sábado, 26 de enero de 2013

Ejercicio

La señora alemjillón se contoneaba dentro de su costoso vestido de noche. En el bar de mala muerte donde se metió no toleraban a las señora se la clase alta que venían a ostentar su fortuna. El cantinero le sirvió una cerveza cuando ella pidió una copa de champagn merlot cosecha 1833. Un grupo de hombres la rodeó cuando se sentaba. El primero en hablarle fue un viejo con la mitadde sus dientes y poco menos de la mitad desu vieja cabellera aún en la cabeza. Estaba arrugao y tenía la piel gruesa, la barba mal rasurada y la ropa grasienta. El sujeto lo que queria era discutir el uso dela dialectica romana en la literatura cortesana del siglo XV. La mujer sin embargo no poía platicar de eso, era un tema nimio y sin importancia para ella que, en ese momento, había perdido a su marido. El marido de ella era un aviador del ejército nazi. Se decidió meter al ejército después de haber amasado su fortuna vendiendo chocolates de puerta en puerta. Poco después empezó a vender jabones judios para finalmente alistarse al ejército nazi al iniciar la segunda guerra. La diferencia de carácteres ocasionó un extraño malentendido, de aquellos que ocurren cuando se habla de dos cosas completamente distintas. El hombre dejó a la señora entada en la barra y salió por la puerta seguido de su séquito de hombrecillos graves, lánguidos. La mujer sencillamente suspiró, pidió otra copa de chardonnay, y se tragó de un solo trago el tequila que le sirvieron. Afuera la cosa estaba grave. El país desertico se sentía solitario, el silencio reinaba, y el aire de misticismo que penetraba cada rincón y empapaba las consciencias de los habitantes y los visitantes parecía haberse endurecido y a punto de desmoronarse con un ligero golpe. Un joven justo afuera de la cantina, que se apoyaba en la puerta divisó a lo lejos, en medio del tiempo detenido y de las ondas que levantaba el sol sobre la arena, unas extrañas figuras se acercaban lentamente. Un grupo de comerciantes montados en camellos blancos, con la cabeza envuelta en turbantes retorcidos de trapos gastados y empolvados, avanzaban impasibles a la cantina que era el centro del pueblo. En realidad el "pueblo" consistía en una taberna y unas pocas casas de barro amontonadas en torno. Se encontraba a mitad del vasto desierto, sin caminos que lo conectaran con algún otro lugar del mundo entero. Era como un sueño. Los comerciantes envueltos que se acercaban llegaban ahí una vez cada año, vendiendo toda clase de menjurjes, venenos, animales fantñasticos, inventos de otro mundo, atavíos antediluvianos, metales de colores inimaginables, ropajes de telas que recordaban al humo o a la niebla... Al pasar ellos, la gente les cedía le paso, con lo que pudieron llegar a la cantina sin detenerse, donde se apearon y comenzaron a tocar sus instrumentos. Parecía un encantamiento, una escena de tiempos ancestrales, la atmósfera se cargó de electricidad, la gente los contemplaba embelesada, y una negra larga y delgada brincó fuera de un jarrón que descansaba entre ellos, envuelta en delgadas gasas tornasol, y bailó dando vueltas, brincando, retorciéndose, corriendo por toda la escena e incluso entre la multitud, se metía a la cantina, se subía a los techos, y corría, se iba a perder al desierto para llegar por el otro lado casi al instante. La multitud pareció entonces sobrecogida por una misteriosa revelación. El mundo se disipó. Ya no había en el universo más que la cantina, los gitanos, la gente, y el desierto. Más allá, nada. Nada de guerra, de historia, ciencia, tecnología, ya nada de gente ansiando poder y dinero, ni literatura francesa neoclásica. La llanura desértica no era sino un laberinto de espejos. La cantina y los gitanos lo eran todo. La gente podía ver los astros sobre sus cabezas moverse veloces, danzar entre ellos, tocando música. Una música profunda acorde con los misteriosos instrumentos de los gitanos. Un chillido interrumpió el trance. Las personas salieron de su profunda meditación en los misterios del universo entero cuando una señora gorda, envuelta en un apretado y costoso vestido de noche, negro y brillante, comenzó a gritar a viva voz con una voz tan aguda que quebró los tímpanos de más de uno. De entre los gitanos se levantó un viejo que nadie hasta entonces había visto. Muchos creyeron que apareció de la nada con sus poderes místicos. Era un tipo moreno y flaco, con la piel pegada a los huesos. Llevaba una larga y blanca cabellera hecha rastas, tambien una larga barba blanca y pajosa, amarrada cerca del final con un pequeño lazo. Sus ojillos la miraron atentamente mientras se acercaba a ella, que se paraba a la entrada del bar con la gorda cara enrojecida. El anciano se le acercó hasta estar de frente a ella, algo más alta que él. Levantó un dedo con ademán autoritario y con un solo movimiento que nadie, mucho menos la señora, alcanzó a ver del todo, le metió un bofetón que rebotó haciendo ecos por todo el desierto, que incluso cimbró los planetas que se detuvieron en su camino allá, a lo alto.
El viejo se dio la vuelta y regresó con los músicos. La mujer se quedó quita, paralizada, como una estatua de cera -que empezaba a sudar profusamente- mientras que el sucio hombre del bar que se le había acercado la miraba con desaprobacion por entre la multitud, sin que faltara detrás de el su grey de falderos. Los músicos reanudaron la música y la gente volvió a prestarles la atención interrumpida. Así pasan las cosas a veces.

El pasillo

El pasillo de la casa Wellington es largo, de paredes blancas y bien iluminado. Una ceremoniosa alfombra roja lo atraviesa conectando la puerta que comunica a la calle con la del otro extremo donde aguarda la entrada a la sala principal. Aparte de los pasos de los sirvientes que resuenan haciendo ecos por la enorme estancia, y las esporádicas pláticas entre el Sr. y la Sra Wellington o con el mayordomo, la sala se halla en un estado de perpetuo silencio. Igual sucede con el pasillo y la calle afuera, en esa tranquila colonia de la clase alta.
El día del fin de mundo, sin embargo, era muy diferente. Ese día parecía haberse librado todo el ruido y el movimiento que había sido reprimido durante siglos. Al centro de la sala principal se hallaba en ese momento el Sr. Wellington mirando incrédulo la escena. Ese día era el fin del mundo. No era uno de esos apocalipsis que se anuncian cada veinte años como amenaza. Ese día, al despertar, muy temprano, todo el mundo se hallaba ante la noción de un inminente fin del mundo, que nadie podría eludir y que ocurriría ese mismo día a media noche. Desde entonces el mundo pareció activarse, y hasta los más perezosos y en apariencia faltos de aspiraciones se dedicaron a hacer todo lo que habían decidido que debían hacer antes de morir, y habían estado atrasando durante años. La propia Sra. Wellington puso a correr todos sus proyectos de mejoramiento de la casa para hacer una lujosa fiesta de fin del mundo. El hijo mayor dio rienda suelta a su aspiración reprimida se convertirse en un artista, o en un filósofo, cosa que había tenido que sacrificar ante el deseo de sus padres de hacerlo corredor de bolsa. La hija tomó una actitud similar y ahora se dedicaba a aprender a bailar todos los bailes de moda. Y para acabar, el mayordomo había deseado desde hacía años renunciar a un empleo que odiaba. Y precisamente eligió el fin del mundo para hacerlo y dar aún más trabajo al propio Wellington y su familia.
El Sr. Wellington fue el menos afectado por este apocalipsis. Era de hecho su sangre fría ante todos los asuntos de la vida y de la muerte lo que le había dado el poder de decidir con el que se había amasado su fortuna. Y ese día no era la excepción. Tras los extraños sucesos de esa mañana el Sr. Wellington sencillamente se encogió de hombros, cogió su periódico, y salió a tomar el té. Ni siquiera se inmutó cuando se dio cuenta que el mayordomo se había ido y debía él mismo preparar su bebida. Su esposa sin embargo se puso a trabajar en seguida, y en tan solo unas horas había llenado el lugar de carpinteros, herreros, orfebres, modistas, joyeros, diseñadores de interiores, y cuanta muchedumbre pudo para hacer un verdadero gentío que corría, gritaba, andaba de un lado a otro acarreando cosas y martillando otras, como si ese día, dentro de la mansión se estuviera construyendo la propia torre de Babel. Y así se encontraba el lugar a medio día cuando el Sr. Wellington se encontraba parado al pie de la enorme fuente mirando absorto todo el espectáculo.
El Sr. Wellington había nacido en el seno de una acomodada familia inglesa, y era, por tanto, un típico englishman en medio de estepaís latino. Ostentaba un espeso bigote blanco y unas patillas espesas y anticuadas copiadas de su abuelo, que lo vigilaba todos los días con un monóculo y sombrero de copa en un viejo retrato colgado en la oficina. Era un tipo gordo y, generalmente, impasible. Impasible al punto de contrastar con el bullicio que lo rodeaba en ese momento y lo hacía parecer una escultura de cera al pie de la gigantesca fuente rococó a sus espaldas.
Ahora el Sr. Wellington tenía que escapar de todo ese gentío que ya lo empezaba a abrumar. Su oficina, el único lugar tranquilo que pudiera haber hallado en toda la casa le había dado una sorpresa cuando, al entrar, lo recibió lleno de publicistas, contadores, actuarios, corredores de bolsa, científicos, doctores, inventores, etc. Se habían presentado con todos los motivos. Publicidad de emergencia para shampoo con motivo del apocalipsis, grandes pérdidas, otras tantas ganancias, propuestas de arriesgadas inversiones en la bolsa, renuncias, nuevos inventos, préstamos para hacer viajes a la india a meditar, y cuanta cosa se le pudiera haber ocurrido a cualquiera que tuviera contacto con un señor adinerado como el Sr. Wellington.
Ahora, después de escapar de ese pequeño infierno que antes fuera su espacio privado, cruzaba a grandes zancadas la sala. Llegó, pues, a la puerta que conectaba al pasillo para poder salir a la calle.
El portazo resonó en el silencioso y amplio pasillo que se presentaba al Sr. Wellington como un agujero en la realidad. Toda la tensión que el ruido, las voces y los trabajos de la gente habían acumulado en la cabeza del Sr. Wellington se dispersaron como fantasmas amontonados que de pronto fueran iluminados por un enorme reflector. El Sr. respiró hondo. Cruzó el pasillo para salir a la calle a tomar aire, seguro ya de haber escapado al caos que había dejado atrás.
Al salir a la calle, sin embargo, se dio cuenta de su error. Al trasponer la puerta se encontró afuera con el mismo ambiente que había adentro. El enorme patio se encontraba lleno de jardineros que cortaban frenéticos los arbustos para darles formas de gansos, elefantes, jirafas. Otros cargaban enormes costales de abono para irlos a poner junto a otros jardineros que plantaban toda clase de flores exóticas. Algunos mozos lavaban los vidrios o pulían las rejas que comunicaban a la calle, e incluso había albañiles levantando el suelo para poner adoquines de mármol. En la calle la situación no mejoraba, al parecer todo el mundo había decidido hacer todo lo que no habían querido hacer durante su vida entera. Sorprendido por la escena dio media vuelta y volvió a entrar por donde había salido, de lo cual nadie en el ajetreo aquel se percató.
Otra vez estaba el Sr. Wellington en el pasillo, sin poder creer todo aquello. En ese pasillo estaba el silencio que él buscaba, y en él se sentía tranquilo. Sin embargo un largo pasillo como aquel lo echa a uno a andar, presto a dirigirse al otro extremo. Y eso mismo sucedió con el Sr. Wellington, que, cuando se dio cuenta, ya avanzaba a grandes zancadas como solía, y se hallaba a medio pasillo. Aminoró el paso y se detuvo antes de echar vuelta al picaporte y desatar el ruido que lo esperaba del otro lado.
Dio un par de vueltas, pensativo, por la estancia. Podía caminar tranquilo pues todos los trabajadores se quitaban de su camino al verlo venir. Sin embargo no podía concentrarse mucho y la idea de buscar un lugar tranquilo lo empezaba a atormentar. Disimuló buscar a su esposa, preguntando por ella un par de veces sin que supieran darle razón, y entonces fingió suponer que estaba afuera, en el jardín dando órdenes, órdenes, órdenes.
Otra vez atravesaba el pasillo silencioso, caminando esta vez lento y con cautela, como procurando que sus pasos no se oyeran. Abrió de nuevo la puerta principal y se hallaba en la luz de mediodía viendo a la gente correr y trabajar y llevar a cabo cuanto se les había asignado. Esta vez ya conocía la situación, así que sencillamente echó a andar hacia la calle, pensando buscar un parque o cualquier lugar que le pudiera dar un momento de paz. Al bajar la calle vio una iglesia, que podría haber sido un buen refugio si no fuera porque en ese momento se llevaba a cabo una -apresurada- boda. Más adelante vio el café donde solía leer el periódico después de comer, sin embargo estaba lleno de intelectuales que habían decidido acabar el mundo haciendo lo que mejor sabían: discutir acaloradamente, en este caso sobre el sentido de la vida. El parque estaba lleno de románticos que se recitaban poemas y gritaban a los cuatro vientos el amor eterno y demás cosas de telenovela, la peluquería, un lugar siempre silencioso, estaba atiborrado de tipos raros vestidos de naranja esperando a raparse y cantando en voz alta sonidos guturales desde lo profundo de su garganta. Y en todas las calles el frenesí era el mismo que había en todos los rincones del universo en ese momento. Todo un gentío apresurado, apretando el paso, llegando siempre tarde pues había mucho que hacer y muy poco tiempo, otros reían o lloraban a viva voz y otros iban por ahí abrazando a todos los transeúntes que se separaban violentamente para seguir con su importante camino, incluso había un tipo enjuto, calvo y barbón, de apariencia miserable sosteniendo en alto una biblia y gritando algo del arrepentirse y demás. Así es, todo el universo se había inundado de ese ruido y ese absurdo ir y venir y preocuparse y apurarse, ni en su propia casa tenía él resguardo, en el más mínimo rincón. Y sin embargo si había un pequeño rincón donde podía hallar una momentánea paz. Dirigió, pues, sus pasos de vuelta a su casa, compró, como para dar razón de ello, el periódico -"FIN DEL MUNDO" decía- aunque ya lo tenía en su oficina, y se apresuró como todos, rumbo a su casa, a la que entró sin prestar atención a los llamados de un jardinero que tenía un asunto de vida o muerte que resolver en cierto sector del jardín.
Definitivamente le empezaba a gustar ese pasillo. Sería el lugar perfecto si no fuera porque en un pasillo se camina, se llega al final, y empieza de nuevo la pesadilla. Y el Sr. Wellington lo que quería era caminar sin tener que llegar a ningún lado, o sentarse a tomar un café. Entró nuevamente en la casa y se dedicó a atender a la gente, buscando siempre una razón para tener que salir a la calle de nuevo, donde ya lo sabía: tendría que encontrar motivo para entrar otra vez.
Anduvo, pues, caminando de un lado a otro, atendiendo asuntos, hablando con la gente. Se fundía por momentos con el pequeño mundo frenético en que se sumergía la demás gente. Y cuando veía la oportunidad, bajo algún pretexto o llevando a cabo algún menester, cruzaba a paso lento, procurando estirar el tiempo, por el pasillo solitario que lo conduciría al exterior o al interior, dependiendo de dónde estuviera. Así pasó la tarde, y ya estaban prontos los preparativos para la fiesta de su mujer. Las invitaciones de la fiesta apocalíptica habían sido enviadas y ahora todos se hallaban más nerviosos y apurados que nunca, a pocas horas del fin del mundo, y especialmente su mujer, presta a dar la mayor fiesta de la historia. Mientras tanto el Sr. Wellington bailó con su hija el Fox-trot, discutió teología con su hijo, y financió proyectos para empresas emergentes que sabe Dios cómo iban a levantarse en menos de 6 horas.
Sin embargo, cuando el Sr. Wellington parecía estar en control de su tiempo y su silencio, pasó algo que él mismo no esperaba. Al salir por el pasillo quedó perplejo al ver un par de meseros correr por el pasillo como si el mundo se fuera a acabar para desaparecer azotando al puerta detrás de él en casi un instante. Decidió no prestar importancia a eso, pero ahora, cada vez que escapaba al pasillo para despejar su cabeza, había siempre alguien ahí, y cada vez había más. Y he aquí que el ruido del interior se fue a mezclar con aquel de la calle, amontonándose en el pasillo, dejando al Sr. Wellington tan estresado como aquella mañana, sin saber a dónde ir para huir del tumulto.
En efecto, aún cuando el día estaba a pocas horas de su final, nadie parecía haberse dado un minuto para respirar, sofocando con ello al pobre Wellington, que ya no podía disponer de su sagrado pasillo para desentenderse del mundo y sus absurdos. Para acabar, las últimas horas de la tarde prestaron un sentido de urgencia a todos los que acudieron a él por algún motivo o menester, y ahora todos ellos lo perseguían, le hablaban, lo consultaban, le explicaban sus razones, sin que pudiera huir a las inquisiciones y los infinitos asuntos que le tenía preparado el Juicio.
*****
Ya la media noche está cerca. La fiesta ha sido indudablemente un éxito. Tantos preparativos, tantos dolores de cabeza le habían costado a la Sra. Wellington que ahora contempla orgullosa su fiesta. Llega al final de su existencia con la más grande y majestuosa fiesta de todos los tiemos -y esto es ya definitivo-, ha cerrado con broche de oro. Se pasea entre las distinguidas gentes sonriendo, platicando, moviéndose como en un sueño. Despreocupada se halla ya de la edad, los cosméticos, la opinión pública, el vestido de la esposa del presidente, con quien ahora latica gratamente, olvidada la vieja rivalidad femenil. Los distinguidos invitados charlan, bailan, ríen. Conforme se acerca la media noce, sin embargo, algo así como una marea se eleva entre los asistentes: es la expectativa de lo que va a ocurrir. Gradualmente las diversiones y los juegos son abandonados. Faltan ya unos minutos y un barullo preocupado llena la espaciosa sala principal. El reloj pasa sus manecillas con cuidado, se detiene en cada minuto. El últmo minuto parece congelarse, cada segundo se arrastra con dificultad hacia el siguiente, y aún más pesado hacia el que sigue.
La gente ensimismada, se dispone a registrar los últimos segundos, como lo hacen cada año nuevo.
Diez...
El tumulto es general, voces, comentarios.
Nueve...
Los nervios se tensan, los corazones se aceleran.
Ocho...
Las voces seelevan, conteniéndose apenas.
Siete...
Súbitamente, por encima del murmullo homogeneo, una poderosa voz
Seis...
-Señores!
Cinco...
Una voz profunda, en lo alto de la escalinata, una figura.
Cuatro...
Arriba, el Sr. Wellington domina la escena
Tres...
El eco de su voz aún retumba por el pasillo
Dos...
Silencio Sepulcral.
Uno...
Todos los ojos fijos en él.

miércoles, 23 de enero de 2013

Enseñanza

El gordo Cant chupó a su pipa, frunció el seño mientras contemplaba al imberbe muchacho, y tras soltarle en la cara una bocanada de humo, se dedicó a pasear por la estancia con aire inquisitivo. Se le veía concentrado, sus pasos largos resonaban en el grueso silencio, mientras que la larga cola de su abrigo de terciopelo rojo se arrastraba por el suelo.
-Es ciertamente un deber social, y un menester personal, el cumplir con las obligaciones que a uno le sean asignadas en el transcurso de su vida, de otra manera, ¿qué sería del mundo? Es inconcebible tan solo la idea de escapar a las tareas personales con motivos e ideales propios de la temprana juventud. ¡Ah, si, ya se!, el amor, la libertad, los derechos humanos y la igualdad. Todas esas son cosas que conciernen a uno que está en la edad de querer descubrir el mundo, y aún más, de adueñarse de él. Cuando uno es joven es inocente, no conoce la complicada maquinaria que hace girar al mundo, y por lo general suele pensar que se tiene la razón. Se puede pasar la vida discutiendo, debatiendo, argumentando, oponiéndose a la autoridad establecida en un acto de rebeldía que nace de lo más profundo de nuestro ser y es imposible acallar. Lo se, yo lo se, Joven Freelance, yo también experimenté esas sensaciones en mi edad temprana, yo también soñaba con el amor de una bella mujer, que oliera las rosas, que esuchara el tañir de las aves y el dulce siseo del viento al acariciar los árboles, cuyas dulces sombras me entregaron embriagado al dulce placer de las... -Cant titubeó, se paró en seco y con ello cortó el afluente flujo de sus fluidas palabras. Volvió a chupar la pipa, y tras exhalar el humo con la cabeza inclinada, mirando hacia el cielo raso, continuó con su exposición -. Es claro que usted, joven Freelance, se me ha acercado hoy con la más resuelta actitud. Esta nueva tierra ofrece un sinnúmero de oportunidades, tal vez demasiado tentadoras y deleitosas para los jóvenes como ud, que ansiando la libertad y corriendo tras los sueños de una vida de aventura y emoción, se dejan llevar por los planes prematuros, sin conocer los verdaderos riesgos y responsabilidades que tales proyectos conllevan. Pero ya he hablado demasiado. Hablando se va la vida y ésta se escapa exhalando un último aliento, sin que las últimas palabras importen más que el recuerdo que dejan impreso en su familia, si es que acaso contienen algún significado trascendente, una revelación, o el número de la cuenta bancaria. Pero déjeme advertirle a ud, joven Freelance, y déjeme decirle, desde la perspectiva de un viejo que ha vivido y ha sabido vivir, ateniéndose a las responsabilidades y al duro trabajo con que nuestros padres, descubridores de este nuevo mundo, forjadores de esta nueva industria que algún día llevará al mundo hacia horizontes inimaginables, hacia una nueva y mejor calidad de vida, ejem... -Volvió a inhalar su pipa-. En fin, ¿cómo decía? Ah, si, si. Le advierto que el mundo está plagado de peligros, escúcheme, usted puede atenerse a la seguridad que ofrece el mundo civilizado y sus métodos, los cuales, déjeme decirle, no son fortuitos ni gratuitos, han sido estructurados desde tiempos remotos, ¡desde el propio Platón, por dios!, para ofrecer un método y una praxis de trabajo que, aunque parezca largo y penoso, al final del camino ofrece la oportunidad de cosechar los frutos del trabajo, los cuales se traducen en éxito, éxito, ¡éxito! -En este momento su respiración se agitaba, su voz cobró un matiz fulminante, y siguió caminando por la habitación, sin voltear a ver una sola vez al muchacho para dar un aire de importancia e interés a la sabiduría que por misericordia había resuelto en verter sobre esa alma jóven. El muchacho, pensó, sin voltear a verlo, debe estar prestando la mayor de las atenciones, erguido derecho en su lugar. Continuó- Así pues, jóven, haga usted lo que quiera, no desperdicie su tiempo y su aliento con falsas y dulces promesas, deje de corretear a las muchachas de la plantación, por dios, ¡deles un minuto para respirar! -Rió con gracia, seguro de que Freelance captaba su buen humor, con el fin de aliviar la tensión y el tono de reproche-, así pues, jóven, no crea que yo no le entiendo, pero aquí tiene usted dos opciones: salir a aventurarse, y enfrentarse a lo desconocido, merced a quién sabe qué peligros, o quedarse a trabajar, seguro de que algún día tendrá el tiempo, el dinero, y la seguridad, para salir a explorar el mundo con sus sirvientes -¡piénselo, sus propios sirvientes!-, y satisfacer su alma juvenil. Recuerde -Agregó con un tono amenazador- que yo soy dueño de todas estas tierras, y que el brazo de la ley puede ser implacable.
Dicho esto volteó hacia el lugar donde el muchacho se hallaba parado, listo para ver su propio triunfo, el elocuente fruto de su estudiada retórica, en la pasmada y reverente expresión de un muchacho dispuesto a seguir sus órdenes, y sin embargo lo que vió... ¡el muchacho había desaparecido!. El Sr. Cant Se hallaba atónito. Dejó caer la pipa y miraba con los ojos bien abiertos el lugar que Freelance abandonó en quién sabe qué momento de la extensa perorata. Mientras él se extendía hablándole de los por qués y los cómos y las máximas de sabiduría mundana, el irrespetuoso jóven no hizo más que retirarse y llevar a cabo los planes que en breves palabras confesó hacía unos minutos.

viernes, 18 de enero de 2013

Phillip Brains


Phillip daba su paseo regular por el estacionamiento, aquellos paseos de reconocimiento que hacía todos los días por las distintas áreas del centro comercial. El del estacionamiento era uno de los más importantes, pues presentaba una entrada abierta de par en par para los invasores.
Phillip Brains era un típico ciudadano norteamericano, de unos 26 años de edad, estatura media, complexión media, educado como todos con gran esmero por los medios de comunicación, a saber películas, videojuegos, series televisivas, noticiarios, tiras cómicas, internet, revistas populares... Trabajaba en un centro comercial, en el área de ventas de cierta tienda de electrónica. A ese trabajo se dedicó con gran esmero, resultando de ello la nómina de empleado del mes varias veces consecutivas. El motor de ello, sin embargo, era muy diferente del que sus jefes sospechaban.
En efecto, no se trataba de un muchacho en la flor de su juventud aspirando a ser un gran empresario, un joven servicial con un brillante futuro por delante. Tampoco era un borrego de aquellos que obedecían sin preguntarse por qué, satisfaciendo etc. No, Phillip era perfectamente consciente de su situación y todo lo que hacía lo hacía con la más secreta intención. Anonadado por el bombardeo visual e informático de la propaganda mediática, se ocupaba de cuidar todos los detalles posibles que le permitieran sobrevivir en caso de un apocalipsis zombie.
Phllip daba, pues, su paseo semanal por el estacionamiento del centro comercial -un centro comercial, el lo sabía, era el mejor lugar para refugiarse en caso de una invason zombie-, conociéndolo a fondo, observando todos los detalles pertinentes a cualquier situación que se pudiera prestar. Pasó entonces por el lugar que más le desagradaba en toda la instalación. Tanto así que rara vez se había ido a meter ahí: los cuartos de voltaje y calefacción. Era evidente, no obstante, que nada es previsible, uno nunca sabe cuándo puede hallarse uno en una situación desagradable -sobremanera desagradable, teniendo en cuenta el hipotético panorama-, y era mejor tener conocimiento de los detalles pertinentes. Entró, pues, al área de calefacción y voltaje.
El lugar era oscuro, ruidoso, peligroso, cerrado, y lo único a su alcance que podía servirle de arma era un extinguidor probablemente olvidado y viejo. Era el peor lugar, en toda la ciudad, para hallarse a mitad de un apocalipsis zombie. Sin embargo era menester conocerlo, y Phillip prácticamente no lo conocía.
Y he aqui que, justo en el peor momento, cuando nuestro héroe se hallaba al fondo del oscuro corredor, comenzó lo más temido. Afuera, lejos, apenas perceptible por el intenso ruido que ocasionaban los generadores de voltaje, se escuchaba evidencia de que el día esperado había llegado. Esta clase de cosas suele tomarlo a uno por sorpresa, ¿quién no se ha topado con una desagradable invasión de muertos vivientes en el momento menos oportuno? Afuera, lejos, se escuchaba el ruido de pies arrastrándose, gritos sordos, jadeos; las puertas del pasillo azotaron, se escucharon tambos cayendo y todo tipo de estruendo, incluido algún grito de mujer, algo que no puede faltar en un ataque zombie.
Phillip se congeló, no podía haber llegado en peor momento. No se atrevia a moverse, cualquier ruido podía delatarlo. Lejos, casi inaudibles, se escuchaban jadeos, ellos estaban ahí. Trataba de caminar, podía aún llegar al extintor sin hacer ruido, después pensaría que hacer. Contuvo la respiración tanto como podía. Tenía los nervios a flor de piel, las rodillas le temblaban y solo la voluntad lo mantenía aún en pie. Se había preparado durante años, al punto de volverse un experto en supervivencia para ese momento, y se hallaba atrapado, rodeado, con mínima probabilidad de escapar. Y todo justo en el inicio.
Logró llegar al extintor, aún se hallaba a varios metros de la puerta, y el estruendo de las máquinas le impedía atisbar lo que ocurría allá afuera. Se escucharon unas llantas patinándose contra el pavimento, algo fue derribado más lejos.
Phillip rápidamente maquinó un plan. Tomó el extintor y con paso sigiloso se dirigió hacia la puerta. Estaba cerrada, afuera todo parecía estar tranquilo. Se escucharon pasos.
Ya no había tiempo que perder, en un impulso hizo cuanto podía y tenía a la mano. En un solo movimiento abrió la puerta con una patada y sin darse tiempo para averiguar vació el extintor sobre unas figuras humanas -muertos vivientes, seguramente- que caminaban justo afuera, lo dejó caer pesado sobre sus cabezas y corrió hacia el centro comercial, preparado para todo.
Al abrir la puerta que comunicaba el estacionamiento con el área de las tiendas, tuvo un sobresalto.
Sorpresivamente, todo ahí dentro era la vida de todos los días, ningún indicio de no-muertos devoradores de cerebros. Pronto comprendió todo. Aquellos ruidos debían ser un borracho, o un hombre muy violento. Las figuras eran probablemente empleados y él, si lo habían visto, se hallaba ahora si en problemas. El cuarto de máquinas lo había puesto nervioso, precisamente por eso odiaba ese lugar: siempre le pasaba lo mismo ahí.

viernes, 4 de enero de 2013

El templo

El templo se mantiene en pie desde la noche de los tiempos. Ya ha miles de años que está a punto de caerse.
En aquella remota época, ya tenía más de dos mil años en este estado precario, siempre a punto de desplomarse con un estruendo. Ese viejo templo fósil, el más grande del extenso país selvático y oscuro, cerca del cual cruza un majestuoso río, cuyas aguas rugen con fuerza en su vertiginoso correr eterno, y cuya furia puede alterar el equilibrio de la selva entera, hasta las lejanas montañas que se alzan al cielo como una pared recortada en puntas y peñascos, entre las cuales se sostiene el mundo entero.
El ominoso templo se levantaba desde hacía cientos de miles de años, y ya en aquella remota época difícilmente se sostenía en pie. Sus paredes estaban partidas por gruesas grietas en donde crecían las enredaderas amenazando con devorar la estructura. los tablones podridos del suelo podían ceder ante cualquier peso y se hallaban infestadas de hongos de colores brillantes.
Cada mes, en luna llena, una grey de hombres graves se acercaba a paso lento. Con la cabeza cubierta como monjes capuchinos, asomando unas largas y delgadas manos grises bajo las envolturas de sus túnicas, se reunían a la entrada del templo y ejecutaban una lenta y extraña danza. Parecía una de esas danzas frenéticas y salvajes que hacen los forasteros en torno a sus ídolos que se paran sobre un pie, con dedos largos y cuernos retorcidos, asomándose entre el fuego y esbozando una mueca burlona y maliciosa. Sin embargo aquí lo que se hallaba al centro era el gigantesco templo, que elevaba su punta al cielo gobernando la llanura entera. Los hombres danzaban de una manera extraña, pero lenta, cada vez más lenta, como si en ese momento el tiempo aminorara y se arrastrara pesadamente, cada vez más lento hasta casi detenerse por completo. En ese momento los hombres se hallaban en las más extrañas posiciones como estatuas atrapadas en medio de un caos; era entonces que llegaba el pequeño saltimbanqui.
Llegaba corriendo una pequeña figura envuelta en harapos de todos los colores, con enormes ojos negros y esbozando una larga sonrisa, era de miembros pequeños, delgados y ágiles. Se detenía ante las estatuas y su rostro reflejaba la malicia de los actos que cometería a continuación. En ese momento agarraba tinturas que juntaba en la selva y tenía guardadas en una paquete, y aprovechando la inmovilidad de los tipos aquellos, se dedicaba a pintar en sus rostros grises y arrugados, en las largas barbas blancas que descendían hasta el pecho, con colores y formas sin sentido, luego bajaba de sus cabezas, agarraba los frutos y los granos que dejaban bajo el umbral del templo como ofrenda, tirando también los inciensos y desperdigando las piedras y cristales que junto a ellos habían.
Entonces se iban y poco después los viejos despertaban de su inmovilidad, regresando al tiempo que vivía el resto del mundo, se miraban unos a otros y a continuación la ofrenda profanada, se asomaba la furia en sus ojos, entonces se retiraban murmurando y encorvados bajo el peso de sus propias cabezas.
Durante los días los viejos simplemente se sentaban cerca del templo, guardando una distancia respetuosa y cantaban con una voz profunda desde la garganta, en un potente ruido que envolvía las cosas y las penetraba por ósmosis, retumbando por todos los sistemas planetarios. El saltimbanqui entonces se trepaba por las enredaderas que envolvían las paredes del templo y se encaramaba en el grueso árbol, casi tan antiguo como el templo, cuyas poderosas raíces ganaban terreno a los cimientos del edificio; sacudía las ramas y brincaba con fuerza sobre los pisos más altos, y se colgaba de las vigas, tentando la resistencia de la estructura en un afán por acelerar su derrumbe. Los viejos al verlo detenían sus cantos, se levantaban pesados, sin renunciar al aire impasible y pesado que siempre llevaban, recogían piedras del suelo y las aventaban al saltimbanqui que las esquivaba brincando, bailando, burlándose de los viejos.
Los viejos comían solo raíces, que guardaban durante meses y escondían entre las enormes piedras cercanas, para ir a comerlas una vez al mes. Pero cuando ninguno de ellos lo veía, el saltimbanqui encontraba siempre las raíces y espolvoreaba en ellas un polvo rojizo que provenía de cierta planta seca que encontraba, que picaba como ninguna otra especia en el mundo. Los viejos al comer las raíces, se les enrojecía la cara y corrían de un lado a otro, dando brincos y tirándose al suelo a patalear y maldecir en un dialecto extraño, antiguo y obsoleto. Tiraban entonces las raíces y se quedaban sin comer por todo un mes.
Estas y otras son las travesuras del saltimbanqui que no tenía piedad con los viejos graves.
Y he aquí que cierto día llegó el Antiguo, el Supremo. Se podía percibir su llegada pues el cielo enrojecía, y las aves todas comenzaban a cantar al unísono con sus miles de voces, como anunciando la llegada de un príncipe a la corte del rey. Tras ello volaban despavoridas pues los árboles se sacudían a su paso, pues él, el Sabio, el Iluminado, era enorme y con sus grandes manos inclinaba los árboles para que no le estorbaran al pasar.
A su llegada al templo los monumentales árboles se sacudían violentamente y una lluvia blanca de esporas descendía lenta y ligera, llenando el aire, y en la bruma artificial que esto generaba, se asomaba entonces el rostro del Primero, el Original.
Por su tamaño y por la textura de su piel, cualquiera podría haberlo confundido con un árbol. Sus larguísimos dedos podían pasar por lianas o manglares, su delgada y quebrada nariz por una frágil ramita en cuya punta brotaban unas pequeñas hojas.
Los viejos, reuniéndose en torno al Sabio, al Omnisciente, se descubrían por vez única las cabezas. Estas eran calvas y grises, enjutas, con unas pobladas cejas blancas y una barba blanca larga larga. Sus ojos eran apenas unas pequeñas rendijas entre las que se asomaban unos diminutos ojos completamente negros, sobre las narices aguileñas, entre las intrincadas arrugas del rostro. Entonces el Primigenio, el Ancestro, hablaba en un antiquísimo dialecto, con una voz que recordaba a la madera al quebrarse, cuyas frases acababan con un siseo como de un árbol al ser derribado, o las hojas cuando las mueve el viento, o el silbido de la serpiente.
El saltimbanqui en ese momento se trepó a Su cabeza aquel mientras hablaba lentamente, cargando con cada palabra y extendiéndola como los millones de años que tenía de vida. Le pintaba la cara, le ponía bigotes y barbas de musgo, y en la cabeza, que recordaba a un tronco volteado de revés asomando sus raíces, atoraba flores y ramitas. Los viejos al verlo abrían los ojos tanto como podían, arremangaban sus túnicas grises asomando brazos y piernas en exceso delgados, y brincaban como animales extraños, lanzando gritos secos, como para espantar al saltimbanqui de la cabeza del Antiguo, el Insondable.
Éste, alzó la mano por sobre su cabeza, y con larguísimos dedos agarró al pequeño saltimbanqui que bailaba sobre su cráneo, y lo sostuvo frente a sus ojos rojos. El saltimbanqui diminuto parecía un ratoncito en las monumentales manos, agitando asustado sus brazos y piernas para desasirse. De la rendija que era la boca del Omnipotente, el Imperecedero, brotó su voz de madera quebrada en un ruido que pareció una carcajada. Abrió los dedos y dejó caer al diminuto ser, bajo el cual se abrió el vacío con toda su profundidad. El Prodigioso, el Mago alzó las manos al cielo y dio un solo aplauso cuyo profundo ruido retumbó por el espacio, metiéndose en los rincones más ocultos de la selva. La oscuridad dominó entonces, apagándolo todo, y luego un resplandor rojizo, de procedencia incierta inundó la escena. Frente al templo, en medio de un claro, el saltimbanqui teñido de rojo se hallaba rodeado de los monjes que en ese momento se acercaban a el en corro. Entre ellos otros monjes incorpóreos como ellos se levantaban de la tierra, y avanzaban todos cerrándose sobre el pequeño, que a su vez cogió un pesado tronco y se dedicó a golpearlos a todos en la cabeza, clavándolos en la tierra como a topos en un juego de niños. En esos momentos se reía y daba vueltas corriendo. El Impasible, el Grande, solo miraba la escena, sin intervenir. Cuando el saltimbanqui acabó de aplastarlos a todos, aquel se alzó por vez primera en toda su estatura, más alto que el templo mismo, con la cabeza rozando las nubes. Extendió el brazo y con un solo dedo, que caía como una liana en el aire apuntó hacia abajo, al lugar donde se hallaba el travieso que era frente a él como un insecto.
Y he aquí que en el lugar donde el hombrecito se hallaba estalló en una potente luz que se esparció por los 3 mundos iluminando toda la creación. El viento se enfureció y los aires de las cuatro esquinas corrieron a girar en torno al Viejo, al Profundo que, envuelto en un torbellino de vientos vertiginosos, desapareció, dejando la escena vacía, y la selva entera en una tranquilidad repentina que hundió al mundo entero en un silencio absoluto.
Aún hoy el templo permanece en pie, siempre esperando el momento de desplomarse sobre si mismo. En la entrada de éste, una pequeña estatua de piedra, de un hombrecillo pequeño, de miembros delgados y cortos se para ágil sobre la punta de un pie, como danzando, sosteniendo en la mano un enorme tronco. En el rostro esboza una sonrisa de oreja a oreja. En las noches de luna llena, al crepúsculo, cuando el sol teñido de rojo proyecta largas sombras dentro del templo, éstas se levantan de la tierra formando espectros que se mueven y danzan. Las luces del templo se encienden y los espectros se animan en vueltas pesadas y espasmódicas a la luz plateada que entra bañándolos por entre las grietas y ventanas. Al llegar el alba, cuando el horizonte se torna anaranjado y las sombras huyen despavoridas, cierto grupo de espectros, de hombres viejso y encapuchados, antes de desvanecerse miran hacia el este, esperando por siempre la llegada del Imperecedero, el Que Dicta.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Silencio.


Un vago pensamiento penetró la sala deslizándose sutil. Se enroscaba en torno a las cosas como volutas de humo. Como la última exhalación de la colilla de cigarro que los dedos gordos de la vecina aplastaban sin piedad contra el cenicero de cristal. El silencio se enturbió. Los rostros de los concurrentes se volvían pesados y parecían derretirse bajo la idea que ahora se les pegaba al rostro como sanguijuelas, absorbiéndoles los pensamientos todos como por ósmosis inversa.
La vecina, gorda, rubia y con un festivo vestido de colores, paseaba lenta, eficazmente su penetrante mirada de lado a lado, abarcándolo todo. Nada se escapaba a su visión y ahora los convidados, silenciosos, sentían como barría con ella el pensamiento general, así, como motas de polvo, que levantaban el vuelo, se arremolinaban frenéticas e iban a posarse por ahí, en algún otro lado, formando una gruesa capa invisible, como etérea, que sin embargo endurecía las expresiones, inmortalizándolas como esculturas, aunque fuera solo por un segundo; una Pompeya instantánea. Filipe, hombre canoso y enjuto tomó aire, como para pronunciar algo. La mirada expectante y judicial de la vecina pasó rápida y alarmadamente a posarse sobre él, cayendo con todo el peso en la frágil figura que parecía se iba a desmoronar si no fuese por la silla que lo sostenía. Los demás apenas se atrevían a mirar. Bajaban la vista y prestaban atención a la escena, como si se viera reflejada en el suelo de mármol.
Filipe dudó un momento. Sus ojos grandes y asustados corrían frenéticos hacia todos los concurrentes, evitando siempre la visión de aquella señora marchita que lo observaba detrás de esos delicados lentes de montura de oro. Por fin murmuró unas palabras.
Sea lo que fuere que haya dicho, causó una súbita impresión que de pronto removió el pesado ambiente, sus quedas palabras que brotaban inseguros como una masa espesa y brumosa, al momento cruzaron como un rayo, rebotando de cabeza en cabeza entre los asistentes, los cuales tan solo levantaban brevemente la vista, dejando entrever la emoción que esto despertaba en ellos. Los ojos de la vecina, furibundos, hacían juego con su cara rosada que de pronto había tomado un matiz más sustancioso, claramente rojo. La mueca que hizo a continuación mereció la vista de los que la rodeaban, que no sabían si deberían sentir alegría o espanto. A todos en ese momento se les ocurrió que iba a explotar, que un torbellino se iba a alzar desde los interiores de la mujer, que iba a proferir en gritos y, en esencia, una verdadera hecatombe para con su marido, que acababa de proferir un comentario profano, y peor aún: en frente de las visitas. El segundero marcó su tic y su tac con una insistencia insoportable, dando a cada uno su espacio, como de semanas. Finalmente la monumental señora se levantó sobre sus gordas piernas, esas conocidas piernas que remataban en diminutos pies, un milagro de la ingeniería. Contra toda suposición, la señora se sacudió el delantal percudido, con sus adiposas viejas manos llenas de anillos, todo esto sin decir palabra, y así, en silencio, se dirigió hacia la cocina y desapareció tras de la puerta.
Todos miraron insólitos a Filipe, que con una risilla burlona que no se atrevía a asomarse, miraba triunfalmente a sus vecinos, sus enormes ojos ahora rebosaban una cierta alegría.
Filipe ya sabía lo que le esperaba, sin embargo, después de aquella velada. Había roto la predominancia de su mujer con tan solo unas palabras. Había deshecho el abstruso y frágil castillo de cartas que ella había construido a lo largo de años de veladas semanales a las que nadie sabía siquiera por qué se molestaba en asistir. Y sin embargo, todos llegaban puntuales y rara vez faltaban. Las veladas eran una cosa extraña: La señora descansando sobre su propia adiposidad, coleccionada a lo largo de varios años de esa vida acomodada, se sentaba en el centro, en su enorme diván, mirando pesadamente a cada uno de los asistentes, juzgándolos silenciosamente, escrutando cualquier indicio de mal comportamiento, o de cualquier comportamiento que saliera de sus cánones o de la lenta y monótona existencia que sobrellevaban día a día, en ese viejo edificio de ladrillos, bajo la ineludible mirada de la señora.
La verdad era que esta mujer nada tenía que hacer, y dedicaba su vida a reafirmar sus esquemas, estableciéndolos como con vapores que inundaban el lugar, entre los diferentes vecinos, haciendo así de legisladora, vigilante, y, en suma, suprema matriarca de la pequeña y disfuncional comunidad que sostenía ese edificio como una fortaleza, o un castillo, máximo ostento del dominio de esta hembra alfa-plus. Y aunque las cosas parecían tranquilas, normales, como en cualquier otro edificio, los hombres, si, los jefes de los hogares, de cada departamento, subían semanalmente en tropel a la estancia principal del departamento superior, el más grande. Ahí se sentaban y permanecían en silencio, comiendo canapés o pasta, fingiendo para sus adentros estar reunidos en sana convivencia con los amables vecinos de arriba, los cuales, amable y tácitamente, habíanlos invitado a tomar café y comer unas botanas. Sin embargo, ninguno de ellos recordaba invitación alguna de parte de la señora, nunca en su vida. Tal vez Josefo, el más viejo de todos, fuese alguna vez invitado. El resto solo recordaba la primera vez que sus padres los habían llevado a esa casa. La tradición se mantenía por un par de generaciones, y, sin embargo, la señora era la misma, sentada al centro, como un viejo monumento inmortal, paseando la mirada como un centinela en su revisión semanal. Sí, todos estos hombres recordaban, al cumplir los 18, o los 21, el día que sus padres, sin hablar, les tomaban de la mano y los conducían escaleras arriba, a enfrentar una extraña obligación con la que cargarían el resto de sus vidas. Era como una iniciación.
Y sin embargo, esta noche, las cosas habían cambiado. El legendario diván yacía solitario en el centro de la habitación. A unos metros de él, en un extremo del mismo semicírculo en el que los demás se hallaban inmóviles e incrédulos, Filipe era el centro de todas las miradas. Nadie podía creerlo, en quiénsabecuantos años de existencia -tal vez desde la noche de los tiempos- jamás se había visto semejante situación. Ahora Filipe, el débil y pequeño Filipe tampoco podía creerlo. El silencio se hizo aún más tenso.
***
Ya el portazo del último en salir había establecido una frontera entre un silencio y otro, ya hacía de ello minutos, horas, años, cuando la señora entró con paso lento por la puerta por la que había salido. Solo su marido se hallaba parado junto a la puerta, mirándola aún después de quién sabe cuánto, como viendo al último de ellos alejarse. En aquella casa los invitados jamás habían oído pronunciar palabra alguna. En ese momento Filipe se daba cuenta que tampoco él recordaba, desde hacía mucho, que ahí se hablara. La vida era una rutina, y se movía bajo una pauta fija e inamovible que día a día les conducía a manejarse maquinalmente, al punto de que aún los encuentros inesperados con esa señora -que a estas alturas era como una extraña muy familiar- en el pasillo o en la puerta solo bastaban un momentáneo cruce de miradas para arreglarse, caer dentro de un orden que obedecía perfectamente a las reglas de los variados movimientos que se llevaban de manera casi natural en ese departamento bien iluminado y sin embargo, lúgubre.
La casa permaneció en silencio. Parecía una regla. Entonces Filipe tuvo por un momento la impresión de que su mujer era telépata. La tempestad se anunciaba. Como para contraponerse al silencio que reinab a en la estancia, el cielo nocturno trobnaba furioso. El viento parecía descargar la energía que subyacía la estática calma de la habitación donde el tiempo parecía haberse detenido. Felipe sentía la tensión aumentar, aprisonarlo contra si mismo, la atmósfera pesada, aglutinada como gelatina, electrizándose en un crescendo que alcanzaba su mayor climax, presto a estallar liberando la tempestad que se gestaba como en una bomba de tiempo en la vastedad repentina de esa espera interminable.
Y todo esto en absoluto silencio.
Filipe no tuvo más remedio que voltear a ver a su mujer, que ahora, aunque era la misma -la misma vieja ajada de todos los días- parecía un enorme gato con los pelos erizados, presto a atacar a un pequeño intruso incauto que penetrara sus terrenos.
La enorme mujer, bajo un impulso invisible se adelantó, avanzaba con paso lento y decidido hacia el cada vez más pequeño Filipe, que ahora miraba paralizado con sus ojos como lagunas. La tormenta era de ella, de la señorona que avanzaba y a cada paso invocaba un potente relámpago que atronaba en la hecatombe que se empezaba a manifestar en todas las esferas del universo. Cada paso que daba acercaba más la potente electricidad deslumbrante a la pequeña, cuadrada fortaleza que se erguía como supremo poderío de esa bestia dormida que en ese instante despertaba.
El viento se arremolinaba en la calle en torno al edificio. Ahora solo existía éste y la vastedad. Los hombres recién llegados a sus casas, preparados desde que escucharon las débiles palabras de Filipe, se abrazaban a sus familias con el corazón encogido, mirando en torno y temiendo el fin de los tiempos. Esa noche profética había desencadenado el puño de Dios, o más bien de la Diosa, la única Diosa y señora de todo cuanto existía.
Filipe ya se hallaba a solo un paso de su mujer. El gesto decisivo con el que el monstruo -ya no mujer, ya no la apacible, apática señora que guardaba vigilancia desde que el mundo era mundo- levantaba su garra sobre la raquítica figura, se vio marcado por un destello cegador que acabó con el mundo, con al vida, con el silencio. Y en la oscuridad insondable que sucedió a esa luz cegadora, el relámpago que parecía ser el ruido de una grieta colosal abriéndose en el cielo y en la tierra, en una ruptura cósmica que de pronto se tragaba toda la existencia y liberaba la oscuridad cultivada por los milenios bajo las tranquilas noches de reuniones vecinales.
El vacío duró una eternidad. Solo los corazones de los hombres se oponían al devorador silencio. Algo así como la vida se dejaba entrever en la larga quietud que dejó la tormenta. Las pequeñas gotas golpeando los cristales prestaban apenas un murmullo vago, incierto, pero que mantenía viva la esperanza de que aún existiera el mundo allá afuera.
El amanecer trajo una nueva creación. El ruido de gallos lejanos y de pájaros en los árboles parecía paradisíaco. En realidad nada evidenciaba lso hechos de la noche anterior. Tal vez se había tratado de un sueño. Y sin embargo parecía estarse creando un mundo nuevo con la mañana que pegaba un helado vaho en las ventanas y sacudía la modorra del mundo dormido, desperezando figuras que se movían afuera en la calle, en una nueva realidad que a su vez era cotidiana y prestaba a la mañana una tranquilidad de una realidad ininterrumpida, una rutina que sin embargo se abría a nuevos horiozontes.
Temerosos, dudosos, los inquilinos subieron esa mañana por las largas escaleras hasta la adornada puerta, conocida como se conoce la palma de la mano propia. En ella no había nada nuevo. La novedad era esa visita matinal, fuera de todo horario, que los hombres hacían contra toda convención y más allá de cualquier autoridad que les ordenara o prohibiera hacerlo. Don Josefo a la cabeza empujó lentamente la puerta emparejada, como lo había hecho la noche anterior; lo que adentro vieron parecía un recuerdo antiquísimo. Las sillas dispuestas en semicírculo en torno al enorme -legendario- diván ubicado en el centro de la estancia, sin embargo el diván se hallaba vacío, solitario, como una imposibilidad impuesta. Y en la estancia el silencio era absoluto. Pero no era ese silencio de espera, ese silencio que respiraba pesado que bien conocían en ese lugar, ese silencio tan impregnado del perfume incierto de esa mujer omnipresente. Era un silencio rotundo, como de abandono. El tiempo ahí -sentían ellos- se había detenido. La escena esperaba desde hacía millones de años, posando, la llegada de los vecinos que ahora miraban todo desconcertados. La luz inundaba el lugar y afuera la vida bullía. Los vecinos decidieron que no había nada que hacer ahí, y apurándose a cumplir con sus diarias obligaciones salieron en fila, cerrando tras del último la puerta, en un acto final que duraría por el resto de la eternidad.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El mal cerdo

El mal cerdo es un elemento de contraste en la composición. Con cola retorcida, troimpa simbolica, y que es de pezuñas hendidas pero no rumia, el cerdo irrumpe en la escena busca, ineludiblemente.
El cerdo, el mal cerdo es contrario al buen caballero, el que dice "que buena es esta comida", que siempre pide permiso. El cerdo por su parte, con su piel incómodamente humana, emite un ronquido vago y hurga la basura con el hocico, es inaceptable.
Las buenas gentes, las de buenas costumbres no evitan señalarlo. Cualquier alución al vicio, a la degradación de la moral, lleva irremediablemente el índice a la solitaria e indiferene figura del cerdo, del mal cerdo.
El cerdo sin embargo es esencial. Sirve de mal ejemplo, para asustar a los niños "el mal cerdo va venir por ti", para prevenir a los que aspiran a santos, y nunca llegan a serlo. Las gentes, las buenas gentes viven su vida en torno al cerdo, no sin cierta loanza. Sí, extravagante, pero loa al fin. Y es que el cerdo representa un aspecto esencial de la condición humana. Y precisamente por eso, nadie se atreve a deshacerse del cerdo, ¿qué sentido tiene la virtud, cuando no existe el pecado? El mal cerdo es, en cuerpo, el problema de la carne. La carne es débil, y ante ella hay que ostentar la fuerza. El mal cerdo, pues, cede honor al buen hombre, que se cubre con recato y dice "sí, señora; no, señora".
Por tanto, detrás de las ruidosas acusaciones de los defensores de la moral y de las buenas costumbres, que revolotea aclamando los terrores del pecado y sus castigos, en silencio lo mantienen, a él, al mal cerdo.
Pero ya, basta. hemos hablado demasiado. Hemos hablado sin pudor del cerdo, y sin permiso de la moral. Hemos dicho lo que había que callar. Hemos puesto en el mismo lugar al buen hombre (el que dice "por favor y gracias") y al cerdo, al mal cerdo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Beso.

Míra bien. Abarca la escena con la mirada, solo ahora existe.
Las gentes apresuradas, la cabeza gacha, envueltos en densos abrigos caminan inclinados y presurosos al frente, viendo siempre al suelo, como atacados por una tormenta o alguna ráfaga de viento. Tal vez, dentro de sus mentes, se hallen en un huracán, en una catástrofe que los rodea, y tú no puedes verlo.
Mira el sol, como cae pesado inyectándose en el pavimento, en las banquetas, en la calle, dándole infinita luz, una luz irritante de fuerte, que va y aplasta la calle contra sí misma y contrasta con las sombras que proyectan los edificios. Los edificios altos como monumentos viejos y olvidados. Los ángulos que suben y suben, ostentan ventanas como ojos muertos.
Mira los carros que pasan por la calle, rígidos y con trayectoria fija, prestos a cumplir una importante misión. Mira el viento arrastrar un papel olvidado, tal vez, un periodico; y tal vez en el se lea el titular de la mañana, en enormes letras negras que no alcanzas a discernir. Mira las nubes ominosas que fúnebres en el cielo devoran al sol con su presencia ineludible. Ve la luz que dvide la calle atenuarse, siente el helado frío que recorre entonces la ciudad, como acompañado por la repentina interrupción de la luz solar.
Camina oye tus propios pasos, escucha el ruido de los motores, el ajetreo débl de gente aquí y allá cumpliendo con los menesteres de cada día. Escucha, alguien tose.
Camina hacia la esquina, escucha el viento rozar un carro que como flecha atraviesa el panorama. Mira en derredor: los árboles, los edificios de las esquinas, la gente que no para de avanzar, siempre apretando el paso, nunca deteniéndose a pensar, a contemplar la escena, a suspirar, a descansar. Mírales los rostros ensimismados, muy ocupados en lo que ocurre ahí dentro. Lo que ahí pasa jamás lo sabrás. Pasan, fugaces, desconocidos, anónimos, y se pierden.
Unos carros se detienen, otros avanzan, ya puedes cruzar. Dirige tus pasos por la blanca acera, otra vez gobernada por el imponente sol. Puedes mirar tus zapatos, negros, sucederse entre sí haciendo clac clac entre as grietas, el sucio pavimento los toscos adoquines.
Mira de nuevo hacia adelante. Las formas descoloridas, rígidas, presurosas. Mira la tristeza que como niebla inunda el espacio, que como hiedra trepa por las paredes. Mira el desasosiego y los ecos sordos, que como telepatía se transmiten, de aquí allá, y más allá.
Mira, un par de pozos profundos, miralos desviarse. Sigue buscando, pronto encontrarás otros, pero vidriosos. Adivina una luz pequeña, inocente, cruzar por lo bajo perdida en el gris espeso que gobierna.
Detente, es necesario cavilar, ¿qué estás haciendo? Mira hacia lo alto, haz una pregunta sin respuesta. Mira el destino cernirse sobre la escena, como pesados grises nubarrones, siente la incertidumbre, con largos, oscuros tentáculos, cambiar el paisaje. Escuchas aún los pasos alejarse y acercarse, es claro, sigues en el mismo lugar. Sin embargo ya no ves nada. La espesa niebla lo cubre todo, cegado caminas caminas.
El ruido resulta un alivio, se quiebra la meditación, irrumpe como un mal pensamiento la bocina de un enorme camión, se siente su carga pesada cruzar veloz, cimbrar la tierra, y en torno, la gente apagada continúa en su quehacer, en su frenético ensimismamiento que los tiene a todos inmóviles, siempre en el mismo lugar, aun cuando en la cudad caminen, trepen a los camiones, corran, se escondan detrás de puertas cerradas bajo llave, con 5 candados y un bonito decorado en refugios cuadrados sintéticos, prestados.
Respira. No, mejor no lo hagas. Si respiras podrías absorber la ciudad, con sus fantasmas, con sus presencias inciertas, con su alocado ajetreo, constante e infatigable.
Mira la calle extenderse a lo lejos, hasta e infinito. Puedes ver las líneas, ls ángulos que forman esta ordenada vida, de rutinas, calendarios, horarios. Mira el tiempo pasar, como un pesado libro sin contenido, hoja a hoja. Mira los caprichos insensatos de los personajes que entran y salen, y que se fatigan buscando siempre el final, atisbando el exterior del círculo dentro del cual dan vueltas y vueltas, añorando... ¿acaso aspiran a algo?
¿No lo soportas? las pesadas moles que dominan la ciudad han dado contigo? Corre, entonces. Corre como todos ellos, agacha la vista, hacia el suelo, huye. Escapa hacia la incertidumbre, precipítate en el vacío, trata de alcanzar la siguiente parada, ve en pos del destino, hazle las preguntas pertinentes.
Mientras corres, un ruido, un golpe. El universo da vueltas, todo se amontona, se estira se contrae, el pavimento, ahora lo sabes, es una cosa dura, fría a pesar del sol, y en extremo dolorosa. Ahora ves correr la vida, fluir incesante, roja, roja. La ves empapar la ciudad, algo ha pasado. La ciudad ha cambiado, se ha transformado. Gritos, gente corriendo, corriendo de verdad, preguntas palabras. Mira el cielo, mira los ojos, los que antes huían, ahora no tienen miedo ni pena, ahora enfrentan la realidad, esa que nunca aceptan, ahora la miran de frente, en alguien más. Enfrentan el destino ajeno y tú los ves absortos, y ves sobre ellos, que con sus cabezas conforman un círculo, el cielo azul, y ves nubes blancas desgarrarse, y sientes la luz que corre en vectores atravezando el firmamento. Cierras los ojos. Alguna vez pensaste que querías desaparecer con un beso. Tendrás que resignarte, no hay beso.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Misterios

Voy a la academia, escucho las nerviosas palabras de los profesores, aprendo la terminología, estudio las lecciones.

Peino la biblioteca, horas y horas de desvelo, quemándome las cejas, aprendiendo todo sobre quarks, historia de mongolia, especies de bacterias, teoría del ensayo.

Le pregunto al guru, al dalai lama, al papa, al rabino, a los califas.

Veo incansablemente tvunam, el canal 22, el canal once, el history channel y el national geographic

Les pregunto a mis mayores, leo la biblia, leo las instrucciones de uso de un paquete de galletas, veo las estrellas, leo las lineas de mi mano y las del prójimo, consulto el tarot, el i ching, gasto pesadas enciclopedias de todas las décadas.

Leo entre líneas, voy al sicoanalista, miro las formas de la naturaleza, adivinando sus secretos sutiles, escucho al fuego y al agua, decifro cartas encriptadas, leo las revistas, los trípticos, los panfletos, folletos, medito horas y horas.

Busco, aprendo, indago, investigo, experimento, conjeturo, y todavía sigo preguntándome...

Qué misterio esconden tus ojos?