados.
Respira. No, mejor no lo hagas. Si respiras podrías absorber la ciudad, con sus fantasmas, con sus presencias inciertas, con su alocado ajetreo, constante e infatigable.
Mira la calle extenderse a lo lejos, hasta e infinito. Puedes ver las líneas, ls ángulos que forman esta ordenada vida, de rutinas, calendarios, horarios. Mira el tiempo pasar, como un pesado libro sin contenido, hoja a hoja. Mira los caprichos insensatos de los personajes que entran y salen, y que se fatigan buscando siempre el final, atisbando el exterior del círculo dentro del cual dan vueltas y vueltas, añorando... ¿acaso aspiran a algo?
¿No lo soportas? las pesadas moles que dominan la ciudad han dado contigo? Corre, entonces. Corre como todos ellos, agacha la vista, hacia el suelo, huye. Escapa hacia la incertidumbre, precipítate en el vacío, trata de alcanzar la siguiente parada, ve en pos del destino, hazle las preguntas pertinentes.
Mientras corres, un ruido, un golpe. El universo da vueltas, todo se amontona, se estira se contrae, el pavimento, ahora lo sabes, es una cosa dura, fría a pesar del sol, y en extremo dolorosa. Ahora ves correr la vida, fluir incesante, roja, roja. La ves empapar la ciudad, algo ha pasado. La ciudad ha cambiado, se ha transformado. Gritos, gente corriendo, corriendo de verdad, preguntas palabras. Mira el cielo, mira los ojos, los que antes huían, ahora no tienen miedo ni pena, ahora enfrentan la realidad, esa que nunca aceptan, ahora la miran de frente, en alguien más. Enfrentan el destino ajeno y tú los ves absortos, y ves sobre ellos, que con sus cabezas conforman un círculo, el cielo azul, y ves nubes blancas desgarrarse, y sientes la luz que corre en vectores atravezando el firmamento. Cierras los ojos. Alguna vez pensaste que querías desaparecer con un beso. Tendrás que resignarte, no hay beso.
Las gentes apresuradas, la cabeza gacha, envueltos en densos abrigos caminan inclinados y presurosos al frente, viendo siempre al suelo, como atacados por una tormenta o alguna ráfaga de viento. Tal vez, dentro de sus mentes, se hallen en un huracán, en una catástrofe que los rodea, y tú no puedes verlo.
Mira el sol, como cae pesado inyectándose en el pavimento, en las banquetas, en la calle, dándole infinita luz, una luz irritante de fuerte, que va y aplasta la calle contra sí misma y contrasta con las sombras que proyectan los edificios. Los edificios altos como monumentos viejos y olvidados. Los ángulos que suben y suben, ostentan ventanas como ojos muertos.
Mira los carros que pasan por la calle, rígidos y con trayectoria fija, prestos a cumplir una importante misión. Mira el viento arrastrar un papel olvidado, tal vez, un periodico; y tal vez en el se lea el titular de la mañana, en enormes letras negras que no alcanzas a discernir. Mira las nubes ominosas que fúnebres en el cielo devoran al sol con su presencia ineludible. Ve la luz que dvide la calle atenuarse, siente el helado frío que recorre entonces la ciudad, como acompañado por la repentina interrupción de la luz solar.
Camina oye tus propios pasos, escucha el ruido de los motores, el ajetreo débl de gente aquí y allá cumpliendo con los menesteres de cada día. Escucha, alguien tose.
Camina hacia la esquina, escucha el viento rozar un carro que como flecha atraviesa el panorama. Mira en derredor: los árboles, los edificios de las esquinas, la gente que no para de avanzar, siempre apretando el paso, nunca deteniéndose a pensar, a contemplar la escena, a suspirar, a descansar. Mírales los rostros ensimismados, muy ocupados en lo que ocurre ahí dentro. Lo que ahí pasa jamás lo sabrás. Pasan, fugaces, desconocidos, anónimos, y se pierden.
Unos carros se detienen, otros avanzan, ya puedes cruzar. Dirige tus pasos por la blanca acera, otra vez gobernada por el imponente sol. Puedes mirar tus zapatos, negros, sucederse entre sí haciendo clac clac entre as grietas, el sucio pavimento los toscos adoquines.
Mira de nuevo hacia adelante. Las formas descoloridas, rígidas, presurosas. Mira la tristeza que como niebla inunda el espacio, que como hiedra trepa por las paredes. Mira el desasosiego y los ecos sordos, que como telepatía se transmiten, de aquí allá, y más allá.
Mira, un par de pozos profundos, miralos desviarse. Sigue buscando, pronto encontrarás otros, pero vidriosos. Adivina una luz pequeña, inocente, cruzar por lo bajo perdida en el gris espeso que gobierna.
Detente, es necesario cavilar, ¿qué estás haciendo? Mira hacia lo alto, haz una pregunta sin respuesta. Mira el destino cernirse sobre la escena, como pesados grises nubarrones, siente la incertidumbre, con largos, oscuros tentáculos, cambiar el paisaje. Escuchas aún los pasos alejarse y acercarse, es claro, sigues en el mismo lugar. Sin embargo ya no ves nada. La espesa niebla lo cubre todo, cegado caminas caminas.
El ruido resulta un alivio, se quiebra la meditación, irrumpe como un mal pensamiento la bocina de un enorme camión, se siente su carga pesada cruzar veloz, cimbrar la tierra, y en torno, la gente apagada continúa en su quehacer, en su frenético ensimismamiento que los tiene a todos inmóviles, siempre en el mismo lugar, aun cuando en la cudad caminen, trepen a los camiones, corran, se escondan detrás de puertas cerradas bajo llave, con 5 candados y un bonito decorado en refugios cuadrados sintéticos, prestados.
Respira. No, mejor no lo hagas. Si respiras podrías absorber la ciudad, con sus fantasmas, con sus presencias inciertas, con su alocado ajetreo, constante e infatigable.
Mira la calle extenderse a lo lejos, hasta e infinito. Puedes ver las líneas, ls ángulos que forman esta ordenada vida, de rutinas, calendarios, horarios. Mira el tiempo pasar, como un pesado libro sin contenido, hoja a hoja. Mira los caprichos insensatos de los personajes que entran y salen, y que se fatigan buscando siempre el final, atisbando el exterior del círculo dentro del cual dan vueltas y vueltas, añorando... ¿acaso aspiran a algo?
¿No lo soportas? las pesadas moles que dominan la ciudad han dado contigo? Corre, entonces. Corre como todos ellos, agacha la vista, hacia el suelo, huye. Escapa hacia la incertidumbre, precipítate en el vacío, trata de alcanzar la siguiente parada, ve en pos del destino, hazle las preguntas pertinentes.
Mientras corres, un ruido, un golpe. El universo da vueltas, todo se amontona, se estira se contrae, el pavimento, ahora lo sabes, es una cosa dura, fría a pesar del sol, y en extremo dolorosa. Ahora ves correr la vida, fluir incesante, roja, roja. La ves empapar la ciudad, algo ha pasado. La ciudad ha cambiado, se ha transformado. Gritos, gente corriendo, corriendo de verdad, preguntas palabras. Mira el cielo, mira los ojos, los que antes huían, ahora no tienen miedo ni pena, ahora enfrentan la realidad, esa que nunca aceptan, ahora la miran de frente, en alguien más. Enfrentan el destino ajeno y tú los ves absortos, y ves sobre ellos, que con sus cabezas conforman un círculo, el cielo azul, y ves nubes blancas desgarrarse, y sientes la luz que corre en vectores atravezando el firmamento. Cierras los ojos. Alguna vez pensaste que querías desaparecer con un beso. Tendrás que resignarte, no hay beso.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Misterios
Voy a la academia, escucho las nerviosas palabras de los profesores, aprendo la terminología, estudio las lecciones.
Peino la biblioteca, horas y horas de desvelo, quemándome las cejas, aprendiendo todo sobre quarks, historia de mongolia, especies de bacterias, teoría del ensayo.
Le pregunto al guru, al dalai lama, al papa, al rabino, a los califas.
Veo incansablemente tvunam, el canal 22, el canal once, el history channel y el national geographic
Les pregunto a mis mayores, leo la biblia, leo las instrucciones de uso de un paquete de galletas, veo las estrellas, leo las lineas de mi mano y las del prójimo, consulto el tarot, el i ching, gasto pesadas enciclopedias de todas las décadas.
Leo entre líneas, voy al sicoanalista, miro las formas de la naturaleza, adivinando sus secretos sutiles, escucho al fuego y al agua, decifro cartas encriptadas, leo las revistas, los trípticos, los panfletos, folletos, medito horas y horas.
Busco, aprendo, indago, investigo, experimento, conjeturo, y todavía sigo preguntándome...
Qué misterio esconden tus ojos?
Peino la biblioteca, horas y horas de desvelo, quemándome las cejas, aprendiendo todo sobre quarks, historia de mongolia, especies de bacterias, teoría del ensayo.
Le pregunto al guru, al dalai lama, al papa, al rabino, a los califas.
Veo incansablemente tvunam, el canal 22, el canal once, el history channel y el national geographic
Les pregunto a mis mayores, leo la biblia, leo las instrucciones de uso de un paquete de galletas, veo las estrellas, leo las lineas de mi mano y las del prójimo, consulto el tarot, el i ching, gasto pesadas enciclopedias de todas las décadas.
Leo entre líneas, voy al sicoanalista, miro las formas de la naturaleza, adivinando sus secretos sutiles, escucho al fuego y al agua, decifro cartas encriptadas, leo las revistas, los trípticos, los panfletos, folletos, medito horas y horas.
Busco, aprendo, indago, investigo, experimento, conjeturo, y todavía sigo preguntándome...
Qué misterio esconden tus ojos?
domingo, 18 de noviembre de 2012
Hombre importante
Revisión
Una mañana, un nombre nuevo da la vuelta al mundo. Los periódicos de todos los países no paran de hablar de él. Unos días antes, en una grandiosa muestra de erudicion, un desconocido derrota a los más grades intelectuales de la época. Su nombre entonces se hace conocido. La crítica lo aclama, las universidades le dedican cátedras, los sabios, filósofos, críticos, estudantes, letrados, intelectuales, profesores, científicos, y docentes lo admiran, casí podría decirse que lo adoran. Las revistas y periódicos le dedican largas columnas; "Una inteigencia excepcional" -Times, "Marcará una nueva época" -Chronicle "Lurilurilú" -The New Yorker. Es oficial, quien antes era un desconocido, es ahora un tipo importante. Lo invitan a lso talk shows, a las universidades, da pláticas y conferencias, la gente le pregunta cosas, el presidente lo felicita. Pronto una nueva noticia: conoce mujer y se enamora, se casan. Mujer bella, atlética, cantante, actriz, bailarina, atlética, filántropa, guapa. La boda se televisa, nadie se la puede perder. Mientras su fama sigue en ascenso. Se ve su figura salir de lugares importantes: El palacio de bellas artes, Times Square, la corte de Versalles, el Ting Tang Tong chino, etc. Parece no tener límites, el mundo entero está a sus pies.
Repentinamente, terrible tragedia; su mujer y sus hijos, muertos. Crisis. Por todo el mundo se pone de manifiesto el apoyo de la gente con el hombre, se declara luto mundial. Algo nunca antes visto. Da una conferencia. Unas palabras emotivas, un agradecimiento a todos sus seguidores, una lágrima corre por su mejilla.
En medio de la crisis, escribe un nuevo libro. Pletórico de sabiduría, causa gran polémica. Un libro revolucionario, reinventa la cultra hasta ahora conocida. La gente lo adora, otros no lo soportan, escriben y escriben; no le llegan a los talones. Empieza la decadencia. Da pláticas, aparece con las estrellas, le otorgan el premio nobel. La vida, sin embargo, le sabe amarga. Con el tiempo, va cayendo en el olvido. Cada vez son menos las entrevistas, en lso talk shows, se le ve enjunto, gris, encorvado, consumido. La depresión lo devora. Ya no escribe, se limita a aceptar conferencias. El mundo, paulatinamente, se va olvidando de él. Él, que era un tipo tan importante.
Un día, un hecho lamentable, un terror horrible, el hombre muere. Nadie se entera.
Aún hoy, 100 años más tarde, alguna estación de radio quiere hablar de cosas importantes. Encuentran, por casualidad, su nombre en las listas. En la casa empolvada del hombre, alguna vez importante, el teléfono suena durante 3 minutos. Luego calla.
Una mañana, un nombre nuevo da la vuelta al mundo. Los periódicos de todos los países no paran de hablar de él. Unos días antes, en una grandiosa muestra de erudicion, un desconocido derrota a los más grades intelectuales de la época. Su nombre entonces se hace conocido. La crítica lo aclama, las universidades le dedican cátedras, los sabios, filósofos, críticos, estudantes, letrados, intelectuales, profesores, científicos, y docentes lo admiran, casí podría decirse que lo adoran. Las revistas y periódicos le dedican largas columnas; "Una inteigencia excepcional" -Times, "Marcará una nueva época" -Chronicle "Lurilurilú" -The New Yorker. Es oficial, quien antes era un desconocido, es ahora un tipo importante. Lo invitan a lso talk shows, a las universidades, da pláticas y conferencias, la gente le pregunta cosas, el presidente lo felicita. Pronto una nueva noticia: conoce mujer y se enamora, se casan. Mujer bella, atlética, cantante, actriz, bailarina, atlética, filántropa, guapa. La boda se televisa, nadie se la puede perder. Mientras su fama sigue en ascenso. Se ve su figura salir de lugares importantes: El palacio de bellas artes, Times Square, la corte de Versalles, el Ting Tang Tong chino, etc. Parece no tener límites, el mundo entero está a sus pies.
Repentinamente, terrible tragedia; su mujer y sus hijos, muertos. Crisis. Por todo el mundo se pone de manifiesto el apoyo de la gente con el hombre, se declara luto mundial. Algo nunca antes visto. Da una conferencia. Unas palabras emotivas, un agradecimiento a todos sus seguidores, una lágrima corre por su mejilla.
En medio de la crisis, escribe un nuevo libro. Pletórico de sabiduría, causa gran polémica. Un libro revolucionario, reinventa la cultra hasta ahora conocida. La gente lo adora, otros no lo soportan, escriben y escriben; no le llegan a los talones. Empieza la decadencia. Da pláticas, aparece con las estrellas, le otorgan el premio nobel. La vida, sin embargo, le sabe amarga. Con el tiempo, va cayendo en el olvido. Cada vez son menos las entrevistas, en lso talk shows, se le ve enjunto, gris, encorvado, consumido. La depresión lo devora. Ya no escribe, se limita a aceptar conferencias. El mundo, paulatinamente, se va olvidando de él. Él, que era un tipo tan importante.
Un día, un hecho lamentable, un terror horrible, el hombre muere. Nadie se entera.
Aún hoy, 100 años más tarde, alguna estación de radio quiere hablar de cosas importantes. Encuentran, por casualidad, su nombre en las listas. En la casa empolvada del hombre, alguna vez importante, el teléfono suena durante 3 minutos. Luego calla.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Composición en la que abuso de la palabra 'abstracción' y derivadas
Revisión
I
Inscribo mi tiempo en un tiempo infinito. Me proyecto hacia futuros o pasados remotos, más allá de donde puedo ver o imaginar. No considero nacimientos ni muertes, ya conozco esas ilusiones. Las abstraigo. Como un matemático, un lógico, un filosofo. o como un Kandinsky, me abstraigo, me sustraigo. Cosa popular la abstracción en estos días. Abstraigo todo, lo que veo lo que siento lo que pienso. Como un budista con una licuadora, junto todo en un remolino, y ya nada se distingue, y ya todo es homogéneo. Elimino de este texto la designación y ya nada tiene nombre, y ya las palabras no representan. Son por si solas, y todo es etéreo, todo es abstracto, todo es vago, neutro, genérico, incierto, indeterminado, abstruso, inconcreto, amorfo.
Y me estiro, como una lámina de hule, y lo hago más allá de todo ímite, y me expando hacia los bordes impropios del infinito que nunca alcanzo. Y ya nada tiene forma, ya nada tiene sentido. Y así, impersonal y aislado de toda relación con la realidad, me acompaño por siempre de tu ausencia.
II
Y ya empezamos. Ya perdido en un éter incoloro, inodoro, insaboro, Ya envuelto en una nada, he invocado tu recuerdo. Como un conjuro, evoco tus caricias y el perfume de tu piel. Y hago alquimia con tu nombre convirtiendo este cuento, esta ausencia, esta nada, en oro puro. Y me pierdo divagando. Y pienso en la nada, y en todo, y en el amor, cosa abstracta, que nunca llega, que nunca está, que no conozco. Y de pronto no soporto a los profesores, académicos, filósofos, lógicos, matemáticos; menos aún a los poetas. Decido quemar esta abstracción. Y con ella toda la poesía para que con ella se vaya el amor. Y le declaro la guerra a todo lo que a tí me recuerda. A los símbolos, a las letras de tu nombre, a la textura de las rosas y al aroma del otoño. A la vieja ciudad donde te ví, y a la negrura que huye cada mañana, y se mezcla entre los textos y las canciones, la negrura omnipresente.
Y renuncio a mí mismo, para evitar tu recuerdo. Y me doy cuenta que no eres mía, y no puedo sacudirme tu ausencia, tu ausencia que me acompaña por la calle, tu ausencia que me susurra al oído por las noches, tu ausencia que me tiene lejos, siempre lejos.
Y es necesario entonces acabar con las palabras. Con estas palabras. Romper la tensión que me ata a tu figura, a traves de esto que escribo. Y romper esta abstraccion, que llenas dejándome vacío. Me abstraigo de tí, y ahí estás, como un ideal, como el fín de una búsqueda sin sentido. Dejo el mundo de lo intangible, huyo de tu recuerdo, de la esperanza de tenerte, de mi mente que divaga en torno a tí, que te busca y no te encuentra, del recuerdo de que estoy aqui, solo, pensando en tí. Y regreso al mundo real.
III
De vuelta en este mundo, mundo de piedras y de viento, de madera y de tierra, de metal, plástico, vidrio, fibra de vidrio, hormigón, corcho, caucho, textiles, y mi propia piel. Y adivino en cada cosa, en cada figura y cada imagen: lo intangible, lo sutil que bajo dello se esconde. Y el cielo inalcanzable me roba un suspiro, sigo en ti pensando. Y el abismo implícito, el vértigo de un vacío que en todo se adivina, me recuerda al vértigo que guardan tus ojos, para los forasteros como yo. Y no te olvido, y ti ausencia sigue aquí, conmigo. Y no puedo escapar, lo intenté, y no me deja en paz tu nombre. Y ya no invoco tu nombre. Y ya no quiero saber que para ti no existo, y que para ti no soy nadie.
Y te escribo esto, aunque no lo leas, aunque no lo haya escrito, y me abstraigo de nuevo, en un círculo vicioso.
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