Alguna vez, hace mucho o poco tiempo; cierto personaje cobró vida en un viejo cuento, lejos, más allá de la tierra.
Se encontró a si mismo en las páginas de un libro gastado, vagó entre los garabatos que se repetían como fractales, línea tras línea. Ese pequeño mundo homogéneo lo aburrió pronto y, reintegrándose a la historia de la que formaba parte, se fue volando en una alfombra voladora. El desierto bajo sus pies era igualmente monótono, y pronto se aburrió tambien. FIN
viernes, 15 de junio de 2012
jueves, 14 de junio de 2012
cursileria pra ls mujeres bells que me ignoran en el vagón
La sombra de tus párpados es un refugio
ahí me quedo, para no perderme en la infinidad
ni hundirme en la inmensidd de tus ojos.
Que mi alma y mi corazón no divaguen
en eterna espiral que serpentea y se diluye
en lo profundo de tu alma misteriosa.
El destello de tu ser
me ilumina? me abruma
tanteo, desnudo,
quiero asirme a algo, que me recuerde a mi
pero de mi ya nada queda.
Tal vez a tus oidos nunca llegue
el grito sordo que perdí en tu mirada,
tus manos permanecen inmóviles
y aún no sabes si yo existo siquiera
ni yo se si realmente existes.
En fin, ya se lo que va a pasar:
como un mendigo, extenderé mi mano,
esperando el delicado roce de tus dedos;
me estremecerá el frío de unas monedas
y buscaré tus ojos, para decirte "gracias".
Pero tu atención estará lejos, en algún otro lado,
tal vez con él.
Y yo, me bajaré del vagón, uno de tantos
sin la herida de tu mirada o de tu sonrisa.
ahí me quedo, para no perderme en la infinidad
ni hundirme en la inmensidd de tus ojos.
Que mi alma y mi corazón no divaguen
en eterna espiral que serpentea y se diluye
en lo profundo de tu alma misteriosa.
El destello de tu ser
me ilumina? me abruma
tanteo, desnudo,
quiero asirme a algo, que me recuerde a mi
pero de mi ya nada queda.
Tal vez a tus oidos nunca llegue
el grito sordo que perdí en tu mirada,
tus manos permanecen inmóviles
y aún no sabes si yo existo siquiera
ni yo se si realmente existes.
En fin, ya se lo que va a pasar:
como un mendigo, extenderé mi mano,
esperando el delicado roce de tus dedos;
me estremecerá el frío de unas monedas
y buscaré tus ojos, para decirte "gracias".
Pero tu atención estará lejos, en algún otro lado,
tal vez con él.
Y yo, me bajaré del vagón, uno de tantos
sin la herida de tu mirada o de tu sonrisa.
martes, 12 de junio de 2012
Vieja
La vieja acomoda sus lentes, se acicala los gruesos cabellos de paja, pasa largo dedos por su enorme arrugada nariz, sus tupidas cejas ceden y se arquean sobre las estrechas rendijas de unos ojos indecisos, que intentan expresar un sentimiento improbable. El caballo corre, veloz, sin detenerse, sin jadear, como una película que se repite, y se repite. El paisaje a su alrededor no se repite, pero permanece eterno. El caballo en su estático y perenne movimiento, siempre corriendo, atraviesa los años y las eras. Las arenas rojas y desoladas, los pantanos negros y amenazadores, los bosques verdes prometedores, de sátiros y ninfas, las playas donde las olas del enorme mar conocen el uniforme movimiento y la empatía con ese caballo que corre y corre, y parece que no se mueve. Se mueve el mundo, se mueven las eras que se suceden unas a otras, en el enorme tiempo estático, que no hace más que cambiar, entre las cosas que no hacen más que nacer y morir ininterrumpidas, entre las montañs que un día se alzan y al otro se derrumban. Y el caballo, siempre al centro de todo, siempre hacia adelante, recortando su figura blanca, a veces negra, y a veces plateada cuando la luna, igualmente constante, lo alumbra en su fútil viaje, viaje hacia ningún lado.
Ya no hay en el mundo pueblos extraños, gente del desierto, sombras del pantano, infiernos de hombres blancos ciegos y famélicos que devoran la noche, torres de sabiduría, carnavales de seres extravagantes, en fin, ¿qué puede significar todo esto, todas las maravillas que gastan los ojos y que como flores se marchitan antes de tiempo?
Alguna vez el caballo habíase detenido, la vieja había bajado de él para conocer los pueblos, en busca de....
seguía sin saberlo. Pero ahora, enjunta, con las viejas manos largas y venosas, con el cuerpo gastado, con ese aspecto de un extraño ser mitológico, de criatura fantástica. Ya los mundos de fantasía, todos los pueblos, todos los viejos graves que pasean enormes pergaminos arrastrando barbas enmarañadas, y ciegos por la penumbra de sus claustros, todo eso estaba muerto. Y florecía de nuevo, en un eterno retorno de seres que iban y venían, ocupados como siempre, como todos. Ocupados como esa vieja se ocupaba en dejarlo todo, en contemplar solo el camino marcado por el tiempo que alzaba imperios y desgarraba los continentes y separaba las constelaciones.
Ya no hay en el mundo pueblos extraños, gente del desierto, sombras del pantano, infiernos de hombres blancos ciegos y famélicos que devoran la noche, torres de sabiduría, carnavales de seres extravagantes, en fin, ¿qué puede significar todo esto, todas las maravillas que gastan los ojos y que como flores se marchitan antes de tiempo?
Alguna vez el caballo habíase detenido, la vieja había bajado de él para conocer los pueblos, en busca de....
seguía sin saberlo. Pero ahora, enjunta, con las viejas manos largas y venosas, con el cuerpo gastado, con ese aspecto de un extraño ser mitológico, de criatura fantástica. Ya los mundos de fantasía, todos los pueblos, todos los viejos graves que pasean enormes pergaminos arrastrando barbas enmarañadas, y ciegos por la penumbra de sus claustros, todo eso estaba muerto. Y florecía de nuevo, en un eterno retorno de seres que iban y venían, ocupados como siempre, como todos. Ocupados como esa vieja se ocupaba en dejarlo todo, en contemplar solo el camino marcado por el tiempo que alzaba imperios y desgarraba los continentes y separaba las constelaciones.
domingo, 8 de enero de 2012
Otro alquimista
El viejo alquimista pasea por el desierto, como solitario vagabundo, la cabeza envuelta en el viejo turbante percudido, los ojos solitarios negros asomándose al mundo entre las vueltas y revueltas de a gruesa tela anaranjada. El cuerpo oscilando al compás de su camello, rodeado de nada y más nada en forma de arena, envuelto en pensamientos como en el desierto, el mismo viejo desierto que lo rodea, infinitamente, hacia todos lados, hasta la bulliciosa realidad que se aleja más y más a cada paso que da, como espantada, hasta perderse allá en el infinito, más allá de as fronteras de ese desierto en expansión, ese desierto que es la soledad del alquimista. Y de noche, entre los días y las noches perdidas, en esa irrealidad donde el tiempo no es tiempo, pues no pasa, y sin embargo hay noches; en una de mil noches, o en la noche eterna que en el desierto solo viene y complementa al día eterno, en esa noche cuya soledad cobija las arenas, las dunas, cuyas estrellas envuelven al misterio en más misterio. Sí, una noche como todas, como ninguna, el caminante viajero, el divagante buscador de mundos, el otro solitario del extenso vacío, aquel para quien todo es improbable, que lo ha abandonado todo, en medio de una noche, una noche entre las noches, en el centro del desierto infinito -siempre es el centro-, se encuentran un par de miradas. Dos tenues destellos se encuentran con dos abismos en los cuales perderse. Un ser sin cuerpo, o un cuerpo que vaga sin objetivo, encuentra las sombras, los retorcidos espejismos de irrealidad que se mueven en el espacio. La tienda -gigantesca tienda, ¿dónde la llevaría el tipo aquel?- el camello, el hombre: El alquimista. La cabeza exagerada, las telas que se tuercen y retuercen en torno a la figura de un hombre, uno de los tantos que aparecen, al ras de un deseo involuntario en e tiempo, de pronto entre las sombras, las ideas, los espejos, las dunas laberínticas de ese gran vacío.
Ni una palabra.
Dónde podría llevar ese vagabundo tantos tesoros? Es acaso real? No, por supuesto que no lo es.
Dentro de la enorme tienda, la ilusión es aún más insoportable. Es como un palacio. Volteado, torcido, un palacio de espejos, dentro de un desierto-espejo.
Las mesas de trabajo, todas desordenadas, del alquimista -como si él hubiera dispuesto ese desorden a la hora de ponerla tienda, al crepúsculo-, cientos de inventos empolvados, y seres que brincan de aquí allá,o fantasmas helados que susurran al pasar. Al ver las oscuras cavernas detrás del hombre detrás del turbante naranja, habíalo conocido completo, o eso creía el viajero. Habíalo visto, fugaz, en sus largos días de vagar, sin detenerse nunca, bajo el sol, solo sobre su camello y un extraño bulto -llevaría ahí su palacio?-, en su eterna noche, junto a la tienda, las siluetas recortadas por el azul y tenue resplandor de las estrellas, fundido con las sinuosas curvas que define la arena.
Sí, era cierto, y él lo sabía, el tiempo no es tiempo, no en esta irrealidad, que ya se iba haciendo cotidiana, aunque si.empre era algo nuevo. Así mismo era la noche, esa noche, todas las noches. Quién había elegido la noche? cuándo se percató de ella? El ya lo sabía. La noche solo podía ser posible si la envolvía el manto negro, Negro. Y al ver esos ojos... sabía que era noche. Siempre había sido de noche.
Y dentro de esa tienda -hace tiempo abandonada-, el trabajo de milenios, el ocio, la ciencia, el arte, tal vez simplemente experimentos de todo tipo. Seres disecados, alguna vez creados. Máquinas de poleas, herramientas de otro tiempo, o de otro mundo. La débil luz como de antorcha que empapaba, sin sombras, el pequeño rincón de la noche eterna.
Abandonado? E alquimista ahí había estado, justo ahora. Pero hacía ya siglos que no estaba, que había salido a vagar, a vagar por el desierto en busca del tiempo. Ahora, él caminaba, o más bien montaba su camello en un mediodía que jamás acabaría. Mientras tanto, ahí seguía, inclinado sobre su escritorio, sus aparatos, creando algo que él ya sabía inútil.
Ni una palabra.
Dónde podría llevar ese vagabundo tantos tesoros? Es acaso real? No, por supuesto que no lo es.
Dentro de la enorme tienda, la ilusión es aún más insoportable. Es como un palacio. Volteado, torcido, un palacio de espejos, dentro de un desierto-espejo.
Las mesas de trabajo, todas desordenadas, del alquimista -como si él hubiera dispuesto ese desorden a la hora de ponerla tienda, al crepúsculo-, cientos de inventos empolvados, y seres que brincan de aquí allá,o fantasmas helados que susurran al pasar. Al ver las oscuras cavernas detrás del hombre detrás del turbante naranja, habíalo conocido completo, o eso creía el viajero. Habíalo visto, fugaz, en sus largos días de vagar, sin detenerse nunca, bajo el sol, solo sobre su camello y un extraño bulto -llevaría ahí su palacio?-, en su eterna noche, junto a la tienda, las siluetas recortadas por el azul y tenue resplandor de las estrellas, fundido con las sinuosas curvas que define la arena.
Sí, era cierto, y él lo sabía, el tiempo no es tiempo, no en esta irrealidad, que ya se iba haciendo cotidiana, aunque si.empre era algo nuevo. Así mismo era la noche, esa noche, todas las noches. Quién había elegido la noche? cuándo se percató de ella? El ya lo sabía. La noche solo podía ser posible si la envolvía el manto negro, Negro. Y al ver esos ojos... sabía que era noche. Siempre había sido de noche.
Y dentro de esa tienda -hace tiempo abandonada-, el trabajo de milenios, el ocio, la ciencia, el arte, tal vez simplemente experimentos de todo tipo. Seres disecados, alguna vez creados. Máquinas de poleas, herramientas de otro tiempo, o de otro mundo. La débil luz como de antorcha que empapaba, sin sombras, el pequeño rincón de la noche eterna.
Abandonado? E alquimista ahí había estado, justo ahora. Pero hacía ya siglos que no estaba, que había salido a vagar, a vagar por el desierto en busca del tiempo. Ahora, él caminaba, o más bien montaba su camello en un mediodía que jamás acabaría. Mientras tanto, ahí seguía, inclinado sobre su escritorio, sus aparatos, creando algo que él ya sabía inútil.
viernes, 18 de noviembre de 2011
De nuevo ellos?
De nuevo ellos. Esos seres extraños. Personajes amorfos albinos. Ojos como pozos y labios como serpientes. Serpientes que con siseos largos y sutiles deslizan sus enseres entre los tiempos de sus parecidos. De sus parecidos etéreos que silban como ellos, y que cambian a cada paso, con cada tiempo. Que manifiestan brazos y rostros.
Así es, el viajero ya se sabía, se sabía viajero, y aprendió sin embargo. Aprendió lo sabido, pues todo es sabido. Ese mundo, esa ciudad, ese oasis de verdad, esa mente real que camina y gorgojea entre las mentes fantasmagóricas de sombras que más allá, en las arenas rojizas, se esconden entre ciudades de ilusión. Ese mundo recóndito entre los vagares de los seres perdidos. El centro es lo único real. La ilusión del desierto enreda a los viajeros desconocidos. Desconocidos para sí mismos. Que una y otra vez se encuentran, entre sí, para sí. Ellos solos, ellos mismos, viendo sus propias sombras esconderse de su mirada entre pensamientos de desérticas realidades.
Ahora lo sabía el viajero. Esas ciudades abandonadas, de cal y de cristal, eran la ciudad, metrópolis de los inexistentes, y ahora él también era uno de ellos, un inexistente. Se preguntaba si su sombra, allá, entre las ciudades reflejo –reflejos de la ciudad donde él ahora se manifestaba entre seres que alguna vez vagaron como él vagara en un tiempo que nunca fue realmente-, si su sombra vagaría, y se escondería de los ojos de otro, de otro que era él, de otro que caminaba a su lado, entre los tiempos que creería estáticos, irremisibles, incontrolables, sin saber si era sombra o viajero.
Y el otro? Ese otro que lo miraba fijamente, desde otro tiempo, en esa ciudad de tiempos revueltos. Quién era él, el otro. Recordaba él haber sido otro, en alguna ocasión? O había sido siempre viajero, siempre en el presente. El presente estático que envolvía al desierto y lo repetía a él, viajero, miles millones de veces, allá afuera, en el vacío árido del desierto, en la sombras de las ciudades, en viajeros perdidos en la ilusión. Había sido él también un fantasma viviente? Una sombra perdida? Eran las sombras y la gente espejo de él mismo? Sería tal vez, él mismo repetido? Y la ciudad, ahora, donde él era, qué era? Qué era entre tantas ciudades de ilusión, entre las ciudades de las sombras vagabundas? Las ciudades vagaban también, como el vagaba con sus sombras entre las arenas del tiempo, o eran las ciudades, esas ciudades de sal y de vacío la misma que ésta, la ciudad? Serían las sombras de la ciudad, en un tiempo olvidado? Podía regresar a esos tiempos? Cobrarían vida las ciudades, o seguirían igual? Qué tan lejos estarían? Se volvería él una sombra?
Era él, el hombre –o mujer- de mármol que caminaba a su lada, o lo acompañaba, o era junto a el en su propio tiempo?
viernes, 11 de noviembre de 2011
Revolución!
Es preciso hacer la revolución
formalizarla
se hace l convocatoria por medio de la segob
y en la fecha fijada se establece un congreso en Europa
donde las cosas importantes pasan
Se invita a intelectuales y diputados
se escribe un oficio que diga
"Hoy se hace la revolución!"
Luego se firma en presencia de notarios
gobernantes, bnqueros, la interpol, historiadores
estdistas, filosofos, filologos, magistrados, embajadores,
abogados, doctores, y periodistas.
Luego se procede a difundir la revolución
por radio, por televisión, internet,
se le hace una página en twitter para que todos la sigan.
Lo platicarán las élites, y será un buen tema de sobremesa.
Se hace una fecha para conmemorarlo
"11 de noviembre, día de la revolución moderna!"
Se festeja todo el día y finalmente
al día siguiente
podemos regresar felices y tranquilos a la oficina
podremos tomarnos nuestra cocacola satisfechos pensando
dios bendiga el progreso y la modernidad
por fin se hizo la revolución!
formalizarla
se hace l convocatoria por medio de la segob
y en la fecha fijada se establece un congreso en Europa
donde las cosas importantes pasan
Se invita a intelectuales y diputados
se escribe un oficio que diga
"Hoy se hace la revolución!"
Luego se firma en presencia de notarios
gobernantes, bnqueros, la interpol, historiadores
estdistas, filosofos, filologos, magistrados, embajadores,
abogados, doctores, y periodistas.
Luego se procede a difundir la revolución
por radio, por televisión, internet,
se le hace una página en twitter para que todos la sigan.
Lo platicarán las élites, y será un buen tema de sobremesa.
Se hace una fecha para conmemorarlo
"11 de noviembre, día de la revolución moderna!"
Se festeja todo el día y finalmente
al día siguiente
podemos regresar felices y tranquilos a la oficina
podremos tomarnos nuestra cocacola satisfechos pensando
dios bendiga el progreso y la modernidad
por fin se hizo la revolución!
viernes, 29 de julio de 2011
Momento #57-C
Viejo, invisible, quién podría haber visto -o pensado- a ese solitario ser, oculto entre los rostros de los mil, iguales que el, homogéneos, genéricos, grises, intercambiables. Ese recurso omo de cemento, de rostros con manos y vidas que jamás acaban, vidas que se van con cada suspiro, atapados en la rutina, en la cárcel.
De todas maneras ese viejo no importa, ya lo e olvidado, solo lo vi fugaz, entre los ojos, arrastrando su larga barba gris, encorvado bajo el peso de sus años, con tristeza en la mirada, él, que sabe lo que ve, y se sabe entre loque ve, entre los cadáveres que se devoran entre sí -como dijera otro wey que andaba gritando ahí, entre los rostros, que aparecía de pronto entre las rutinas de los hombres de todos los días y entre los espacios reservados ara las mujeres en honor a
bla bla bla
Palabras aquí, palabras allá. Búsquele sentido a esto, o aquello, todo, al final, es absurdo. Como es absurdo suponer que alguien, porque esriba apresuradamente haciendo su ruido de tecleo, pueda crear la imagen de un sujeto que va caminando por el metro. Vale más subirse al metro. Una imagen ale más qe mil palabras, de qué sirve que sea escrito, puede ser gritado, en el instante en que lo vemos. Puede ser callado, como siempre sucede. Quién quiere gastar energía en hablar de un sujeto en el metro, uno de esos que van entre la marea de gente, sin sobresalir -solo por que a tí se te ocurrió que por ahí pudiera haber un alma individual?-.
El género humano, rebaño, recurso, estadística, con su carpeta en el IFAI y la CIA y su valor económico -ambas cosas en su billetera- que tras romperse la madre todo el día o hastiarse en una estúpida oficina, se mete a facebook.... a vivir.
Bla bla bla.
Que costumbre tan salvaje es esta de enterrar a los muertos (en el metro).
La mente no da para más, ojalá pudiera seguir en el parque, convertido en un fauno con barba. -Como ese sabio albino-. Obviamente nada de lo que digo, hace sentido, estoy botando fluido por los oidos. Y nada de originalidad en mis versos tampoco.
De todas maneras esto es absurdo, como es absurdo el estar en una compu cuando tienes una vida. Tampoco es que tenga una gran vida, muy interesante, matizada y con muchos detalles.
Podría ahorita estar en xochimilco, o en la paca (ah no es miércoles), pero estoy aqui, despues de aber criticado a facebook todo el día, usando un blog a falta de facebook (ja, bueno, no uedo ser taaan incongruente). Al fin, da lo mismo ablar de turcos y cosas así, si no se si tealmetne tenga algo que decir. No digo que no sea divertido, perode hecho tengo algo que hacer. Adios putos.
De todas maneras ese viejo no importa, ya lo e olvidado, solo lo vi fugaz, entre los ojos, arrastrando su larga barba gris, encorvado bajo el peso de sus años, con tristeza en la mirada, él, que sabe lo que ve, y se sabe entre loque ve, entre los cadáveres que se devoran entre sí -como dijera otro wey que andaba gritando ahí, entre los rostros, que aparecía de pronto entre las rutinas de los hombres de todos los días y entre los espacios reservados ara las mujeres en honor a
bla bla bla
Palabras aquí, palabras allá. Búsquele sentido a esto, o aquello, todo, al final, es absurdo. Como es absurdo suponer que alguien, porque esriba apresuradamente haciendo su ruido de tecleo, pueda crear la imagen de un sujeto que va caminando por el metro. Vale más subirse al metro. Una imagen ale más qe mil palabras, de qué sirve que sea escrito, puede ser gritado, en el instante en que lo vemos. Puede ser callado, como siempre sucede. Quién quiere gastar energía en hablar de un sujeto en el metro, uno de esos que van entre la marea de gente, sin sobresalir -solo por que a tí se te ocurrió que por ahí pudiera haber un alma individual?-.
El género humano, rebaño, recurso, estadística, con su carpeta en el IFAI y la CIA y su valor económico -ambas cosas en su billetera- que tras romperse la madre todo el día o hastiarse en una estúpida oficina, se mete a facebook.... a vivir.
Bla bla bla.
Que costumbre tan salvaje es esta de enterrar a los muertos (en el metro).
La mente no da para más, ojalá pudiera seguir en el parque, convertido en un fauno con barba. -Como ese sabio albino-. Obviamente nada de lo que digo, hace sentido, estoy botando fluido por los oidos. Y nada de originalidad en mis versos tampoco.
De todas maneras esto es absurdo, como es absurdo el estar en una compu cuando tienes una vida. Tampoco es que tenga una gran vida, muy interesante, matizada y con muchos detalles.
Podría ahorita estar en xochimilco, o en la paca (ah no es miércoles), pero estoy aqui, despues de aber criticado a facebook todo el día, usando un blog a falta de facebook (ja, bueno, no uedo ser taaan incongruente). Al fin, da lo mismo ablar de turcos y cosas así, si no se si tealmetne tenga algo que decir. No digo que no sea divertido, perode hecho tengo algo que hacer. Adios putos.
lunes, 13 de junio de 2011
Turco, desierto, torre.
Una vez más, un viejo turco se desliza sigilosamente entre las espinosas matas de la estepa. Con ese pesado turbante enjoyado que lo hace ver más cabezón, y con esos ligeros zapatos puntiagudos que lo hacen parecer descalzo, y con esa larga túnica que ondea como seda y se escurre entre las ramas como negruzca neblina, y que lo hace ver como un fantasma, un fantasma muy galante. Y con ese paso ligero y despreocupado, que da la impresión de no ser una persona cualquiera, pues no cualquiera se desocupa tan fácilmente de los enredos y las complicaciones de la vida, sobre todo de una vida en el desierto, donde las serpientes y las plantas pican, y donde el sol no deja pensar, con sus mil agujas que se meten por el cuello y la cabeza y que hacen entrecerrar los ojos por la fuerza, y que arrugan el entrecejo y la frente y que dan a uno una mueca como de enojo, una mueca que por pura sugestión causa el hastío.
Pero ahí va ese hombre que no parece hombre, entre esas casas que no parecen casas. Pasea sus largos, delgados y grises dedos por la larga y puntiaguda barba, peina con largas uñas los espacios donde bien pudiera haber polvo, e insectos. Mira con ojos grises y profundos los caracoles donde se esconde la gente del viejo sol. Pasea entre los mercados sonde hombres exhaustos y empapados del ir y venir, del ir y venir, gritan suplicantes y ofrecen toda clase de artilugios y de útiles, y plantas y venenos y gallinas y armas y serpientes y colas de caballos y ropajes y pergaminos. Donde las mujeres envueltas en telares negros y misteriosos espían con ojos de azafrán, deslumbrantes, el mundo que les rodea buscando una fruta, o tal vez un amante. Camina entre las sombras de los puestos, mientras el ajetreo del mercado como la prisa de las hormigas frenéticas contrasta con el mundo dorado de las arenas, allá afuera, deformado en un serpenteo ascendiente por el sol, como un horno infinito, donde algún hombre demasiado valiente se arrastra arrugado y enjunto suplicando por una gota de agua. Como los grandes cantos de frescor junto a los que pasan los pliegues etéreos de este viejo turco.
En algún lugar del devorador desierto, solitaria y tal vez invisible, se eleva la antigua torre de piedra, más antigua que el tiempo, tan alta como un pilar que sostiene el firmamento, insondable desde sus afueras, inmóvil, desde que hubo algún primer movimiento. Y a sus pies las arenas se extienden, el desierto como un mar seco, con dunas como olas inmóviles -inmóviles como ese monumento inconcebible, ahí, en el centro-, hasta un infinito repleto de ciudades y de pueblos, de gentes que caminan y corren y hablan y compran y venden y duermen y trabajan y se ocupan de las cosas que llenan su tiempo. Todos esos frenéticos y diminutos hombrecillos, están, sin embargo, allá, en la orilla, en el borde del infinito mientras aquí en el centro, en el origen, más allá del tiempo de los hombres, está la vieja torre, el centro del mundo, el que muchos han buscado.
El turco camina entre las gentes, entre esas rápidas personitas, que van de lado a lado y corren y gritan y se preocupan, mientras él, sereno, casi invisible -cómo ver a alguien que no se ocupa, como ellos, en llenar el tiempo para que no lo devore?-, sondeando el espacio, el borde, los lugares donde hay lugar, los tiempos de los hombres del tiempo. Los mira impasible, los ve arremeterse hacia la nada, rodar y rodar inquietos hacia la incertidumbre, siempre esperando algo, algo seguro, para seguir cayendo, tranquilos, ilusionados, o para seguirse ocupando siempre. El camina solitario, lento, apacible, él no requiere del tiempo, el puede llegar, cuando quiera, al viejo tótem, basta con dar unos pasos, y el desierto, y las tormentas de arena que devastan el espacio entre él -el tótem- y los hombres, se abre para que pase el viejo turco, el hombre que camina seguro.
..........ya me harté ya me voy............
Pero ahí va ese hombre que no parece hombre, entre esas casas que no parecen casas. Pasea sus largos, delgados y grises dedos por la larga y puntiaguda barba, peina con largas uñas los espacios donde bien pudiera haber polvo, e insectos. Mira con ojos grises y profundos los caracoles donde se esconde la gente del viejo sol. Pasea entre los mercados sonde hombres exhaustos y empapados del ir y venir, del ir y venir, gritan suplicantes y ofrecen toda clase de artilugios y de útiles, y plantas y venenos y gallinas y armas y serpientes y colas de caballos y ropajes y pergaminos. Donde las mujeres envueltas en telares negros y misteriosos espían con ojos de azafrán, deslumbrantes, el mundo que les rodea buscando una fruta, o tal vez un amante. Camina entre las sombras de los puestos, mientras el ajetreo del mercado como la prisa de las hormigas frenéticas contrasta con el mundo dorado de las arenas, allá afuera, deformado en un serpenteo ascendiente por el sol, como un horno infinito, donde algún hombre demasiado valiente se arrastra arrugado y enjunto suplicando por una gota de agua. Como los grandes cantos de frescor junto a los que pasan los pliegues etéreos de este viejo turco.
En algún lugar del devorador desierto, solitaria y tal vez invisible, se eleva la antigua torre de piedra, más antigua que el tiempo, tan alta como un pilar que sostiene el firmamento, insondable desde sus afueras, inmóvil, desde que hubo algún primer movimiento. Y a sus pies las arenas se extienden, el desierto como un mar seco, con dunas como olas inmóviles -inmóviles como ese monumento inconcebible, ahí, en el centro-, hasta un infinito repleto de ciudades y de pueblos, de gentes que caminan y corren y hablan y compran y venden y duermen y trabajan y se ocupan de las cosas que llenan su tiempo. Todos esos frenéticos y diminutos hombrecillos, están, sin embargo, allá, en la orilla, en el borde del infinito mientras aquí en el centro, en el origen, más allá del tiempo de los hombres, está la vieja torre, el centro del mundo, el que muchos han buscado.
El turco camina entre las gentes, entre esas rápidas personitas, que van de lado a lado y corren y gritan y se preocupan, mientras él, sereno, casi invisible -cómo ver a alguien que no se ocupa, como ellos, en llenar el tiempo para que no lo devore?-, sondeando el espacio, el borde, los lugares donde hay lugar, los tiempos de los hombres del tiempo. Los mira impasible, los ve arremeterse hacia la nada, rodar y rodar inquietos hacia la incertidumbre, siempre esperando algo, algo seguro, para seguir cayendo, tranquilos, ilusionados, o para seguirse ocupando siempre. El camina solitario, lento, apacible, él no requiere del tiempo, el puede llegar, cuando quiera, al viejo tótem, basta con dar unos pasos, y el desierto, y las tormentas de arena que devastan el espacio entre él -el tótem- y los hombres, se abre para que pase el viejo turco, el hombre que camina seguro.
..........ya me harté ya me voy............
miércoles, 1 de junio de 2011
Los inexistentes parte 0
Nadie, mas que ese misterioso viajero perdido en el no-tiempo vio jamás a esa extraña raza: los inexistentes. Solo él, tras perderse durante largos años, años que no transcurren, en el viejo desierto sin nombre, donde las cosas no son ciertas, y las ideas se pierden como gritos en el vacío, en el vacío de esa nada eterna que se extiende como un manto dorado hacia el horizonte. Solo después del tiempo que nunca pasó, el instante que duró años de largas travesías entre las sombras de ciudades olvidadas y sombras que aparecían de pronto y huían despavoridas de la mirada de los hombres, o del hombre, del viajero. Solo después de ese tiempo congelado que nunca nadie sabe si es tiempo, donde se camina siempre y se camina, en el laberinto más grande, el laberinto sin paredes, donde el sol nunca se pone, donde uno no piensa en la hora, sino en seguir caminando, y seguir caminando, hasta hallar algo. Solo después de un instante que nunca ocurrió, de un sueño que podría haber sido real, solo en esa abrumadora eternidad del caminar perenne entre dunas y sombras y ciudades, y otras ideas de otros viajeros que alguna vez caminaron por ahí –o sería él, el mismo viajero, y sus pensamientos que después de lagos rodeos llegan a reunirse otra vez con él, como si fueran de otro?-. Solo, sí, solo después de todo eso, o antes, o nunca, o quizá siempre, siempre como esas llanuras que infinitamente se extienden hacia un siempre inconcebible más allá del horizonte. En el infinito cualquier punto es el centro.
Había llegado, entonces, al centro? O solo había vagado largo rato por ese centro antes de descubrir que era una ciudad? Pero no era como las otras. Esta no era de carbón, ni de sal, ni de cuarzo, ni de piedra volcánica. No era una imagen, como muchas otras, no era una broma del éter que se arremolina temeroso buscando contraerse en medio de toda esa nada que pretende siempre devorarlo, como a esas ideas vagabundas. O como a ese forastero. No. Esta ciudad era real. Y su gente no eran sombras. No eran voces. No eran murmullos o miradas perdidas que siempre miran pero no miran nada.
Eran gentes misteriosas, sí. Los inexistentes. Parecía un sueño, pero, qué vale decir que parecía un sueño? Quién puede decirlo?
Su ciudad parecía moverse, pero no en el desierto, no, siempre estaba fija, o eso parecía, el desierto siempre era lo mismo, en todas direcciones. La ciudad se movía en el tiempo. No de atrás para adelante, ni de adelante hacia atrás. Tampoco a los lados. Hay quien piensa que el tiempo es una línea. Pero este tiempo no era una línea. Era un espacio. Línea, plano, espacio. Era un tiempo de 3 dimensiones. Eso! Y el espacio, el insondable espacio que devoraba a la ciudad creciendo más y más hacia las puntas, era una línea. Eso era!
Sí, y la gente caminaba, de un lado a otro, desplazándose en el tiempo, libremente, viendo hacia delante, hacia futuros –o pasados?- que los rodeaban, cambiando de tiempo a medida que caminaban, deslizándose de un tiempo a otro para visitar a otros… otros como ellos, esos inexistentes. Esos hombres albinos, atemporales.
Y caminaban, y daban vueltas, y se movían con gracia entre los tiempos de sus vecinos, bajo las torres que cambiaban, a cada paso. Entre las gentes que también cambiaban, de formas, de ropas, de rostros.
Nuestro viajero no pretendía llegar ahí, jamás pensó que existiera tal gente: los inexistentes. El buscaba la biblioteca. La mítica biblioteca infinita, que tenía todo el conocimiento, que miles habían buscado antes que él –y seguirían buscando, mucho después de que él se desplazara, se difuminara vagando por horizontes de tiempos inalcanzables- y que solo algunos habían hallado, donde habían perdido la razón, abrumados por el conocimiento infinito, rodeados de páginas páginas páginas libros libros letras letras infinitas. Pero el llegó con los inexistentes, y con ellos se quedó. Se fue después, sí, pero se quedó. Caminando entre tiempos, recorriendo los rincones de los tiempos, mientras en otro tiempo, el ya estaba fuera, buscando el resto del infinito.
No halló la biblioteca, pero aprendió la lengua de los inexistentes, la lengua impronunciable. Una lengua como un canto, como un silencio. Como un secreto incognoscible, como un suspenso, como una fórmula intrincada, laberíntica, exacta, ambigua, poética, matemática. La habló, y la calló. Esa lengua atemporal, que no se decía, que se pensaba. N se pensaba como se piensan estas palabras. No. Se pensaba como se piensa… bueno, es imposible decir cómo.
El mismo se vio como una sombra. Una de esas sombras que vagan con su mirada –pues no tienen otra cosa, ni siquiera cuerpo- por el repetido desierto de allá afuera, esa nada que se extiende más allá de cada quien.
Conoció la ciudad, la vio a través de los tiempos, hacia delante, hacia atrás, hacia los lados. Un presente y miles presentes, pues esa ciudad no tiene pasado, ni futuro. Todos los presentes ahí están, ahora. Jamás fueron ni serán.
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